Onnagata: la construcción de lo femenino en el teatro Kabuki

La práctica de representar personajes femeninos por actores masculinos ha sido una de las características más distintivas del teatro Kabuki desde sus orígenes en el periodo Edo. En esta segunda entrega, exploramos el surgimiento del Kabuki, las transformaciones que llevaron a la exclusión de las mujeres del escenario y la consagración del onnagata como símbolo de una feminidad idealizada y profundamente estilizada.

Los orígenes del Kabuki

El teatro Kabuki surgió en un contexto de florecimiento cultural durante el período Edo (1603-1868), cuando la sociedad japonesa atravesaba un auge en el comercio, la vida urbana y las formas de entretenimiento popular.

La creación de este estilo teatral se atribuye a Izumo no Okuni, una sacerdotisa del santuario sintoísta Izumo Taisha, en la región de Shimane. Con una pequeña compañía de músicos e intérpretes, Okuni desarrolló una propuesta escénica basada en el nembutsu-odori, una danza ritual de oración dirigida al Buda Amida. A esto le sumó canciones, parodias y elementos del furyū odori, un tipo de baile popular hacia fines del siglo XVI caracterizado por sus adornos elaborados, vestimenta llamativa y el uso de diversos accesorios. Estas funciones tuvieron una gran acogida y pasaron a conocerse como kabuki odori, término derivado del verbo japonés “kabuku”, que en la jerga de la época aludía a un comportamiento “excéntrico” o “extravagante”.

Izumo no Okuni en escena, por pintor anónimo de la escuela Matabei, período Kan’ei (1624–1644). Fuente: Scholten Japanese Art.

Estas primeras representaciones, encabezadas por Okuni, solían llevarse a cabo a orillas del río Kamo. Ella, junto a otras intérpretes, se presentaba con vestimenta masculina, espadas, rosarios y, en ocasiones, prendas de influencia occidental como los pantalones portugueses. Inspiradas en los kabukimono —jóvenes guerreros célebres por su apariencia llamativa y actitud provocadora—, estas actuaciones combinaban danza, humor, erotismo y escenas de fuerte impacto visual, lo que atrajo rápidamente la atención de públicos de todos los sectores sociales.

La exclusión de las mujeres y el surgimiento del onnagata

Desde sus inicios, el gobierno militar japonés expresó una profunda desconfianza hacia el Kabuki. Ya en 1608 comenzaron a emitirse decretos que lo señalaban como una amenaza para la moral pública, debido a sus contenidos eróticos, su popularidad entre las clases urbanas y su estrecho vínculo con la prostitución. Como respuesta a estas preocupaciones, en 1629 se prohibió la participación de mujeres en el escenario.

En su lugar, jóvenes actores comenzaron a interpretar los papeles femeninos. Sin embargo, las mismas inquietudes vinculadas a la moralidad y el orden social llevaron también a la censura de estos intérpretes. Así se consolidó el yarō kabuki, o “kabuki de hombres”, en el que actores adultos asumieron todos los roles, tanto masculinos como femeninos.

Yoshizawa Ayame I en una ilustración del libro Amayo no Sambai Kigen (1693). Fuente: Kabuki21.com

Dentro de este nuevo marco escénico, se consolidó la figura del onnagata —especialista en papeles femeninos—, que alcanzó un alto grado de sofisticación durante el periodo Edo. Una figura clave en este proceso fue Yoshizawa Ayame I (1673-1729), un célebre actor onnagata cuya influencia fue determinante para la evolución del rol. En su obra Ayamegusa (“Las palabras de Ayame”), dejó asentadas una serie de recomendaciones sobre cómo interpretar de forma convincente a una mujer, tanto en escena como fuera de ella. Para Ayame, vivir como mujer en la vida cotidiana era indispensable para alcanzar la perfección artística. Si bien en aquella época este tipo de enseñanzas eran seguidas por muchos actores onnagata, con el paso del tiempo —especialmente desde el periodo premoderno japonés— fueron abandonándose gradualmente. Hoy en día, este tipo de prácticas ya no son consideradas indispensables para el ejercicio del rol.

Las características del onnagata sobre el escenario

El onnagata es un actor especializado en interpretar papeles femeninos en el teatro Kabuki. Su rol no se limita a imitar gestos o expresiones, sino que implica la construcción estilizada de una feminidad escénica, basada en códigos tradicionales y altamente codificados.

Para lograrlo, el actor se somete a un riguroso entrenamiento que abarca desde el control corporal y la modulación vocal hasta el uso del vestuario, maquillaje y utilería específica. Aunque la apariencia puede variar según el personaje interpretado, existen ciertos elementos visuales que se mantienen constantes: una base de maquillaje blanca que cubre todas las zonas visibles del cuerpo —rostro, cuello y manos—; los labios y los ojos se delinean en tonos rojizos; se utiliza una peluca negra con peinados recogidos, adornada con vistosos accesorios, y el conjunto se completa con kimonos de gran colorido y diseños elaborados. 

El actor onnagata Nakamura Shichinosuke. Fuente: ABC Cultura

Los personajes femeninos que encarna un onnagata pueden clasificarse en distintos arquetipos que han sido estilizados a lo largo del tiempo. Entre ellos, se encuentran la joven inocente (musume), la cortesana de alto rango (keisei) o la esposa fiel (tsuma). Cada uno de estos roles exige una interpretación distinta, con gestualidades, modos de hablar y maneras de desplazarse que responden a una estética específica, transmitida de generación en generación.

El actor onnagata Bandō Tamasaburō V en el rol de una cortesana de alto rango (keisei). Fuente: The Japan News.

Además de su participación en el desarrollo narrativo de las obras, el onnagata suele llevar a cabo las escenas de danza, donde despliega movimientos meticulosos cargados de simbolismo. Estas danzas se ejecutan con precisión y suavidad, haciendo uso expresivo de las manos o incorporando objetos como abanicos, pañuelos o panderetas. 

Para el desarrollo de dichas danzas, el cuerpo del onnagata se mantiene en todo momento bajo un estricto control. Al caminar, apunta los dedos de ambos pies hacia adentro y procura mantener las rodillas juntas, lo que contribuye a una imagen contenida y delicada. Sobre el escenario, uno de sus principios fundamentales consiste en mantener el cuerpo en una posición levemente más baja que la de los actores de personajes masculinos, ya sea arrodillado o de pie, con una ligera inclinación diagonal que estiliza la figura. Los pasos son cortos y los movimientos, lentos y medidos. Este tipo de desplazamiento es reforzado por el vestuario, ya que los pesados kimonos y las múltiples capas dificultan dar zancadas amplias o moverse con rapidez.

Por otro lado, la voz también cumple un papel fundamental en la creación del personaje femenino. Generalmente, se recurre al uso del falsete para suavizar la voz y darle una cualidad más aguda, diferenciándose notablemente de los actores que interpretan roles masculinos. En el Kabuki, el texto hablado suele seguir un ritmo marcado; si bien no se trata de canto en sentido estricto, la entonación es deliberadamente exagerada o estilizada, lo que añade una capa más de teatralidad a la interpretación.

El establecimiento de una “feminidad ideal”

Durante el periodo Edo, la figura del onnagata no sólo dominó el escenario Kabuki, sino que también moldeó la idea de lo femenino en la sociedad japonesa de aquella época. Según la antropóloga estadounidense Jennifer Robertson (1991), estos actores no representaban mujeres reales, sino una feminidad idealizada construida desde una mirada masculina. En un contexto donde las mujeres eran vistas como subordinadas, los onnagata ofrecían una versión refinada e inalcanzable de la mujer, más acorde a los valores patriarcales que a la realidad cotidiana.

El actor onnagata Ichikawa Emino. Fuente: ichikawa-emino.com

La investigadora estadounidense Katherine Mezur (2005) especializada en estudios de performance, teatro y danza, va más allá y sostiene que los onnagata fueron “los inventores de una ficción de la mujer”, al punto de sustituir la experiencia femenina real por una representación ideal, moldeada por las estrictas normas del gobierno militar de la época. 

Esta visión teatral contribuyó a consolidar un modelo de feminidad construido desde parámetros masculinos. Su influencia trascendió el escenario: los onnagata marcaron tendencias en la moda y el comportamiento del público femenino. Peinados, gestos y vestuarios representados en escena eran imitados por las mujeres en su vida cotidiana, lo que reforzaba su posición como referentes del ideal femenino de la época.

La permanencia de los onnagata en el teatro

Con la llegada de la Restauración Meiji (1868-1912), Japón entró en una etapa de modernización que también impactó el mundo del teatro. Tras siglos de exclusión, se permitió nuevamente la participación de mujeres sobre el escenario. En 1887, la Sociedad para la Reforma del Teatro (Engeki Kairyōkai) impulsó la inclusión de actrices en el Kabuki, con la intención de reemplazar a los onnagata. Esto abrió un debate en torno a si las mujeres podían representar con la misma estilización esa feminidad ideal que los actores masculinos habían encarnado durante generaciones.

Ichikawa Kumehachi se convirtió en la primera actriz de Kabuki desde la prohibición impuesta en 1629. Sin embargo, ella misma advertía que “ser mujer no significaba saber cómo interpretar a una onnagata”. Para Kumehachi, la feminidad escénica era una construcción aprendida, no un rasgo natural. Actuar como una mujer en el Kabuki requería una técnica estilizada y compleja que iba más allá de la experiencia corporal femenina.

Retrato de Ichikawa Kumehachi (1847-1913). Fuente: note.com

Pese al retorno de las mujeres al teatro, el Kabuki mantuvo —y mantiene hasta hoy— su estructura predominantemente masculina. Si bien algunas mujeres participan en los ensambles musicales, los papeles femeninos continúan siendo interpretados por hombres.

Uno de los onnagata más reconocidos en la actualidad es Bandō Tamasaburō V. A pesar de no provenir de una familia tradicional del Kabuki, se consolidó como una figura central en la interpretación de personajes femeninos. A lo largo de su carrera ha interpretado obras emblemáticas como Musume Dōjōji y Fuji Musume, consideradas dentro del repertorio Kabuki como el pináculo para los onnagata: roles protagónicos que marcan un punto culminante en la carrera de cualquier actor especializado en papeles femeninos. Su talento trasciende las fronteras del Kabuki, participando también en otras disciplinas artísticas y cautivando a públicos internacionales con su estilo refinado y expresivo.

Bandō Tamasaburō V fuera de escena (izquierda) y caracterizado como onnagata en Fuji Musume (derecha). Fuente: kokosil Ginza 

Bandō Tamasaburō V fuera de escena (Izq.) y caracterizado como onnagata en Fuji Musume (Der.). Fuente: kokosil Ginza.

En la próxima y última nota de este recorrido por la representación de lo femenino y lo masculino en el teatro japonés, nos adentraremos en el mundo de la Takarazuka Revue y en el rol de las otokoyaku, actrices que interpretan exclusivamente personajes masculinos. Veremos cómo esta forma teatral ha construido una masculinidad estilizada que, al igual que la feminidad de los onnagata, responde a códigos propios del arte escénico japonés.

 

 

Este artículo se publica en el marco de la colaboración entre ReporteAsia y el Instituto Argentino Japonés Nichia Gakuin de Buenos Aires.

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Técnica Superior en Cultura y Lengua Japonesa, egresada del Instituto Superior en Estudios Japoneses Nichia Gakuin y actualmente cursa la Licenciatura en Ciencias Sociales y Humanidades en la Universidad Nacional de Quilmes. En su último año de la tecnicatura, su investigación se centró en la construcción de lo femenino y lo masculino en el teatro japonés. También le interesan las artes visuales y musicales de Japón.