Un reciente estudio publicado en Research on Child and Adolescent Psychopathology advierte que el tiempo frente a pantallas en niños preescolares, incluso de solo media hora diaria sin supervisión, puede tener efectos negativos sobre su desarrollo emocional y cognitivo. La investigación, realizada entre 2024 y 2025 en Dinamarca, sugiere que la exposición temprana y solitaria a pantallas digitales podría frenar la adquisición del lenguaje y aumentar la probabilidad de trastornos de conducta en etapas posteriores.
Una generación digital con costos invisibles
El aumento sostenido del uso de dispositivos digitales entre menores de cinco años ha encendido las alarmas entre especialistas en psicología infantil. En Estados Unidos, casi la mitad de los niños pequeños utiliza pantallas más de dos horas al día, según datos recientes recopilados por la Universidad Atlántica de Florida. En este escenario, el estudio dirigido por Molly Selover y Brett Laursen agrega una advertencia concreta: no solo importa cuánto tiempo pasan los niños conectados, sino con quién y bajo qué contexto lo hacen.
La investigación analizó el comportamiento de 546 niños de 4 y 5 años que asistían a 24 guarderías en 13 ciudades de Dinamarca. A través de revisiones pedagógicas y entrevistas con padres y docentes, los investigadores detectaron una correlación directa entre el tiempo frente a pantallas sin supervisión y niveles reducidos de vocabulario, comprensión verbal y habilidades sociales. Los niños que pasaban entre 10 y 30 minutos al día mirando una pantalla solos mostraron más dificultades de comunicación y eran más propensos a tener episodios de irritabilidad o aislamiento.
¿Por qué el tiempo frente a pantallas afecta el desarrollo infantil?
Las pantallas digitales no exigen interacción ni retroalimentación emocional, dos pilares del aprendizaje temprano. Según el profesor Laursen, cada minuto que un niño pasa observando un video sin acompañamiento es un minuto perdido de conversación, juego simbólico o expresión facial, actividades clave para fortalecer la comunicación. Estas experiencias cotidianas generan la base neurológica para la empatía y el lenguaje receptivo.
Cuando un niño ve contenido audiovisual sin un adulto que contextualice, su cerebro recibe estímulos visuales intensos, pero carece del componente social que permite procesar significados o emociones compartidas. En cambio, las interacciones presenciales —entre pares o con adultos— promueven el aprendizaje a través de imitación, pregunta y respuesta, algo que ninguna pantalla puede reproducir de manera espontánea.
Los investigadores subrayan además un efecto acumulativo: los menores con vulnerabilidades lingüísticas previas son mucho más susceptibles a sufrir retrasos cuando el tiempo de interacción humana es reemplazado por consumo digital en solitario. En términos prácticos, la exposición temprana a contenidos sin supervisión aumenta la brecha comunicativa entre los niños con desarrollo típico y aquellos con dificultades iniciales.
Las rutas neurocognitivas del aprendizaje temprano
Diversos estudios publicados en la última década han confirmado que los primeros cinco años de vida son críticos para el desarrollo del lenguaje. Durante este periodo, las conexiones neuronales se establecen a un ritmo acelerado y dependen en gran medida del intercambio verbal. Las pantallas, al no ofrecer respuesta contingente, estimulan de forma limitada las áreas del cerebro responsables del aprendizaje lingüístico.
Investigaciones de instituciones como el National Institute of Child Health and Human Development han asociado la exposición excesiva a medios digitales con un menor desarrollo del lóbulo temporal y del córtex prefrontal, zonas implicadas en la comprensión y autorregulación. Esto puede manifestarse luego en dificultades escolares, impulsividad o escaso control emocional.
El nuevo trabajo dirigido por Selover refuerza esta evidencia al vincular el tiempo frente a pantallas con conductas desadaptativas: frustración ante tareas grupales, retraimiento o mayor irritabilidad. Si bien los autores no sostienen que las pantallas sean el único factor, advierten que su uso solitario actúa como amplificador de riesgos preexistentes.
¿Cuánto tiempo de pantalla es seguro para un niño pequeño?
La Asociación Americana de Psicología recomienda limitar el uso de pantallas a no más de una hora diaria entre los 2 y los 5 años, siempre acompañada por un adulto. Sin embargo, encuestas del Pew Research Center muestran que un 60% de los padres permite un acceso mayor, especialmente durante las comidas o antes de dormir. El fenómeno se acentuó tras la pandemia de COVID-19, cuando muchas familias incorporaron dispositivos como sustitutos de cuidado o herramientas educativas.
Molly Selover enfatiza que el problema no reside solo en la duración, sino en la calidad del acompañamiento. «Usar una tablet para leer un cuento puede ser beneficioso si hay conversación conjunta. Pero dejar al niño solo frente a un video automático puede consolidar patrones de pasividad y desinterés comunicativo», explicó en entrevista a medios universitarios.
Los profesionales recomiendan emplear el tiempo digital como complemento y no como sustituto de la interacción social. Juegos cooperativos, lecturas guiadas o experiencias digitales interactivas pueden ser oportunidades valiosas siempre que existan mediación y retroalimentación.
Un cambio cultural en el núcleo familiar
Durante los últimos veinte años, la presencia de dispositivos móviles en los hogares ha transformado los patrones de crianza. En América Latina, según datos de la CEPAL de 2025, el 78% de las familias con hijos menores de seis años posee al menos dos pantallas activas en el hogar. Esto implica que los niños crecen expuestos a estímulos digitales constantes y a padres que también interactúan permanentemente con sus dispositivos.
Psicólogos evolutivos alertan que el ejemplo parental es determinante. Cuando los adultos priorizan el teléfono en momentos de convivencia, transmiten el mensaje implícito de que la comunicación presencial no es relevante. Así, las pantallas terminan interviniendo en las dinámicas emocionales familiares, debilitando la atención conjunta y la reciprocidad afectiva.
No obstante, especialistas en educación temprana reconocen que las pantallas forman parte del entorno contemporáneo. El desafío, afirman, radica en reconfigurar su uso: pasar de una lógica de consumo pasivo a una de interacción significativa. En este sentido, algunas iniciativas impulsadas por ministerios de educación —como programas de alfabetización digital compartida entre padres e hijos— exhiben resultados alentadores.
¿Pueden las políticas públicas reducir el impacto del tiempo frente a pantallas?
Varios países europeos han comenzado a implementar normativas de salud pública orientadas a reducir la exposición digital en menores. Dinamarca, donde se realizó el estudio, incorporó desde 2025 una guía nacional que recomienda sesiones de aprendizaje mediado con adultos y límites estrictos de uso para menores de seis años. En Francia, se han lanzado campañas de sensibilización en jardines maternales bajo el lema “hablar más, mirar menos”.
En América Latina, las estrategias son menos homogéneas. Brasil y Chile han desarrollado programas de acompañamiento parental mediante aplicaciones educativas que promueven rutinas familiares libres de pantalla en momentos clave del día, como las comidas o la hora de dormir. Argentina estudia desde 2024 la incorporación de pautas similares en sus políticas de primera infancia.
Según expertos de la Organización Panamericana de la Salud, estas intervenciones requieren una visión integral: no basta con establecer límites horarios, sino que es necesario formar a los cuidadores para reconocer los efectos de la exposición temprana. “Reducir el tiempo frente a pantallas implica también aumentar las oportunidades de interacción humana de calidad”, señaló un informe del organismo publicado en 2025.
La paradoja de la conectividad infantil
A diferencia de generaciones anteriores, los niños actuales crecen en un ecosistema digital donde la frontera entre educación y entretenimiento es difusa. El aprendizaje mediado por tecnología se ha vuelto común incluso en escuelas infantiles, donde las tabletas se utilizan para desarrollar habilidades básicas de lectura o cálculo. Este contexto plantea un dilema: cómo aprovechar los beneficios de la tecnología sin comprometer el desarrollo socioemocional.
Los hallazgos de Selover y su equipo no buscan demonizar el uso de pantallas, sino evidenciar que el acompañamiento adulto marca la diferencia. En términos pedagógicos, un entorno mediado mantiene el componente interactivo que estimula el lenguaje y la empatía, mientras que la exposición solitaria reduce la reciprocidad comunicativa. De esta manera, el problema no radica tanto en el dispositivo, sino en la soledad del niño ante él.
Expertos en desarrollo infantil insisten en que la clave está en diversificar los estímulos. Leer en voz alta, jugar al aire libre o conversar en familia continúan siendo las actividades más efectivas para fortalecer el cerebro en formación. La pantalla puede ser una herramienta, pero nunca el sustituto de un vínculo humano.
Cómo actuar ante una tendencia en aumento
Los investigadores enfatizan la necesidad de observar los patrones cotidianos. Si un niño prefiere aislarse frente a un dispositivo o reacciona con irritación cuando se le interrumpe, puede ser indicio de una dependencia temprana. Los padres deben procurar entornos donde la presencia digital esté integrada a la convivencia, no reemplazándola.
Algunas familias adoptan estrategias simples, como zonas sin pantallas en casa o turnos de desconexión compartidos. Otras optan por acompañar cada sesión digital con un diálogo posterior, preguntando qué vieron o qué les gustó del contenido. En ambos casos, la meta es mantener activa la interacción verbal.
El desafío para los próximos años será equilibrar la alfabetización digital con la preservación de las habilidades humanas básicas: hablar, escuchar, compartir. Las generaciones futuras crecerán en un entorno aún más conectado, lo que hace urgente repensar los hábitos familiares y escolares vinculados a la tecnología.
Un llamado a revisar la niñez conectada
El estudio difundido por la Universidad Atlántica de Florida en abril de 2026 se suma a un cuerpo creciente de evidencia que alerta sobre los efectos del tiempo frente a pantallas en niños preescolares. La advertencia, sin embargo, no demanda una prohibición total, sino una reevaluación de prioridades: más conversación, menos aislamiento digital.
Para los investigadores, el mensaje central es simple: cada minuto de diálogo reemplaza uno de pasividad. En la balanza del desarrollo infantil, lo que marca la diferencia no es la tecnología en sí, sino la presencia humana que acompaña su uso.
Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.

