IA en la COP30: esperanza tecnológica y amenaza climática en un mismo escenario

COP30 Brasil

En las negociaciones climáticas de la ONU en Brasil, la inteligencia artificial (IA) aparece como protagonista absoluta, y no necesariamente por razones tranquilizadoras. En la COP30, gobiernos, empresas tecnológicas y organizaciones ambientales coinciden en algo fundamental: la IA ya es parte del panorama climático global. Pero también difieren profundamente en si será una aliada poderosa o un riesgo que podría agravar aún más la crisis planetaria.

Las grandes compañías tecnológicas, junto con varios países, destacan el enorme potencial de la IA para enfrentar el calentamiento global. Señalan que puede mejorar la eficiencia de las redes eléctricas, anticipar eventos meteorológicos extremos que afectan a la agricultura, monitorear especies marinas en aguas profundas o diseñar infraestructura capaz de resistir tormentas cada vez más violentas. En esencia, la IA podría acelerar soluciones que la crisis climática requiere con urgencia.

Google, por ejemplo, afirma que la inteligencia artificial ya está generando impactos positivos concretos. Para Adam Elman, director de sostenibilidad de la compañía, la tecnología es “un habilitador real” que permite tomar decisiones más rápidas y eficientes. Delegaciones como la de Alemania incluso desarrollan herramientas como NegotiateCOP, una app que usa IA para ayudar a países con pequeñas delegaciones a procesar miles de documentos oficiales y así mejorar su participación en las negociaciones.

La COP30 refleja ese entusiasmo: durante la primera semana se realizaron al menos 24 sesiones dedicadas a la IA, desde proyectos para compartir energía entre ciudades vecinas hasta sistemas capaces de predecir crímenes ambientales en bosques. También se entregó por primera vez el AI for Climate Action Award, premiando una iniciativa para enfrentar la escasez de agua en Laos.

Sin embargo, organizaciones ambientales califican a la IA de “bestia sin regulación”, alertando sobre sus crecientes costos climáticos. Su uso masivo depende de centros de datos que consumen enormes cantidades de electricidad y agua. La Agencia Internacional de Energía estima que estos centros ya representan el 1,5% del consumo eléctrico mundial, creciendo a un ritmo cuatro veces mayor que el de la demanda total. En Estados Unidos, varios estados ven amenazados sus objetivos climáticos debido al aumento de emisiones y al uso intensivo de agua por parte de estas infraestructuras.

Expertos y ONG reclaman regulaciones urgentes: pruebas de interés público antes de construir nuevos centros de datos, exigencias de energía 100% renovable y límites al consumo de recursos. Advierten que, sin estas medidas, el auge de la IA podría empujar al mundo aún más lejos de las metas del Acuerdo de París.

En la COP30 no hay consenso. Para algunos, la IA es la herramienta más poderosa disponible. Para otros, una amenaza subestimada. Lo único claro es que su papel futuro en la lucha contra el cambio climático será inevitable —y determinante.

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