Descubrimiento en anémonas revela una nueva vía para combatir virus

En 2026, un equipo internacional de investigadores ha identificado en anémonas marinas una inédita estrategia biológica para combatir virus. El hallazgo, liderado por la Universidad Hebrea de Jerusalén, sugiere que los sistemas inmunitarios animales podrían haberse diversificado mucho antes de lo que se pensaba, abriendo nuevas perspectivas sobre cómo la evolución ha moldeado los mecanismos de defensa ante infecciones virales.

Un hallazgo que redefine la historia de la inmunidad

El descubrimiento de una nueva vía para combatir virus en anémonas de mar ha sorprendido a la comunidad científica. Publicado recientemente en Nature Ecology & Evolution, el estudio dirigido por el doctorando Ton Sharoni y el profesor Yehu Moran, del Departamento de Ecología, Evolución y Comportamiento de la Universidad Hebrea de Jerusalén, en colaboración con la Universidad de Carolina del Norte en Charlotte, desafía las ideas tradicionales sobre el origen común de los sistemas inmunes animales.

Durante décadas, los científicos asumieron que todos los animales compartían un mismo conjunto de mecanismos antivirales heredados de un ancestro común. Sin embargo, la nueva investigación muestra un panorama mucho más diverso: la evolución habría desarrollado múltiples soluciones paralelas para enfrentar a los virus a lo largo de cientos de millones de años.

¿Cómo se descubrió esta nueva vía antiviral en anémonas?

El punto de partida del estudio fue uno de los protagonistas menos esperados del océano: la anémona de mar Nematostella vectensis. Este organismo, que se separó de la línea evolutiva que dio origen a los humanos hace más de 600 millones de años, representa una pieza clave para entender los orígenes de la inmunidad.

El equipo se centró en una proteína insospechada a la que denominaron CARDIB (por sus siglas en inglés, CARD Inhibitor Binding protein). En apariencia, esta molécula guardaba una semejanza estructural notable con la proteína humana MAVS (Mitochondrial Antiviral Signaling Protein), una de las piezas fundamentales en la respuesta antiviral de los vertebrados. Pero a diferencia de MAVS, que activa la defensa frente a virus en células humanas, CARDIB actúa de manera opuesta: la inhibe.

Para verificar su función, los investigadores utilizaron técnicas de edición genética mediante CRISPR-Cas9 y eliminaron el gen CARDIB en anémonas de laboratorio. El resultado fue paradójico. Sin esa proteína, las anémonas eran mucho más vulnerables a las infecciones virales. En lugar de fortalecer sus defensas, perdían eficacia para controlar el avance de los patógenos.

El profesor Moran lo resumió en términos claros: “Todo apuntaba a que CARDIB activaría la respuesta antiviral, pero descubrimos que su función real es frenarla. Y ese freno, sorprendentemente, resulta esencial para que el sistema funcione”.

¿Por qué un organismo necesitaría suprimir su defensa antiviral?

La pregunta que más desconcertó al equipo fue por qué un animal aparentemente «apagaba» su propio sistema inmune. La explicación llegó de la mano de un principio biológico fundamental: la homeostasis. En términos prácticos, un sistema inmune sobreactivado puede causar tanto daño como el que intenta evitar. En los humanos, por ejemplo, las tormentas de citoquinas observadas en infecciones severas —como las de SARS-CoV-2 durante 2020–2022— evidencian los riesgos de una defensa descontrolada.

CARDIB parecería tener un papel similar al de ciertas moléculas reguladoras del sistema inmune humano que evitan respuestas exageradas. Al ralentizar el proceso antiviral, la anémona logra una activación más precisa, evitando el desgaste celular y mejorando su supervivencia global frente a múltiples ataques virales.

En otras palabras, el mecanismo descubierto no solo revela una ruta paralela a la humana, sino que también sugiere que la moderación puede ser una estrategia evolutiva tanto o más efectiva que la agresividad inmunitaria.

Evidencia en el entorno natural: un experimento fuera del laboratorio

Para confirmar que este fenómeno no era un artefacto experimental, el equipo trasladó las anémonas modificadas genéticamente desde acuarios controlados hacia ecosistemas costeros en Carolina del Sur, Estados Unidos. Estos ambientes, conocidos como mesocosmos marinos, reproducen las condiciones naturales en las que las anémonas conviven con una diversidad real de virus y microorganismos.

El resultado fue contundente: los individuos sin CARDIB acumularon significativamente más carga viral que los ejemplares no modificados. Además, ciertos genes antivirales que se consideraban marginales en el laboratorio se volvieron esenciales en el entorno natural. Esto sugiere que la presión viral del medio es un factor determinante que modula la expresión de todo el sistema inmunitario.

El hallazgo no solo confirma la funcionalidad de la vía en condiciones reales, sino que refuerza una idea central: los sistemas inmunes evolucionaron para responder a ecosistemas complejos, no a entornos aislados de laboratorio.

De las anémonas a la biología evolutiva moderna

El descubrimiento abre una serie de interrogantes sobre cómo se desarrollaron los mecanismos de defensa en los primeros animales multicelulares. Si las anémonas —parientes lejanos de las medusas y corales— conservan un sistema tan distinto al humano, significa que el ancestro común de ambos grupos probablemente contaba con más de una opción molecular para enfrentar virus.

A lo largo del tiempo, ciertas especies habrían perdido vías alternativas mientras otras las conservaron o modificaron. Esto explicaría por qué los mamíferos dependen casi exclusivamente de proteínas como MAVS, mientras que organismos marinos podrían emplear rutas complementarias o inversas.

Estudios comparativos recientes indican que más del 60 % de las proteínas antivirales humanas tienen homólogos estructurales en invertebrados. Sin embargo, el modo en que operan puede diferir radicalmente. CARDIB es una prueba concreta de que la forma no siempre predice la función.

Diversidad evolutiva en los sistemas de defensa

El trabajo liderado por Sharoni y Moran se enmarca en una tendencia creciente dentro de la biología evolutiva: explorar organismos poco estudiados para ampliar el panorama de la inmunidad. Desde 2015, el número de investigaciones sobre mecanismos antivirales en cnidarios —el filo que incluye corales, anémonas y medusas— ha aumentado más del 300 %, según datos del repositorio PubMed. Esta expansión científica busca entender cómo las presiones ambientales del océano moldearon la biología defensiva mucho antes que existieran los vertebrados.

A diferencia de los modelos más conocidos como ratones o peces cebra, las anémonas habitan entornos con fluctuaciones extremas de temperatura, salinidad y patógenos, condiciones que exigen sistemas inmunes flexibles. Esta plasticidad fisiológica las convierte en un laboratorio natural para observar estrategias evolutivas alternativas.

El concepto de que existen distintas “soluciones biológicas” para un mismo problema —combatir virus— ha cobrado fuerza en los últimos años. En 2024, un grupo de investigadores japoneses demostró que ciertos gusanos marinos utilizan ARN no codificante como principal barrera antiviral, un sistema ausente en vertebrados. Y en bacterias, la conocida técnica CRISPR, hoy empleada en biotecnología, es en realidad un antiguo mecanismo antiviral bacteriano.

¿Qué implicaciones tiene este descubrimiento para la ciencia actual?

La identificación de esta nueva vía para combatir virus podría tener aplicaciones en campos que van desde la inmunología comparada hasta la biotecnología sintética. Comprender cómo CARDIB modula las defensas celulares ofrece pistas sobre cómo regular la respuesta inmune humana en enfermedades donde la inflamación descontrolada es parte del problema.

Por ejemplo, algunos científicos han sugerido que imitar el principio de regulación negativa observado en anémonas podría inspirar nuevos tratamientos antiinflamatorios. Si bien este enfoque está aún en fases tempranas, representa una ventana para diseñar terapias que no se centren en destruir virus directamente, sino en equilibrar la reacción del organismo.

Asimismo, el hallazgo refuerza el valor de estudiar organismos no tradicionales. Como afirmó Moran, “mirar fuera de los modelos de laboratorio significa entender que la vida desarrolló muchas maneras de resolver los mismos desafíos”. La investigación comparada podría ayudar a descubrir proteínas funcionalmente análogas a CARDIB en otros invertebrados marinos o incluso en plantas, donde la defensa antiviral también muestra mecanismos únicos.

La evolución como ingeniera de soluciones múltiples

Desde una perspectiva histórica, la lucha contra los virus es tan antigua como la propia vida. Los análisis filogenéticos estiman que los virus surgieron hace al menos 3.500 millones de años, coevolucionando con casi todos los linajes biológicos posteriores. Que las anémonas conserven un sistema funcional tan distinto sugiere que los primeros animales experimentaron internamente con la regulación inmunitaria antes de que los vertebrados sofisticaran la suya.

El nuevo paradigma que emerge de este estudio no busca reemplazar lo conocido, sino ampliar la escala evolutiva con la que se interpreta la inmunidad. En lugar de una línea única de evolución inmunitaria, se perfila una red ramificada de adaptaciones que responden a ambientes, ritmos metabólicos y ciclos ecológicos específicos.

Nuevas fronteras en la investigación antiviral

Mirando hacia el futuro, los investigadores planean estudiar la distribución de genes similares a CARDIB en otros organismos marinos para determinar si el mecanismo se extendió por convergencia evolutiva o por herencia ancestral. También se evalúa su potencial como biomarcador ambiental: la expresión de estos genes podría indicar el nivel de exposición viral en ecosistemas costeros.

Mientras tanto, la comunidad científica observa con atención cómo la información obtenida a partir de organismos marinos profundos puede alimentar avances médicos. La biología comparada entre anémonas y humanos podría revelar puntos comunes insospechados, capaces de orientar terapias más finas y menos invasivas.

La historia de CARDIB y su papel en la defensa frente a infecciones demuestra que la naturaleza no se limita a una sola solución. Frente a un enemigo tan persistente como los virus, la evolución ha multiplicado sus estrategias, confirmando que la diversidad biológica es, en última instancia, su mejor herramienta de supervivencia.

Médica clínica especializada en nutrición y longevidad |  + posts

Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.