«No se trata de vender tecnología, sino de entender al que vive ahí», advierte Ángelo Calcaterra

Ángelo Calcaterra

Durante mucho tiempo, la tecnología aplicada a la vivienda estuvo asociada al lujo. Persianas automatizadas, cerraduras digitales, control de climatización desde el celular, asistentes de voz: todo sonaba a torre premium o a capricho tech. Pero en 2025, la lógica está cambiando. El concepto de smart building empieza a bajar a la gama media, con propuestas accesibles, concretas y, sobre todo, funcionales. No se trata de tener el edificio más inteligente, sino el más eficiente. Ángelo Calcaterra, referente del real estate argentino, lo resume así: «La tecnología no es un adorno. Es una herramienta para vivir mejor, ahorrar tiempo, reducir costos y simplificar gestiones. Si eso no pasa, no sirve».

De la torre al edificio barrial

El gran cambio de estos últimos dos años es que ya no hace falta vivir en una torre de 25 pisos para tener acceso a soluciones inteligentes. Cada vez más desarrolladores de edificios medianos o chicos —en barrios como Caballito, Chacarita, Villa Urquiza o incluso en ciudades del interior— están incorporando tecnología en aspectos concretos: accesos sin llave, cámaras conectadas al celular, porteros virtuales, medidores de servicios inteligentes o automatización de luminarias en espacios comunes.

Esto permite a los consorcios reducir expensas, a los propietarios controlar lo que pasa desde cualquier lugar y a los desarrolladores ofrecer un producto actualizado sin disparar el costo.

Ángelo Calcaterra enfatiza que «la clave está en usar bien lo necesario, no en vender un show tecnológico. Un sistema de ingreso inteligente puede evitar problemas de seguridad, pero una heladera que te avisa si falta leche no mejora la experiencia del edificio».

Lo que el comprador valora (y lo que no)

En las encuestas que manejan los brokers y desarrolladores, los compradores de gama media muestran un interés creciente por ciertos aspectos tecnológicos, pero no por todos. Los más valorados son: control de accesos y seguridad remota; automatización de luces en espacios comunes; monitoreo del consumo de servicios (agua, electricidad, gas); ascensores con mantenimiento predictivo; conectividad garantizada (WiFi en espacios comunes, preinstalación de fibra).

En cambio, funciones como persianas con app, asistentes de voz o electrodomésticos conectados no son percibidas como prioritarias. El comprador medio quiere eficiencia y control, no gadgets futuristas.

«La tecnología tiene que resolver, no distraer. El que vive en un dos ambientes en Caballito quiere saber que no se le va a cortar la luz del pasillo o que puede ver quién le tocó el timbre desde el celular. Eso es valor real», explica Ángelo Calcaterra.

Costos y decisiones: cuándo conviene sumar domótica

Uno de los temores de los desarrolladores es que la incorporación de tecnología encarezca el proyecto. Pero hoy existen soluciones escalables, modulares y de bajo costo que permiten sumar funciones inteligentes sin alterar el presupuesto.

Muchos optan por incluir la infraestructura (cañerías, preinstalaciones, cableado) y dejar a cargo del comprador la decisión de sumar dispositivos. Otros incluyen un paquete básico: cerradura digital, sensores de movimiento en pasillos, portero con cámara conectada y medidores inteligentes.

Ángelo Calcaterra recomienda pensar desde el inicio: «No hay que ver la tecnología como un extra. Hay que integrarla desde el diseño. Y sobre todo, no vender lo que no se va a mantener. Un edificio con 20 cámaras que nadie monitorea es peor que uno con una bien puesta».

Administración y mantenimiento: el nuevo rol del consorcio

La digitalización también está cambiando la forma de administrar edificios. Ya no se trata solo de arreglar la bomba o hacer la liquidación de expensas. Los nuevos consorcios incorporan apps para comunicación interna, reservas de espacios comunes, pagos online y seguimiento de reclamos.

Esto mejora la convivencia, reduce conflictos y permite un control más claro sobre el funcionamiento del edificio. Además, algunos administradores están empezando a usar tableros de control con datos en tiempo real sobre consumos, accesos y mantenimiento preventivo.

Calcaterra lo define como «el salto de la administración reactiva a la gestión inteligente. El consorcio ya no es solo un lugar donde se discute por el ascensor: es una organización que puede ser eficiente y transparente si tiene las herramientas correctas».

Proyectos en marcha que ya aplican esta lógica

Varios desarrollos en CABA y Gran Buenos Aires están aplicando esta lógica con buenos resultados. Edificios en Villa Crespo, Saavedra, Vicente López y Quilmes incluyen porteros virtuales, control de accesos por código, sensores de humedad para evitar filtraciones y luminarias que se activan con movimiento.

En muchos casos, la inversión adicional representa menos del 1% del costo total de obra y genera un diferencial comercial significativo. Los compradores lo notan, y lo valoran.

Ángelo Calcaterra sigue de cerca estas experiencias y destaca que «los desarrollos que funcionan son los que entienden al usuario final. La tecnología bien aplicada no solo mejora la experiencia, también ayuda a vender mejor».

En un mundo hiperconectado, la posibilidad de contar con WiFi de calidad, instalación de fibra óptica, señal estable en todo el edificio y sistemas que no se corten cada dos semanas es parte de la calidad de vida.

La infraestructura digital ya es tan importante como el agua o la electricidad. Y en muchos casos, es lo que define la decisión de compra o alquiler, especialmente en un mercado donde el trabajo remoto o mixto es la norma.

Calcaterra advierte: «El edificio que no garantiza conectividad pierde valor. Hoy la gente necesita trabajar desde casa, hacer videollamadas, estudiar. No se negocia».

El concepto de smart building está dejando de ser un lujo para convertirse en un estándar funcional en el real estate argentino. La clave está en aplicar tecnología con criterio, sin sobrecostos, sin exhibicionismo y con foco en lo que realmente mejora la vida diaria.

Ángelo Calcaterra sintetiza la idea con precisión: «No hay que construir edificios inteligentes para mostrar que sabemos de tecnología. Hay que hacerlo para demostrar que entendemos a las personas que van a vivir ahí».

En 2025, el verdadero valor agregado ya no está en la pileta climatizada o el gimnasio con vista. Está en poder entrar con el celular, ahorrar en luz, evitar conflictos y saber que, aunque uno no esté, el edificio sigue funcionando.

Tecnología con sentido. Ladrillo con inteligencia. Y una nueva forma de habitar la ciudad que combina lo mejor del diseño, la eficiencia y el realismo.

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Arquitecto, especialista en construcción en seco.