China, con Xi Jinping, y Estados Unidos, con Donald Trump, protagonizan hoy una disputa que excede lo económico: es civilizatoria. Para comprender su dinámica, no alcanza con analizar estadísticas o declaraciones oficiales. Es necesario leer entre líneas, entender lógicas profundas, tradiciones y formas de pensar que se proyectan a lo largo de siglos.
La estrategia global se está redefiniendo. La competencia entre potencias ya no se libra solo en campos de batalla o foros diplomáticos, sino en los tableros de comercio, producción y datos.
Occidente —y en particular Estados Unidos— tiende a mirar a China desde una óptica funcional, táctica, enfocada en el corto plazo. Las decisiones se interpretan como movimientos aislados, cuando en realidad forman parte de una estrategia milenaria, invisible para quienes no conocen su matriz cultural. La sinología francesa lo advirtió hace más de dos siglos: sin una mirada holística, que incluya filosofía, moral, historia y geografía del pensamiento, es imposible comprender a China.
La diferencia es radical. Mientras Occidente copia herramientas (como el lean manufacturing), China cultiva actitudes. Mientras se buscan recetas, en Oriente se pule el carácter. La planificación no responde solo a objetivos económicos, sino a una visión de orden, armonía y jerarquía que está enraizada en el confucianismo. De allí la importancia de entender que la entrada de China a la OMC no fue solo una jugada económica del Partido Comunista, sino la integración al comercio global de una civilización que proyecta su destino con una visión sistémica.
Las zonas económicas especiales, la expansión de infraestructura portuaria y polar, el dominio del litio y la planificación energética forman parte de un mismo diseño: garantizar la autonomía productiva y el ascenso global sin confrontación directa. La estrategia de China es de asedio lento, como en el juego del Go; pero ese tablero fue abruptamente pateado con el ascenso de Donald Trump.
¿Qué dice el Libro Blanco de China sobre las relaciones con Estados Unidos?
Trump no solo impuso aranceles a China. Declaró lo que llamó su «Liberation Day», una fecha que para China equivale, en términos simbólicos, al ataque de Pearl Harbor. Es una declaración de guerra comercial abierta. Su decisión de abandonar la OMC, de revocar el estatus de Nación Más Favorecida (MFN) a China y de impulsar sanciones que alteran las cadenas globales de valor marca el inicio de una nueva era. Una era de «decoupling estratégico». Punto y aparte.
Las medidas de Trump no responden a la lógica de Friedman ni de Keynes. No buscan eficiencia ni estabilidad macroeconómica. Buscan poder. En ese sentido, hay que leerlo a través del marco de Albert Hirschman, quien en 1945 propuso una lectura de las relaciones comerciales como formas de coerción. La estructura del comercio exterior no solo genera interdependencia: puede ser usada como herramienta de dominación. China entendió esto antes que nadie. Sus superávits comerciales, su frugalidad interna y su hiperproductividad la convierten en una potencia industrial imperial del siglo XXI.
Los chinos producen mucho, consumen poco y exportan más. Ahorran en real estate, un mecanismo que los mantiene dentro de la jaula del control interno. El ahorro líquido es libertad; por eso el Estado lo desincentiva. Mientras tanto, las plataformas extranjeras están vetadas. No hay Facebook, ni Twitter, ni Google. Soberanía de datos, preservación del orden moral y estabilidad civilizatoria. No es censura, es arquitectura del poder.
En este contexto, la corrupción hacia adentro se paga con ostracismo o muerte. Hacia afuera, en cambio, la moral es instrumental: se negocia con quien sea necesario. Esta doble moral no es hipocresía, sino estrategia. Mientras Latinoamérica sigue atrapada en una visión ideologizada —criticando a Estados Unidos sin comprender a China—, el mundo avanza hacia un reordenamiento del poder que exige nuevas herramientas analíticas.
Las enseñanzas de Sun Tzu son claves: todos ven las tácticas, pero pocos comprenden la estrategia. La proyección de China hacia la Antártida con flotas rompehielos, su dominio del litio, su influencia financiera en África, su expansión silenciosa en América Latina a través de swaps, infraestructura y tecnología no son hechos aislados. Son partes de un patrón. Y quien no lo entienda, quedará relegado.
El sistema PUSH de producción occidental, que impone productos al mercado sin entender la demanda, es parte de una ruta de ineficiencia alimentada por la lógica dualista de la modernidad: el idealismo platónico, el racionalismo cartesiano y el maniqueísmo político. En cambio, el pensamiento chino integra opuestos, fluye con el entorno, observa el momento. Su lógica es relacional, no universalista.
En este escenario, Robert Lighthizer, ex representante de Comercio de los Estados Unidos (USTR) durante la gestión de Trump, llegó a una conclusión inquietante tras cuatro años de negociaciones con Beijing: con China no se puede negociar. Hay que patearles el tablero y exponer su verdadera dinámica. Son ultraeficientes en la producción, frugales en el consumo y estratégicos en el uso de su poder económico. Así generan dependencia.
Resumen del libro No Trade is Free por Robert Lighthizer realizado por el autor.
Lo que está en marcha no es solo una reconfiguración del comercio. Es el fin de un paradigma. La globalización que conocimos —basada en instituciones como la OMC y principios como la liberalización progresiva— ha muerto. Estamos en una disrupción total. Una nueva era ha comenzado. El tablero se reinicia. Y solo quien entienda la lógica profunda de los jugadores podrá anticipar la próxima jugada.
Aclaración: la presente columna se desarrolló a partir de la entrevista realizada en el programa Clave Japón de José «Pepe» Kokubu en Radio Cultura que se puede ver aquí.
Es licenciado en Economía con Diploma de Honor de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Argentina. Actualmente es consultor independiente, asesorando a instituciones financieras y empresas privadas de diferentes industrias. En los últimos 30 años ha desarrollado su actividad en instituciones financieras, públicas y privadas. Se ha desempeñado como Director del Banco de la Ciudad de Buenos Aires, Director del Banco de Corrientes, Vicepresidente del Banco de Inversiones y Extranjero (BICE) y Gerente General del Banco de Crédito Argentino, entre otras funciones. En el ámbito empresarial, dirigió la consultoría Macroeconómica, entidad especializada en economía y finanzas. Ha sido Director General del Ministerio de Hacienda de la Nación (1975-1977) y Economista Jefe de FIEL, Fundación Latinoamericana de Investigaciones Económicas (1971-1975). Desde el 2000 se ha especializado en Economía China y sus repercusiones globales y regionales.








