Durante sus ocho años al frente del gobierno, entre 2005 y 2013, Ahmadinejad contó inicialmente con el respaldo del clero chiita gobernante y de los sectores más conservadores del parlamento. Sin embargo, hacia el final de su mandato su figura se volvió cada vez más controvertida: su política nuclear derivó en severas sanciones internacionales y en una profunda crisis económica, mientras que sus aliados más duros terminaron distanciándose de él.
En el plano internacional, Ahmadinejad fue uno de los críticos más encendidos de Israel y de su accionar en la región. Su retórica beligerante y las amenazas militares que profirió contra el Estado hebreo durante su presidencia dejaron a Irán en un prolongado aislamiento diplomático.
Tras dejar el poder, Ahmadinejad intentó mantenerse activo en la escena política iraní, aunque con escaso éxito. Se postuló nuevamente a la presidencia en 2017 y en 2021, pero el Consejo de Guardianes le vetó la candidatura en ambas ocasiones, una señal elocuente del grado de desconfianza que generaba incluso entre quienes otrora lo habían impulsado. En sus últimos años adoptó posiciones cada vez más heterodoxas, llegando a cuestionar abiertamente al establishment clerical que lo había encumbrado.
Su muerte se produce en uno de los momentos más críticos de la historia reciente de Irán. El país enfrenta simultáneamente la desaparición de su líder supremo, el ayatolá Ali Khamenei, y una escalada militar sin precedentes con Israel y Estados Unidos, lo que abre un período de profunda incertidumbre sobre el futuro político e institucional de la república islámica.











