Un submarino de propulsión nuclear de la Marina de Estados Unidos arribó este martes a una base naval clave en la ciudad portuaria de Busan, en el sureste de Corea del Sur, en un movimiento que refuerza la cooperación militar entre ambos países y vuelve a generar reacciones de rechazo desde Corea del Norte.
Se trata del USS Greeneville, un submarino de ataque de la clase Los Angeles, que ingresó a la base naval ubicada a unos trescientos treinta kilómetros al sudeste de Seúl con el objetivo de reabastecerse y permitir el descanso de su tripulación, según informó la Armada surcoreana. Desde el comando naval señalaron que la visita también busca fortalecer los intercambios operativos y consolidar la postura de defensa combinada entre Seúl y Washington.
La llegada del Greeneville tiene un fuerte contenido simbólico y político. Es la primera vez que un submarino nuclear estadounidense visita Corea del Sur desde que el presidente Lee Jae Myung asumió el cargo en junio, y marca la cuarta escala de esta nave en el país, luego de su última visita registrada en 2016. Además, se produce unos diez meses después de que el USS Alexandria, de la misma clase, atracara en la base de Busan en febrero para una operación similar.
Para Corea del Sur y Estados Unidos, este tipo de despliegues forma parte de una estrategia de disuasión ampliada frente a las amenazas de Corea del Norte, que en los últimos años ha intensificado sus ensayos de misiles balísticos y su retórica militar. La presencia de submarinos de propulsión nuclear, capaces de permanecer largos períodos bajo el mar y lanzar armamento de alta precisión, es vista como una señal concreta del compromiso estadounidense con la defensa de su aliado asiático.
Sin embargo, el arribo del Greeneville no pasó desapercibido en Pyongyang. Corea del Norte reaccionó con dureza, acusando a Washington de ignorar sus preocupaciones de seguridad y advirtiendo que está preparada para utilizar “cualquier medio necesario” para defender su soberanía. En ocasiones anteriores, el régimen norcoreano calificó estas visitas como provocaciones directas y las utilizó para justificar nuevos ensayos militares.
El contexto regional añade complejidad al episodio. La península coreana atraviesa un período de alta tensión, con los canales de diálogo prácticamente congelados y un creciente alineamiento militar entre Estados Unidos, Corea del Sur y Japón. En este escenario, cada movimiento naval o aéreo adquiere un peso estratégico que va más allá de lo operativo.
Desde Seúl, las autoridades insisten en que la visita del submarino responde a actividades rutinarias de cooperación y no está dirigida a provocar una escalada. No obstante, el despliegue vuelve a poner de relieve la fragilidad del equilibrio de seguridad en Asia oriental y la facilidad con la que gestos militares pueden convertirse en nuevos focos de fricción en una región ya marcada por profundas desconfianzas.












