Omega-3 y la resistencia a la insulina: nueva evidencia desde Brasil

Un equipo de investigadores brasileños presentó datos que señalan que el omega-3 podría modular mecanismos inflamatorios asociados a la resistencia a la insulina en casos de diabetes tipo 2 no vinculados con obesidad, según resultados publicados en la revista Nutrients.

Un hallazgo en el laboratorio de São Paulo

La investigación sobre el papel del omega-3 en la resistencia a la insulina ha tomado un nuevo impulso con los resultados obtenidos en el Instituto Butantan y la Universidad Cruzeiro do Sul de São Paulo. Publicado en 2024 en la revista Nutrients, el trabajo describe cómo el aceite de pescado, rico en ácidos grasos poliinsaturados EPA y DHA, logró reducir la resistencia a la insulina y mejorar el control de la glucosa en un modelo animal de diabetes tipo 2 no asociada a obesidad.

El experimento se realizó en ratas Goto-Kakizaki, un modelo ampliamente usado para estudiar la diabetes tipo 2 no obesa. Durante ocho semanas, los animales recibieron tres dosis semanales de 2 gramos de aceite de pescado por kilogramo de peso corporal. Los resultados mostraron disminución de los niveles de insulina circulante, menor intolerancia a la glucosa, reducción de marcadores inflamatorios y mejoras en indicadores lipídicos como colesterol total y triglicéridos.

¿Por qué la resistencia a la insulina puede existir sin obesidad?

La diabetes tipo 2 afecta a más de 530 millones de personas en el mundo, según la Federación Internacional de Diabetes. Tradicionalmente, el exceso de peso y la obesidad han sido identificados como los factores más visibles vinculados a la resistencia a la insulina. Sin embargo, entre un 10 % y un 20 % de los pacientes diagnosticados con diabetes tipo 2 no presentan obesidad ni sobrepeso.

Este grupo representa un campo de estudio poco explorado. Entre los factores involucrados se mencionan predisposición genética, alteraciones en el tránsito intestinal y procesos inflamatorios independientes del tejido adiposo. Rui Curi, coordinador del estudio brasileño, explicó que las ratas no obesas con resistencia a la insulina mostraban signos de inflamación sistémica a pesar de no tener acumulación de grasa excesiva. Esto sugiere que la inflamación crónica de bajo grado no siempre depende del volumen del tejido adiposo.

Inflamación, linfocitos y un cambio inmunológico

El hallazgo más relevante del estudio fue el cambio en el perfil inmunológico de los linfocitos. Los investigadores observaron una disminución de las células proinflamatorias (Th1 y Th17) y un aumento de las células T reguladoras (Tregs), con funciones antiinflamatorias. Este desplazamiento del equilibrio inmunológico podría explicar la mejora en la sensibilidad a la insulina.

El doctor Tiago Bertola Lobato, autor principal de la investigación, señaló que el aceite de pescado «revirtió el perfil proinflamatorio, al reducir la polarización de linfocitos hacia estados que promueven la inflamación». Este fenómeno representa un potencial mecanismo biológico por el cual los ácidos grasos omega-3 podrían atenuar disfunciones metabólicas.

¿Cómo podrían los ácidos grasos omega-3 modular la resistencia a la insulina?

Los ácidos eicosapentaenoico (EPA) y docosahexaenoico (DHA) pertenecen a la familia de los omega-3, compuestos que el organismo no puede sintetizar por sí mismo y que deben obtenerse mediante la dieta. Su inclusión en suplementos o el consumo regular de pescados grasos ha sido asociado con efectos antiinflamatorios en múltiples estudios.

En el contexto de la diabetes, los ácidos omega-3 podrían actuar sobre los receptores celulares de membrana y modular mediadores químicos como las citocinas, que amplifican la respuesta inflamatoria. Al reducir esta señalización, las células recuperarían una mayor capacidad para responder a la insulina. Además, la acción de EPA y DHA sobre lípidos y lipoproteínas alteraría el metabolismo energético celular, contribuyendo al control glucémico.

Aunque este proceso se ha demostrado con claridad en modelos animales, su extrapolación a humanos requiere cautela. Los estudios clínicos han mostrado resultados mixtos, posiblemente por diferencias en dosis, duración, dieta de base o estado metabólico de los participantes.

El papel de la inflamación sistémica en la diabetes no obesa

En diabetes tipo 2 vinculada a obesidad, el tejido adiposo actúa como un órgano inflamatorio que libera citocinas y quimiocinas. En ausencia de obesidad, sin embargo, el origen de la inflamación parece ubicarse en otros tejidos, incluyendo intestino, hígado e incluso el sistema inmunitario periférico. La hipótesis de Curi y su equipo es que la respuesta inflamatoria innata, caracterizada por altos niveles de macrófagos activados, puede generarse de forma independiente del exceso de grasa corporal.

Estudios anteriores del grupo, publicados en FEBS Letters y International Journal of Molecular Sciences, ya habían mostrado una reducción temprana de las células T reguladoras en crías de ratas Goto-Kakizaki, lo que respalda la idea de un déficit en los mecanismos antiinflamatorios endógenos. La suplementación con aceite de pescado parece restaurar parte de ese equilibrio inmunológico, ofreciendo nuevas pistas sobre cómo tratar la enfermedad en humanos con perfiles metabólicos similares.

Evidencia creciente y ensayos recientes

Desde la publicación del trabajo en Nutrients, nuevos estudios han retomado la pregunta sobre el efecto del omega-3 en la resistencia a la insulina. En 2025, un ensayo clínico doble ciego publicado en Food and Function evaluó a adultos mayores con y sin factores de riesgo metabólico. Después de 12 semanas de suplementación, los análisis mostraron una disminución en los valores del índice HOMA-IR, un marcador de resistencia a la insulina, además de mejorías en el perfil lipídico.

Por otra parte, una investigación en Nutrition and Diabetes de 2024 identificó una correlación entre niveles séricos de omega-3 y los valores de hemoglobina glicosilada (HbA1c), considerado un indicador de control glucémico a largo plazo. Aunque los autores advirtieron que los resultados no son concluyentes, propusieron el diseño de estudios más individualizados que tengan en cuenta la biodisponibilidad de los ácidos grasos y la variabilidad genética de cada paciente.

¿Debería recomendarse el consumo de aceite de pescado en la diabetes tipo 2?

Actualmente no existen directrices internacionales que recomienden de forma generalizada el uso de aceite de pescado como tratamiento para la diabetes tipo 2. Las sociedades médicas enfatizan que la evidencia sigue siendo insuficiente. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) consideran que los suplementos de omega-3 pueden reducir los triglicéridos, pero no los aprueban como terapia antidiabética.

Sin embargo, la posible relación entre inflamación e insulina ofrece un nuevo marco para la investigación. Si los mecanismos descritos en modelos animales se confirman en humanos, el enfoque terapéutico podría moverse hacia estrategias que combinen dieta antiinflamatoria, control del estrés oxidativo y apoyo farmacológico.

Un contexto histórico: del mar a la biomedicina

El interés científico por los aceites marinos comenzó en la década de 1970, cuando investigadores daneses observaron que las poblaciones inuit de Groenlandia, con una dieta rica en pescado y grasa de foca, presentaban tasas muy bajas de enfermedades metabólicas y cardiovasculares. A partir de esos hallazgos, el EPA y el DHA fueron identificados como componentes clave de esa protección.

Desde entonces, la producción global de suplementos de omega-3 se ha multiplicado por diez. El mercado mundial de productos derivados de aceite de pescado superó los 4.500 millones de dólares en 2025, con Asia-Pacífico y América Latina entre las regiones de mayor crecimiento. Sin embargo, su uso ha generado debates por el impacto ambiental sobre especies marinas y por la variabilidad en la pureza de los productos.

Los ensayos clínicos se han diversificado para explorar aplicaciones en salud cardiovascular, neurocognitiva y metabólica. Aunque los resultados varían, la línea de evidencia más consistente es su efecto antiinflamatorio moderado y su capacidad para mejorar la composición de lípidos en sangre, lo que podría explicar parte de sus beneficios.

Perspectivas y limitaciones

El estudio brasileño no pretende presentar al aceite de pescado como una cura, sino como una herramienta potencial para entender cómo se interconectan el metabolismo y la inmunidad. La resistencia a la insulina podría ser, en parte, una manifestación de un sistema inmunitario disfuncional. Si el omega-3 logra modular ese proceso, su papel dejaría de limitarse a un simple suplemento nutricional para situarse como un modulador metabólico.

Aún así, los especialistas advierten varios límites: dosis óptimas desconocidas, variabilidad entre individuos, y dificultad para diferenciar el efecto directo sobre la glucosa del efecto indirecto vía inflamación o lípidos. Además, los estudios preclínicos no siempre predicen los resultados humanos.

El futuro de la investigación metabólica

Los investigadores en Brasil y otros países ya trabajan en ensayos con poblaciones humanas con diabetes tipo 2 no asociada a obesidad. Estos proyectos buscan determinar qué combinación de EPA y DHA produce el mayor impacto y si existen marcadores genéticos que predicen una mejor respuesta.

La hipótesis más sólida, respaldada por los hallazgos en laboratorio, es que los omega-3 actúan reprogramando la respuesta inmune, reduciendo la inflamación crónica de bajo grado y favoreciendo una mejor acción de la insulina. Esta visión integradora podría abrir nuevas vías para terapias personalizadas que vayan más allá del control del peso corporal.

El debate sigue abierto, pero el avance de la ciencia brasileña coloca a la inflamación, y no solo al exceso calórico, en el centro de la discusión sobre la diabetes tipo 2. Los investigadores coinciden en que entender esa conexión será clave para diseñar intervenciones más eficaces en una enfermedad que en 2026 ya representa el 9 % de todos los gastos sanitarios globales.

El aceite de pescado, lejos de ser un remedio milagroso, se perfila como un indicador biológico útil para explorar el delicado equilibrio entre inmunidad, energía y metabolismo, un triángulo que puede redefinir la forma en que entendemos las enfermedades metabólicas del siglo XXI.

Médica clínica especializada en nutrición y longevidad |  + posts

Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.