Como informara ReporteAsia, en el Centro Cultural San Martín, de Buenos Aires se está llevando a cabo la exposición fotográfica «En Corea del Norte» de Florencia Grieco, organizada por CADAL. Esta muestra recopila las fotos que la periodista y editora argentina tomó durante sus dos viajes a Corea del Norte (en 2015 y 2017), la cual representó una experiencia fascinante y enriquecedora, que resultó además en la publicación del libro: «En Corea del Norte. Viaje a la última dinastía comunista».
Sobre Grieco, se trata de una profesional con una carrera muy prolífica. Ha sido editora de no ficción para Penguin Random House Grupo Editorial en Argentina y España y tuvo a cargo la edición del portal digital de la revista latinoamericana Nueva Sociedad y la edición general del sitio de noticias Infobae América. Fue editora de la sección Mundo en los diarios Crítica de la Argentina y Página/12, y consultora de la Comisión Europea y del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Buenos Aires y cursó una maestría en Relaciones Internacionales en la Universidad de Bologna, Italia. Actualmente reside en Barcelona.
En el marco de la muestra fotográfica -que puede visitarse de 15 a 21 horas en el Centro Cultural San Martín y en la sede del CARI a partir marzo-, desde ReporteAsia nos comunicamos con ella para conocer más sobre sus viajes a Corea del Norte y las vivencias que recolectó en ese país, siendo que tuvo la posibilidad de adentrarse a las zonas rurales y menos conocidas para el mundo extranjero, retratando la vida cotidiana del pueblo norcoreano, en facetas desconocidas por Occidente. Una curiosidad: toda la muestra fotográfica está compuesta por fotos sacadas solamente con un teléfono celular.
Florencia: ¿Cómo surgió tu interés por Corea del Norte?
La verdad es que ningún camino, ni académico ni de trabajo, me llevó naturalmente a Corea del Norte. Mi acercamiento se dio en 2008, cuando estaba trabajando en un medio independiente, que tenía margen para para armar una agenda de información propia. En 2006 Corea del Norte había hecho su primer ensayo nuclear y en el mundo mundo estaba muy instalado el tema, así que empecé a cubrirlo, aunque hasta ese entonces, no era un tema en medios o en diarios argentinos. En esos años gobernaba el segundo Kim (Jong-Il), el padre de Kim Jong-un, que era un personaje todavía mucho más excéntrico y siniestro. Y Había un montón de material que acá en general no aparecía. Así que me metí en el tema por interés propio.
¿Y cómo se dio la oportunidad de viajar allá?
La verdad que no me lo había planteado. Un amigo me preguntó un día si tenía pensado viajar a norcorea y ahí me di cuenta que ni siquiera lo había considerado como opción. Pero fue entonces cuando empecé a manejar esa idea concreta de viajar, de ir a ver cómo era ese país y comencé a armar el primer viaje. Finalmente viajé en 2015, pero sin ninguna idea ni de escribir un libro ni de sacar demasiadas fotos porque no sabía si iba a poder. Ya en el segundo viaje, en 2017, fui más preparada.
¿Cómo fue el armado del viaje para entrar a un país con tantas restricciones?
Lo que terminé averiguando es que no se puede viajar de forma independiente. Esa es la característica más definitoria de los viajes a Corea del Norte: vos no podés ir sólo por tus propios medios porque el turismo (que es la única forma de entrar básicamente, no se puede entrar a hacer periodismo) es una actividad organizada por el propio Estado norcoreano que define cuáles son los recorridos, qué es lo que se puede conocer, en qué momento.

Hay agencias intermediarias que son las que coordinan entre la agencia de turismo del gobierno norcoreano y los extranjeros que quieren ir al país. Son ellas las que organizan y hacen todo. Lo que yo cuento en el libro es que estos procesos tienen algunas particularidades porque todo el viaje está cargado de incertidumbres. Yo no tuve los papeles, el visado, no tuve nada en la práctica, recién hasta el día en que viajé.
Si entrás en tren, que es lo que yo hice, tenés que ir a China primero y hacer base allí para poder cruzar. Esto implica una serie de complejidades y de espacios de incertidumbre que le pueden agregar un poco de color o de inquietud al viaje, que ya de por sí es bastante extraño.
Bueno, estás en China, ya en la frontera: ¿cómo fue ese momento en el que entras a Corea del Norte?
En el viaje en tren realmente te vas adentrando en el país. Este ingreso tiene una característica muy llamativa: te subís a un tren chino, yo lo tomé en Beijing, que llega hasta la frontera, a Dandong, la última ciudad china antes del cruce, y ahí se cambia de tren y te subís a un tren norcoreano. Y una vez en movimiento te das cuenta que estás atravesando la frontera porque, de repente, la señal de internet se corta. No hay internet para los turistas como tampoco lo hay para los propios norcoreanos.
Esta ruta de ingreso en tren tiene muchas particularidades, porque durante varias horas se puede ir viendo el campo. Es una buena forma para ir aclimatándose hasta llegar a Pyongyang.
¿Cuál fue tu primera percepción de Pyongyang?
Que era mucho más grande, mucho más urbana, mucho más contundente de lo que yo esperaba. Pero también tiene algo muy artificial; no quiero decir muy artificial como una puesta en escena hecha para nosotros, para los extranjeros, sino que tiene algo de dinámica artificial porque ves poca espontaneidad.
«no se puede viajar de forma independiente. Esa es la característica más definitoria de los viajes a Corea del Norte»
Y está todo muy organizado: hay pocas situaciones espontáneas o libradas a la improvisación. Especialmente para los extranjeros, pero también para los propios norcoreanos.

Es una ciudad grande pero no ves desorden, no existe el caos, no existe… No tiene las características que habitualmente tiene una ciudad grande en la que las personas tienen todo tipo de vínculos y relaciones entre sí y con el espacio. Eso no está. No era exactamente la imagen que yo esperaba, era como más lindo, en alguna medida, pero a la vez más falso, distorsionado. Creo que tiene que ver con la falta de espontaneidad.
Después del primer viaje, que duró 14 días, me di cuenta, primero, que habían muchas cosas que no había logrado entender, que necesitaba volver. También, que había mucho material para hacer algo, para contar algo, pero tenía la impresión de que necesitaba un poco más, necesitaba entender más, necesitaba más información, poder sacar otro tipo de fotos. Ahí nació la idea de escribir un libro y también de hacer un segundo viaje, con otra mirada: ir al interior, llegar al “off del off”. En el libro hablo de los dos viajes.
¿Cómo fue el segundo viaje?
Fue realmente otro tipo de experiencia, porque me alejé de las ciudades y pude confirmar lo que me habían dicho los guías extranjeros, no los propios norcoreanos, que en el interior está la verdadera Corea, que no tiene nada que ver con Pyongyang. Es otra forma de vida, otra relación con los extranjeros. Y en términos de infraestructura y de condiciones de vida, todo es mucho más áspero, realmente ahí se ve mucho más difícil la vida.

Hay muchos lugares que visité donde nunca antes había ido un occidental. Entonces, una serie de características hicieron que el viaje fuera mucho más extraño. Los propios guías que nos llevaron, los propios norcoreanos, estaban menos acostumbrados a lidiar con extranjeros. Era todo más arduo, más monótono, más restrictivo, y con algunas cosas adicionales como no tener energía eléctrica o no tener acceso a agua potable en la mayor parte de los lugares. En este caso estuve allí por 20 días.
Contanos cómo fue la experiencia de sacar fotos en ese contexto de tanto control…
Yo pensé que si lograba sacar diez fotos buenas estaba satisfecha, me parecía un buen negocio. Pero, la verdad es que pude sacar muchísimas más de las que esperaba. De hecho, por eso hay una muestra de fotos, porque realmente había mucho material, mucho más del que yo esperaba conseguir y sobre un tema que fue lo que más me terminó interesando a mí: la vida diaria. En las fotos se podía ver a personas haciendo cosas más o menos familiares, más o menos normales, que es algo que por lo general no vemos sobre Corea del Norte. Eso fue lo más interesante. Del primer viaje, volví con mucho material y ahí decidí hacer el segundo viaje con la intención mucho más clara de escribir un libro.
En algunos lugares no está permitido sacar fotos, donde había personal militar, o en ciertos edificios oficiales, por ejemplo. Es decir, te decían muy claro: “Acá sí, acá no”. Pero dónde te lo permitían, había libertad. Por otra parte, todas las fotos las hice usando la cámara de mi teléfono celular, que era lo más discreto que podía usar en ese contexto.
Respecto a la muestra que está actualmente montada ¿cómo fue la curaduría?
Ya habíamos hecho una selección con una curadora para el libro, que tiene 150 fotos. Pero las fotos de la muestra no son exactamente las que están en el libro. Son diferentes, porque quería contar un poco sobre los distintos territorios de Corea del Norte: cómo es entrar, cómo es Pyongyang, cómo es el interior. Reproducir esa estructura en una versión reducida. Son entre 45 y 50 fotos. Mostramos eso.

También hacemos hincapié en esto: de dónde salen esas imágenes, no sólo lo que se ve sino cómo se llega a esas fotos, porque no es fácil, porque no te podes tomar diez minutos para hacer una foto, porque estás todo el tiempo circulando con el grupo con el que vas. No podés hacer tu propio viaje fotográfico. Es todo a las apuradas, es fugaz, es veloz. Todo eso es lo que se cuenta en la muestra, para que se entienda de dónde salen esas fotos y qué quieren decir más allá de lo que se ve.
Sobre tu estadía, ¿cómo sentiste en primera persona el rigor de la dictadura norcoreana?
Ya desde el momento en el que no podés viajar solo ni recorrer solo el país, ahí ya hay una situación que no es completamente libre. Desde el momento que sabés que los propios norcoreanos no salen del país libremente, y que son muy pocos los que lo hacen, internamente además hay muchas restricciones de movimiento, es evidente. Uno no puede relacionarse ni moverse como quiere, ni interactuar ni ir a la casa de quien quiera. En todas esas características, obviamente, está presente el régimen político, se ven reflejadas las características del régimen autoritario.
«Hay muchos lugares que visité donde nunca antes había ido un occidental»
También hay una desigualdad muy grande entre el interior y Pyongyang, que no tiene que ver solamente con las desigualdades que pueden ser habituales en cualquier lugar, sino que ahí tienen que ver con que en la capital se relocalizó a la población más leal, más fiel a los Kim. Se creó una ciudad de élite donde la diferencia de formas de vida, formas de consumo, acceso a bienes y servicios, en general en calidad de vida, es muy diferente a la del interior. Eso fue una creación, como un experimento social casi. Cuando tenés esa información, lo que ves adquiere otro sentido.
Ahí está la característica especial de cómo es Corea del Norte, de cómo funciona. Se ve en eso. Después no ves tanques en la calle. Esos desfiles militares son eso, desfiles militares. No hay presencia militar porque es una sociedad híper-disciplinada e híper-vigilada en sí, hasta la propia sociedad entre sí lo es. No es que ves policías y militares en la calle, los ves incluso menos que en otros lugares, en un punto porque no es tan necesario y en otro punto porque esa autoridad y esa vigilancia está muy presente, muy internalizada todos los días.
Co-fundador de ReporteAsia.












