Los Juegos Olímpicos de París enfrentarán una vez más a Japón y Argentina en fase de grupos de voleibol. Con este marco, Reporte Asia ofrece un artículo especial en tres entregas que busca desentrañar la popularidad del voleibol en Japón y su conexión con Argentina.
La primera parte de esta entrega está disponible aquí.
Idols del voleibol
Japón es un mundo de idols. Un mundo de presentadores televisivos que cantan, cantantes que bailan, bailarines que actúan, y actores que, otra vez, presentan. Con origen en las primeras figuras femeninas y masculinas que entretenían a la audiencia allá por los años 60, el término se fue forjando hasta encajar perfectamente en el marco particular del sistema de medios japonés. Tratar de entender al idol por fuera de ese contexto es un esfuerzo vano. Y por eso, cuando nos referimos al tema en español, no queda bien hablar de “ídolos”. El extranjerismo idol (pronunciado “ai-do-ru” en japonés) funciona perfectamente como una descripción en sí mismo.
En el libro Idols and Celebrity in Japanese Media Culture, los académicos Patrick Galbraith y Jason Karlin reflexionan sobre este fenómeno tan propio de la cultura popular japonesa: “Ya sea desde la música popular y los álbumes de fotos hasta lo que refiere a moda y accesorios, los idols son producidos y preparados para maximizar el consumo. Son moneda corriente en la promoción y la publicidad de todo tipo de productos y servicios”. El idol, como toda celebridad, funciona gracias al público consumidor. “En el sistema de medios japonés (…) los consumidores son nombrados como ‘fans’. Para ellos, el idol es un objeto de deseo, una fantasía o ideal construido, el reflejo en el ‘espejo’ que, a su vez, resuena con una significación emocional y afectiva”, explican los autores.
Tanto la selección femenina como los RYUJIN NIPPON (“Dios dragón de Japón”, apodo de la selección masculina) lograron alcanzar el segundo lugar en sus respectivos campeonatos mundiales durante 2024. Por más imposible que pareciera, Japón levantaba cada pelota con un carisma y estilo de juego que terminó cautivando a la audiencia global.
“No juego al voleibol, pero me está interesando el deporte porque empecé a mirar los videos de Yuki Ishikawa. Muchas personas acá apoyan al equipo de Japón”, cuenta con orgullo Emma desde Indonesia cuando la entrevisto por Instagram. Ella es una de los millones de fanáticos a los que la selección nacional masculina (y en particular, su capitán Ishikawa) ha impresionado en los últimos años. “Lo especial de Japón es su trabajo en equipo. También son muy buenos atacando y especialmente en defensa. Su lema es nunca rendirse y continuar alcanzando la cima”, dice emocionada.
Hablar de “millones” no es exagerado. El capitán del equipo masculino, Yuki Ishikawa, acumula 1,6 millones de seguidores en su Instagram. El poderoso opuesto, Yuji Nishida, supera los 1,5 millones. Y la más reciente estrella del grupo, Ran Takahashi, alcanza los 2,3 millones. Los tres se formaron en los clubes de voleibol de sus escuelas. Los tres participaron del All-Japan High School Volleyball Championship, la competencia que desde 1948 enfrenta a todas las escuelas del Japón y que transmite actualmente Fuji TV, una de las principales cadenas de televisión del país. Los tres son buscados por marcas deportivas… y no tanto. No bailan ni cantan, pero a su manera participan del mundo de celebridades que ha construido Japón. De forma indiscutida, se han convertido en verdaderos idols del voleibol.

Pero hay más datos. VolleyballWorld es una sociedad entre la Federación Internacional de Voleibol y CVC Capital Partners que nuclea transmisiones, redes sociales y eventos de promoción del voleibol a nivel mundial. Brinda espacio para reflejar a todos los equipos relevantes del mundo, pero en los últimos años, la cantidad de contenido sobre Japón se ha multiplicado. Los clips y partidos donde la selección masculina japonesa es protagonista suelen superar el millón de reproducciones, dejando atrás a la mayoría de otros contenidos y equipos. A tono con la creciente demanda, VolleyballWorld decidió transmitir por primera vez en 2023 las finales del campeonato escolar japonés.
Generaciones doradas y cultura popular
No es casualidad que el documental de Faraut intercale constantemente imágenes de anime, una de las grandes industrias culturales de Japón. El film abre con una escena de la película de animación de 1935 Shōjōji no Tanuki-bayashi Ban Danaemon (La caza del monstruo de Ban Danaemon en el Templo Shojoji), donde una mujer pide auxilio a un guerrero, pero su verdadero objetivo es atraparlo, ya que se trata en realidad de un yōkai (espíritu del folclore japonés que toma diversas formas). Faraut buscaba así generar una metáfora alrededor de mujeres japonesas con poderes sobrenaturales, una especie de antesala mística al relato de las “Brujas”.
Pero la conexión más directa son las obras de manga y anime dedicadas al voleibol, y cuyo mayor exponente fue Attack No. 1 (Ataque número uno), de Chikako Urano. Este manga se publicó originalmente en una revista para chicas entre 1968 y 1970, y dio el salto a la pantalla chica en 1969 convirtiéndose en la primera serie de televisión de animación sobre un deporte femenino. No solo el entrenador ficticio Hongo utilizaba las técnicas más brutales sobre las protagonistas (algunas pelotas terminaban siendo golpes directos al cuerpo), sino que la letra de la canción de apertura, interpretada por Kumiko Ōsugi, parecía reflejar casi con perfección una sesión de entrenamiento de la generación dorada de los 60:
“Aunque sea doloroso, aunque me sienta triste,
estoy bien en la cancha
mientras la pelota aúlla, mi corazón rebota
recibir, levantar, rematar
¡Uno, dos, uno, dos, ataque!”
Lo cierto es que el manga tiene un género particular con historias centradas en el deporte (spokon) que comenzó a desarrollarse en la posguerra (no debería extrañarnos, entonces, que busque transmitir el crecimiento personal a la par de lo deportivo, y la autosuperación constante a pesar de las adversidades). La recuperación del país iría de la mano con la masificación de productos modernos que, otra vez como en aquella lejana época de apertura Meiji, entraban en Japón. La televisión era uno de ellos, y esto contribuiría a una mayor y más rápida difusión de los diversos contenidos disponibles. En este contexto de avance tecnológico, los japoneses de la posguerra descubrirían pronto que, mejor que un solo producto cultural en el mercado, serían varios de la misma historia original en distintos formatos.
Los teóricos de la comunicación llaman a este fenómeno media-mix o transmedia, términos que -aunque con ciertas discusiones sobre las sutilezas que los diferencian- hacen referencia a la narrativa que se manifiesta en múltiples vías. En este sentido, Attack no1 fue un manga, luego un anime, y en épocas más recientes fue revivido como live action (es decir, una telenovela con actores reales).
Quizás en coincidencia con cierto estancamiento de las selecciones femenina y masculina hacia mediados de la década de 1980, las historias de manga dedicadas al voleibol tuvieron escaso a moderado éxito en los siguientes años. Algunos ejemplos fueron Match Point! (1983), Kenta Yarimasu! (1989-1994) o Beach de Kyu (2003). Hasta que, en 2012, un artista de nombre Haruichi Furudate, algo frustrado con la poca repercusión de su última obra, decidió probar suerte con una nueva propuesta centrada en el deporte que practicó en la adolescencia (sí, esa misma adolescencia nipona de los clubes escolares y festivales deportivos). La llamó Haikyū!!

Haikyū!! resultó ser la historia destinada a acompañar el proceso formativo (y regreso triunfal) de la nueva generación dorada del voleibol japonés. Además de su argumento y su gran desarrollo de personajes, la descripción casi perfecta de las sensaciones y emociones que convergen en un juego real captaron la atención de los consumidores locales y globales de cultura pop japonesa, muchos de ellos (como Emma de Indonesia) ni siquiera practicantes del deporte.
“Jugué el torneo de primavera, tuve esa experiencia. Muchas escenas resonaron con eso”, destacó en una entrevista Masahiro Yanagida, miembro de la selección masculina japonesa, sobre cómo está plasmado el voleibol real en el manga. “Usualmente esperarías ciertas imprecisiones, eso es un hecho. Pero el autor lo escribió tan naturalmente que ni siquiera nosotros podemos notar la diferencia, lo que es asombroso”. El impacto de este manga fue aún más allá. Según la web ScreenRant, antes del lanzamiento de esta historia, el número de estudiantes en los clubes de voleibol en Japón estaba en caída (37.000 en 2012). Años después de la primera publicación de Haikyū!!, la tendencia se había revertido y se registraron 46.000 estudiantes en 2016.
Para septiembre de 2023, Haikyū!! llevaba vendidos más de 60 millones de copias, se había convertido en un anime de varias temporadas, en un musical y hasta en videojuego. En mayo de 2024 llegó en formato de película a las salas argentinas y acumuló la nada despreciable cifra de 67.000 entradas vendidas. Testimonios de los fans locales en redes dieron cuenta de cómo festejaron los puntos en el cine como si se tratara de un partido real. El circuito media-mix japonés funcionaba a toda máquina a 18.000 kilómetros de distancia.
Una curiosidad más. Haikyū!! significa “voleibol”, pero la lectura de sus kanjis ofrece otra interpretación que implica rechazar la pelota de tu campo. Que no toque el suelo, nunca. Habiendo dominado el “recibir”, ahora Japón había logrado “colocar(se)” en el mundo.
(finaliza en la próxima entrega).
Licenciada en Estudios Orientales (Universidad del Salvador). Especialista en Relaciones Públicas. Cuenta con una diplomatura superior en Educación, Imágenes y Medios (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales). Tiene una Maestría en Industrias Culturales, Política y Gestión (Universidad Nacional de Quilmes). Es profesora de la clase sobre Japón en la materia Procesos Interculturales, de la Maestría de Diversidad Cultural (Universidad Nacional de Tres de Febrero). Imparte cursos de capacitación sobre historia, cultura y protocolo de China, Corea y Japón (Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco).














