Cuerpo femenino y flexibilidad: la ciencia detrás de su fuerza

En 2013, durante el ascenso al Kilimanjaro, la fisióloga metabólica Deborah Clegg observó una diferencia notable: su cuerpo soportaba el esfuerzo con aparente facilidad frente al de su compañero de expedición. Aquel hallazgo marcó el inicio de una investigación sobre la flexibilidad en el cuerpo femenino que hoy redefine la comprensión científica de la fuerza y la adaptación humanas.

Metabolismo flexible: una ventaja biológica subestimada

El estudio de la flexibilidad en el cuerpo femenino ha revelado dimensiones biológicas que desafían los estereotipos tradicionales sobre la fortaleza. En el laboratorio, Clegg y su colega Biff Palmer determinaron que el estrógeno, hormona predominante en las mujeres, modula la respuesta del cuerpo frente a la hipoxia al reducir la actividad del factor inducible por hipoxia (HIF). Este mecanismo protege contra la inflamación y favorece la resistencia en condiciones adversas.

Más allá del entorno extremo, la investigación mostró que el estrógeno influye en la llamada “flexibilidad metabólica”: la capacidad del organismo de alternar entre combustibles energéticos como glucosa y grasa según la demanda. Mientras el cuerpo masculino tiende a depender de la glucosa para esfuerzos intensos y breves, el cuerpo femenino aprovecha la oxidación de ácidos grasos, un proceso más estable y duradero. En contextos históricos, esta característica fue una ventaja evolutiva. Estudios en antropología evolutiva sugieren que las mujeres prehistóricas caminaban entre 8 y 10 millas diarias durante la gestación y lactancia, manteniendo la capacidad de recolectar y cazar pese a las exigencias fisiológicas.

Ese mismo patrón se refleja hoy en la baja incidencia de enfermedades metabólicas en mujeres antes de la menopausia. La forma en que el cuerpo femenino almacena grasa también es un factor clave. Según Clegg, las mujeres tienden a guardar el tejido adiposo en caderas y muslos, zonas menos relacionadas con el riesgo cardiovascular que el abdomen, donde los hombres acumulan grasa visceral. Estas diferencias hacen que, a pesar de tener mayores reservas de grasa, las mujeres presenten menores tasas de diabetes y síndrome metabólico durante gran parte de su vida fértil.

¿Cómo se comportan las células de grasa femeninas frente al esfuerzo?

El equipo de Clegg descubrió que las células de grasa femeninas son más elásticas. En sus palabras, “funcionan como una fibra elástica que puede expandirse sin romperse”. Este comportamiento facilita la acumulación y liberación de ácidos grasos cuando el cuerpo los necesita. Comparadas con las células masculinas, que muestran rigidez estructural y tendencia a la inflamación bajo sobrecarga, las células femeninas pueden modular mejor el equilibrio energético.

Esta propiedad tiene consecuencias significativas en la prevención de enfermedades metabólicas. Investigaciones recientes en fisiología celular demuestran que una adiposidad extensible y funcional evita la fibrosis tisular, responsable de la resistencia a la insulina. En cifras, estudios epidemiológicos del Instituto Nacional de Salud (NIH) de EE. UU. muestran que las mujeres menores de 50 años tienen un 35 % menos de incidencia de diabetes tipo 2 que los hombres, a pesar de igual índice de masa corporal promedio.

Flexibilidad física y rendimiento: más que una cuestión de elasticidad

La adaptación no se limita al metabolismo. En el plano físico, la flexibilidad muscular y articular ofrece una ventaja evolutiva igualmente relevante. La cirujana del deporte Miho Tanaka clasifica este atributo en tres niveles: funcional, muscular y articular. La primera se observa en atletas o bailarinas capaces de ejecutar movimientos amplios; la segunda depende de la capacidad elástica de los músculos; la tercera, conocida como laxitud articular, se relaciona con la estructura del colágeno y la acción hormonal.

El estrógeno actúa también aquí: aumenta la síntesis de colágeno en tendones y tejido conectivo, lo que explica por qué las mujeres suelen mostrar mayor rango de movimiento. Esta característica tiene implicaciones biomecánicas: una articulación flexible permite una transmisión de fuerza más eficiente y una recuperación más rápida ante la tensión. Sin embargo, el equilibrio es delicado. Una laxitud excesiva se asocia a un riesgo cuatro a ocho veces mayor de lesiones no traumáticas en la rodilla, según un metaanálisis publicado en The American Journal of Sports Medicine en 2023.

A pesar de ello, no todos los estudios muestran diferencias significativas entre sexos. Sophia Nimphius, investigadora en la Universidad Edith Cowan, sostiene que los mayores índices de lesiones en mujeres pueden reflejar una brecha de entrenamiento. En deportes como el esquí de descenso, donde la preparación técnica comienza temprano y es equitativa, las tasas de lesión son similares entre hombres y mujeres, lo que sugiere que el entorno y la metodología de entrenamiento son tan determinantes como la anatomía.

¿Por qué los programas de entrenamiento aún no se adaptan a esta evidencia?

El sesgo histórico en la ciencia del deporte explica buena parte de esta disonancia. Solo alrededor del 6 % de los estudios en medicina deportiva se centran exclusivamente en mujeres, según un análisis de 2022 en Women in Sport and Physical Activity Journal. Durante décadas, los protocolos de rendimiento y recuperación se diseñaron tomando como referencia cuerpos masculinos, dejando un vacío de conocimiento sobre cómo responden las mujeres al esfuerzo, al descanso o a las fluctuaciones hormonales.

Se están produciendo cambios. La integración de inteligencia artificial y aprendizaje automático en laboratorios de fisiología deportiva permite analizar grandes volúmenes de datos biológicos personalizados. Tanaka resalta que estos avances podrían ofrecer planes de entrenamiento que anticipen lesiones según el ciclo hormonal, la condición muscular y el historial de esfuerzo. Algunos ensayos piloto en atletas de élite ya demostraron reducciones del 20 % en lesiones al incorporar variables hormonales en la programación de cargas.

Adaptación vital: la flexibilidad frente a los grandes cambios del cuerpo femenino

Si el metabolismo y la biomecánica muestran la adaptabilidad cotidiana, los procesos reproductivos evidencian una dimensión extrema de esa flexibilidad. Desde la pubertad hasta la menopausia, el cuerpo femenino reconfigura sus sistemas inmunológicos, circulatorios y musculares múltiples veces sin pérdida funcional. Durante el embarazo, el volumen sanguíneo puede aumentar hasta un 50 %, las articulaciones pélvicas se flexibilizan bajo el efecto de la relaxina, y el corazón incrementa su gasto en un 30 %. Tras el parto, estos sistemas regresan gradualmente a su equilibrio, demostrando una resiliencia que la ciencia solo empieza a copiar en modelos de medicina regenerativa.

Este tipo de plasticidad biológica también parece dejar beneficios duraderos. Investigaciones publicadas en Nature (2025) revelaron que la lactancia induce una respuesta inmunitaria localizada que reduce el riesgo de cáncer de mama en hasta 37 % de las mujeres estudiadas. Además, observaciones recientes sobre atletas profesionales que regresan a la competencia después del parto muestran casos de rendimiento incluso superior al previo. Aunque los mecanismos aún se estudian, se asocian con alteraciones a nivel mitocondrial y cambios en la eficiencia del metabolismo lipídico.

¿Qué implicaciones tiene esta flexibilidad en la salud pública?

Entender las diferencias funcionales del cuerpo femenino tiene relevancia más allá del ámbito científico. Las estrategias de prevención, nutrición y entrenamiento diseñadas sin considerar las etapas hormonales o las particularidades metabólicas de las mujeres pueden ser menos efectivas. Según la Organización Mundial de la Salud, alrededor del 70 % de las políticas de salud metabólica global se basan en datos masculinos, lo que genera brechas diagnósticas significativas.

Por ejemplo, las mujeres suelen manifestar síntomas atípicos de enfermedades coronarias, en parte por la distinta distribución de grasa corporal y la influencia de estrógenos en la inflamación vascular. Sin embargo, la mayoría de los algoritmos clínicos de riesgo cardiovascular siguen sin integrar esos marcadores específicos.

Brindar una perspectiva diferenciada también puede mejorar el rendimiento cognitivo y la calidad de vida en la tercera edad. Estudios longitudinales del Instituto Karolinska en Suecia demuestran que las mujeres con alta flexibilidad metabólica —es decir, aquellas con mejor capacidad para alternar entre combustibles energéticos— mantienen un 25 % menos de deterioro cognitivo a partir de los 65 años.

Un enfoque de futuro: integrar ciencia, deporte y equidad

El avance de la investigación sobre la flexibilidad en el cuerpo femenino redefine la noción de fortaleza. Hoy, la ciencia busca traducir estos hallazgos en aplicaciones concretas: desde programas personalizados de entrenamiento deportivo hasta terapias hormonales diseñadas para preservar la capacidad metabólica después de la menopausia.

Las observaciones iniciales de Clegg en las laderas del Kilimanjaro, donde su cuerpo mostraba una adaptación superior frente al mismo esfuerzo, son metáfora y evidencia: la resistencia no siempre se expresa en fuerza bruta, sino en la habilidad de adaptarse. Comprender esa flexibilidad permite ampliar la perspectiva científica sobre el rendimiento humano y equilibrar décadas de investigación centradas en un solo modelo de cuerpo.

El reconocimiento de estas diferencias no implica desigualdad, sino la posibilidad de construir una ciencia más precisa y diversa. En la medida en que el conocimiento avance, los cuerpos femeninos podrán dejar de ser comparados para ser comprendidos en sus propios términos de adaptación, resiliencia y salud.

Médica clínica especializada en nutrición y longevidad |  + posts

Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.