Autismo en mujeres: lo que revelan los nuevos estudios globales

El autismo en mujeres está modificando la manera en que la ciencia y la sociedad entienden los trastornos del espectro autista. Estudios recientes, junto con testimonios de especialistas, revelan que miles de mujeres adultas están siendo diagnosticadas años o décadas después de manifestar síntomas.

Un subdiagnóstico histórico que empieza a revertirse

Durante décadas, el autismo en mujeres fue un tema casi ausente de los diagnósticos clínicos. La percepción de que el trastorno del espectro autista (TEA) afectaba principalmente a los varones moldeó tanto la investigación científica como las prácticas médicas. Sin embargo, una creciente evidencia está demostrando que esa idea estaba incompleta.

El caso de Serenity Kiser, diagnosticada a los 48 años, es un reflejo de un patrón que se repite en varios países. De niña, fue institucionalizada y su comportamiento descrito en expedientes médicos —evitación del contacto visual, tono monótono, resistencia a la autoridad— coincide con lo que hoy los clínicos reconocen como rasgos típicos de autismo. Aun así, durante décadas, fue tratada por otras condiciones psiquiátricas, sin que nadie considerara el diagnóstico de TEA.

Datos del Journal of the American Medical Association (JAMA Network) indican que las tasas de diagnóstico de autismo se incrementaron en un 175 % en los últimos diez años, con un crecimiento más pronunciado entre mujeres y niñas de entre 24 y 36 años. Según la investigación del BMJ de 2026, el histórico ratio de 4:1 entre niños y niñas se ha reducido hasta 1.2:1 en la adultez temprana.

¿Por qué el autismo en mujeres pasó desapercibido durante tanto tiempo?

Las explicaciones abarcan factores culturales, clínicos y biológicos. De acuerdo con la investigadora Laura Hull, de la Universidad de Bristol, las mujeres suelen ser diagnosticadas más tarde porque sus manifestaciones pueden acomodarse mejor a las expectativas sociales. Es decir, aprenden a imitar conductas de socialización y a enmascarar sus dificultades, un fenómeno conocido como masking.

Las niñas autistas, en comparación con los niños, tienden a mostrar intereses restringidos que encajan en normas culturales —por ejemplo, una fascinación intensa por animales o moda—, lo cual puede impedir que se reconozca como un patrón autista. Asimismo, mantienen cierto grado de contacto visual o reproducen fórmulas sociales que generan la ilusión de una adaptación aparentemente “normal”.

Un metaanálisis de 2022 publicado en Biological Psychiatry sugiere que este fenómeno conduce a evaluaciones erróneas y a mayores tasas de ansiedad o depresión secundaria en mujeres adultas no diagnosticadas.

De la invisibilidad a la revisión científica

Uno de los giros más significativos proviene de la revisión de las herramientas diagnósticas. Los primeros manuales, como el DSM-III y el DSM-IV, basaron sus criterios en estudios realizados casi exclusivamente con varones. No fue sino hasta la última década que organizaciones psiquiátricas comenzaron a incluir perfiles femeninos en las pruebas clínicas.

El efecto de esta transformación alcanza incluso al lenguaje. Las nuevas generaciones de clínicos prefieren hablar de “divergencia neurológica” antes que de “trastorno”, en un intento de reducir el sesgo patologizante. El National Institute of Mental Health ha impulsado proyectos transnacionales para identificar cómo los sesgos de género afectan la detección temprana en clínicas pediátricas y centros de salud mental.

¿Cómo se manifiesta el autismo en mujeres?

Mientras que los casos masculinos se asocian a conductas repetitivas, rutinas rígidas o intereses sistemáticos —por ejemplo, en trenes, estadísticas o tecnología—, las mujeres suelen mostrar patrones distintos. Según investigaciones recientes, sus rutinas pueden girar en torno a la organización compulsiva, la lectura intensiva o la hipersensibilidad emocional.

El psicólogo Joel Schwartz, especialista en neurodiversidad, plantea que “las dificultades comunicativas no deben entenderse como una falta de empatía, sino como un estilo diferente de comunicación”. Este principio se apoya en la teoría de la “doble empatía” propuesta por Damian Milton (2012), que sostiene que los malentendidos entre personas autistas y no autistas derivan de diferencias en la percepción y no de una ausencia de comprensión emocional.

Laura Hull advierte que esta visión amplía la noción de autismo, ya que pone en el centro la interacción y no únicamente la persona. Según Hull, los entornos educativos y laborales diseñados bajo normas neurotípicas tienden a invisibilizar o penalizar los comportamientos divergentes, lo cual conduce a una exclusión encubierta.

¿Qué papel juegan los nuevos estudios de neuroimagen?

La neurociencia ha contribuido a observar diferencias estructurales y funcionales en cerebros de personas autistas, aunque las variaciones no se traducen necesariamente en déficit. Investigaciones del Karolinska Institute (Suecia) muestran que las mujeres autistas exhiben patrones de conectividad neuronal más heterogéneos que los hombres, especialmente en regiones relacionadas con la respuesta emocional y la percepción sensorial. Esto podría explicar por qué las expresiones comportamentales son diversas y, a menudo, menos detectables con herramientas tradicionales.

Por otro lado, estudios de neuroimagen funcional con resonancia magnética confirman una mayor activación en áreas visuales y auditivas cuando se exponen a estímulos múltiples, lo que se asocia con una hiperpercepción sensorial. Esta característica, aunque puede resultar agotadora, también potencia la atención al detalle y la sensibilidad artística, aspectos reportados en cerca del 41 % de las mujeres diagnosticadas según un informe del Autism Research Center de Cambridge.

Entre la sobrecarga sensorial y la regulación emocional

Los comportamientos conocidos como stimming —balanceo, aleteo, repetición de frases— son, según la psicóloga Karissa Burnett, mecanismos de regulación más que “rasgos problemáticos”. Este tipo de movimientos permiten procesar el exceso de estímulos y reestablecer el equilibrio fisiológico. Intentar erradicar estos gestos, explica Burnett, usualmente agrava la ansiedad.

Este reconocimiento ha transformado enfoques terapéuticos: los programas de intervención temprana adoptan estrategias de aceptación y acompañamiento, en lugar de corrección conductual. Asimismo, la sensibilización sobre entornos sensorialmente amigables —como oficinas silenciosas, luces regulables o protocolos flexibles de comunicación— mejora la inclusión laboral de personas con autismo.

Los números detrás del cambio

Según estimaciones de la World Health Organization (2025), una de cada 62 mujeres presenta algún rasgo del espectro autista, aunque sólo el 40 % cuenta con diagnóstico formal. En América Latina, los datos son más fragmentarios, pero estudios en Chile, México y Argentina apuntan a una mayor visibilidad en adolescentes y jóvenes adultas.

La tendencia no sólo obedece al aumento en la sensibilización, sino también a un cambio cultural que reconfigura la idea misma de lo que significa “ser autista”. Las redes sociales —particularmente TikTok y grupos especializados en Reddit— han desempeñado un papel crucial en la autoidentificación y en la creación de espacios de validación para mujeres adultas.

Autismo y género: un debate que trasciende la biología

Los estudios contemporáneos también exploran la relación entre el autismo y la identidad de género. Investigaciones de 2023 publicadas en Nature identifican mayores tasas de autismo entre personas no binarias o transgénero, lo que sugiere vínculos entre la percepción del yo social y las diferencias neurológicas. Para algunos investigadores, ello refuerza la necesidad de incluir variables de identidad y expresión de género en los protocolos diagnósticos.

En este contexto, hablar de autismo en mujeres implica también discutir los límites de la categoría “mujer” desde una perspectiva interseccional: no todas las experiencias responden a los mismos códigos culturales o biológicos, y esa heterogeneidad obliga a repensar los modelos clínicos.

¿Qué desafíos enfrentan las adultas recién diagnosticadas?

Ser diagnosticada en la adultez puede implicar alivio, pero también confrontación con una historia personal marcada por malentendidos. Para muchas mujeres, el diagnóstico retrospectivo reinterpreta décadas de dificultades laborales o relacionales. Kiser, por ejemplo, describe su diagnóstico tardío como “una respuesta a preguntas que llevaba toda la vida formulándose”.

Los especialistas señalan que las mujeres autistas adultas presentan mayores índices de agotamiento mental y experiencias de burnout social debido al esfuerzo sostenido por “encajar”. El acceso a apoyo psicológico especializado sigue siendo limitado, y la falta de formación entre profesionales de salud mental continúa siendo un obstáculo central.

La doctora Natasha Marrus, psiquiatra infantil en la Universidad de Washington, indica que el reto es desarrollar modelos que contemplen trayectorias vitales completas, desde la adolescencia hasta la adultez madura, con acompañamientos diferenciados.

Hacia una nueva narrativa del diagnóstico

El concepto de neurodiversidad ha ayudado a reformular las percepciones públicas sobre el autismo. En lugar de centrarse en la carencia, propone entender la diversidad neurológica como una expresión natural de la variabilidad humana. Este cambio, impulsado por personas autistas y respaldado por creciente evidencia científica, redefine las políticas públicas hacia la educación inclusiva y la salud mental comunitaria.

En hospitales de Suecia, Canadá y Reino Unido ya se implementan protocolos de diagnóstico con enfoque de género, que incluyen entrevistas cualitativas y escalas adaptadas. Estos modelos están siendo replicados por proyectos en América Latina, con apoyo de organismos internacionales.

La convergencia de testimonios y datos científicos apunta a un mismo mensaje: el autismo en mujeres no es una rareza emergente, sino una parte de la población que durante años permaneció invisible. Las estadísticas dejan ver un cambio sostenido, pero todavía queda la tarea de adaptar instituciones, diagnósticos y políticas de salud a una comprensión más diversa de la mente humana.

Médica clínica especializada en nutrición y longevidad |  + posts

Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.