Los efectos del chicle en el cerebro han intrigado tanto a científicos como a mercadólogos desde el siglo XX. A pesar de su aparente simpleza, estudios recientes sugieren que masticar puede tener repercusiones reales en la atención y el estrés, una conexión que mezcla biología, cultura y negocio.
Un hábito global con raíces antiguas
Masticar sustancias similares al chicle es una costumbre milenaria. En Escandinavia, se han hallado restos de resinas masticadas de hace más de 8.000 años, mientras que culturas como las mayas o los griegos ya utilizaban resinas naturales para este fin. Sin embargo, el fenómeno moderno del chicle industrial nació en el siglo XIX, cuando inventores en Estados Unidos comenzaron a experimentar con el chicle proveniente del árbol de zapote, conocido como chicle natural.
El empresario William Wrigley Jr. transformó el acto de masticar en una práctica cotidiana durante la Gran Depresión al afirmar que el chicle ayudaba a calmar los nervios. En plena crisis económica, su astuta campaña publicitaria consolidó la idea de que el chicle no solo refrescaba el aliento, sino que era una herramienta para sobrellevar el estrés diario. De allí surgió el mito persistente sobre los posibles efectos del chicle en el cerebro.
¿Por qué el chicle sobrevivió a guerras y recesiones?
Durante la Primera Guerra Mundial, Wrigley convenció al ejército estadounidense de incluir chicle en las raciones militares bajo el argumento de que podía suprimir el hambre y mantener la calma de los soldados. Este acto contribuyó a su expansión mundial, pues los soldados llevaron el hábito a distintos continentes. La práctica se integró a la cultura popular del siglo XX: masticar era símbolo de modernidad, ocio o simplemente una distracción.
Las estadísticas de la época muestran el impacto del negocio. Para 1940, Estados Unidos producía más de 100.000 toneladas de chicle al año, una cifra que se mantuvo estable durante décadas. En tiempos de tensión global, masticar se volvió una rutina psicológicamente reconfortante. Y aunque ese vínculo era, en su mayoría, producto de marketing, la ciencia empezaría a explorar si existía una base fisiológica detrás de esos efectos del chicle en el cerebro.
¿Qué dice la ciencia moderna sobre los efectos del chicle en el cerebro?
Desde los años 2000, varios laboratorios han intentado desentrañar los mecanismos detrás de esta relación. El Wrigley Science Institute, fundado en 2006, financió investigaciones sobre atención, memoria y ansiedad. En la Universidad de Cardiff, el psicólogo Andrew Smith analizó durante una década la función cognitiva de quienes masticaban chicle. Sus resultados fueron reveladores: aunque no mejoraba la memoria de forma significativa, sí aumentaba los niveles de alerta y capacidad de concentración en un promedio del 10 % durante tareas prolongadas.
Crystal Haskell-Ramsay, de la Universidad de Northumbria, ha confirmado hallazgos similares, destacando una mejora en la atención sostenida de quienes mastican. Sin embargo, los beneficios dependen del estado inicial del individuo: si la persona ya está alerta, el chicle aporta poco; si se encuentra fatigada o distraída, puede tener un impacto notable.
Estudios fisiológicos complementan estos hallazgos. La acción de masticar genera un flujo sanguíneo mayor hacia el cerebro, lo que podría contribuir a una leve mejoría cognitiva. Asimismo, hay evidencia de que masticar puede reducir los niveles de cortisol, la hormona del estrés, aunque los resultados no siempre son consistentes. En contextos controlados, como antes de una cirugía o al realizar presentaciones públicas, las personas que mastican muestran menor ansiedad promedio.
El papel del estrés y la atención en la vida moderna
El interés reciente por los efectos del chicle en el cerebro no es casual. La vida digital ha incrementado el estrés y la sobrecarga atencional. En respuesta, muchas campañas actuales redirigen el mensaje del chicle: ya no se trata tanto de higiene bucal, sino de bienestar mental. Marcas globales como Trident, Orbit o Extra apelan al concepto de “mascar tus problemas” y presentan el acto de masticar como un microdescanso cognitivo.
El paralelismo con prácticas de relajación, como el uso de objetos antiestrés o el fidgeting, es evidente. Investigaciones en neuropsicología y ergonomía han demostrado que las conductas motrices repetitivas —como mover el pie, hacer clic con un bolígrafo o apretar una pelota— ayudan a mantener la concentración. Masticar chicle podría funcionar como una forma de “fidgeting del rostro”, es decir, una manera discreta de liberar tensión mientras se procesa información.
¿Podría la evolución explicar nuestra fascinación por masticar?
Algunos científicos han buscado respuestas en la biología evolutiva. Los primates pasan buena parte del día masticando. En contraste, el ser humano moderno dedica apenas unos 35 minutos diarios a mascar alimentos. La relativa escasez de este acto podría dejar un “vacío motor” que se suple al incorporar chicle u otras actividades repetitivas que proporcionan ritmo y calma.
Otros estudios sugieren que la masticación activa circuitos cerebrales vinculados con la supervivencia. Al estar conectada con el sistema nervioso trigeminal, puede inducir respuestas automáticas de alerta moderada. En otras palabras, masticar es una tarea que exige coordinación muscular sin demandar grandes recursos cognitivos, lo que permite mantener la mente ocupada pero relajada.
La hipótesis más contemporánea, propuesta por investigadores de neurociencia conductual, considera que masticar contribuye a modular la actividad del eje HPA —responsable de la respuesta al estrés—. De este modo, al ocupar parcialmente los recursos atencionales y musculares, el cerebro podría reducir su reacción ante estímulos negativos. Aun así, los resultados no son concluyentes: en algunos casos, los niveles de cortisol incluso aumentan, lo que sugiere que los efectos dependen del contexto y el estado emocional del individuo.
Entre la industria y la ciencia: intereses cruzados
La investigación sobre el chicle nunca ha sido del todo ajena al interés comercial. Desde principios del siglo XX, las grandes empresas del sector han invertido en justificar científicamente los beneficios que sus campañas promocionaban. Mientras tanto, el consumo global ha experimentado altibajos. Según datos de la firma Euromonitor, las ventas de chicle cayeron alrededor de un 30 % en Estados Unidos entre 2018 y 2023, impulsadas por la pandemia y el cambio hacia productos más naturales.
En respuesta, la industria ha recurrido a narrativas familiares: el chicle como ayuda emocional. Campañas recientes de Wrigley y Mondelez apelan a mensajes de salud mental, situando el producto en un territorio entre bienestar y productividad. Esta reinterpretación moderna conecta con aquella promesa de Wrigley hace un siglo: la de que el chicle “apacigua los nervios”.
Sin embargo, los científicos se mantienen cautelosos ante los conflictos de interés. Estudios independientes recalcan la necesidad de separar los efectos físicos reales de las estrategias de mercadeo. El incentivo comercial sigue siendo significativo: el mercado global del chicle supera hoy los 25.000 millones de dólares, con proyecciones de recuperación moderada hacia 2030 impulsada por formatos sin azúcar y productos funcionales con cafeína o vitaminas.
¿Qué nos dice el futuro de este hábito?
Más allá de las dudas, el chicle ocupa un espacio cultural persistente. Simboliza concentración en examenes, alivio en situaciones de tensión y, en muchos casos, simple costumbre. Pese al descenso de popularidad entre los más jóvenes, la masticación sigue presente en oficinas, aulas y transportes. Estudios sobre neuroergonomía sugieren que pequeñas acciones repetitivas ayudan a mantener la mente enfocada en tareas prolongadas —un argumento que podría mantener vigente el interés científico en los efectos del chicle en el cerebro—.
El avance de tecnologías como el escaneo fMRI permitirá en el futuro observar con mayor detalle los cambios cerebrales durante la masticación. De comprobarse una correlación directa entre movimiento mandibular y activación cortical, la práctica podría interesar a la neuroterapia y la psicología aplicada. Algunas clínicas ya experimentan con estrategias de masticación guiada para pacientes con ansiedad leve o déficit de atención.
De la birch bark al laboratorio: una costumbre que perdura
Desde las resinas prehistóricas hasta los experimentos con voluntarios en universidades europeas, el recorrido del chicle resume cómo una conducta trivial puede convertirse en un objeto de interés científico. Su permanencia atraviesa períodos de guerra, crisis y transformaciones sociales. Aunque la evidencia sobre sus efectos en la mente aún no ofrece certezas definitivas, el hecho de que tantos individuos sigan recurriendo a él como mecanismo de calma o concentración revela una realidad menos cuantificable: la necesidad humana de rituales simples que estructuren la atención y mitiguen la ansiedad cotidiana.
En un mundo saturado de estímulos, masticar puede ser una de las pocas acciones que devuelven al individuo un ritmo propio. Puede que los efectos del chicle en el cerebro sean, finalmente, una combinación de fisiología y cultura: un reflejo más de la relación entre cuerpo, mente y hábito.
Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.

