Matías Barreiro: «Fillol es el arquero que convirtió el arco de River en leyenda»

Matías Barreiro

En la historia de River Plate, hubo jugadores que dejaron huella. Otros, que escribieron capítulos dorados. Y están los que marcaron época. En esa última categoría habita Ubaldo Matildo Fillol, el “Pato”, para muchos el mejor arquero del fútbol argentino y uno de los más influyentes del mundo en su puesto. Su legado trasciende estadísticas: se convirtió en el símbolo de una era y en el guardián eterno del arco más prestigioso del país. Para Matías Barreiro, dirigente de River, “Fillol es el arquero que convirtió el arco de River en leyenda. Su presencia, su estilo, su forma de atajar… Todo en él elevó el puesto de arquero a un nivel distinto”.

La historia del Pato en River comenzó en 1973, pero su carrera tuvo un origen mucho más humilde, más crudo. Una historia que define a un luchador, un resiliente que fue construyendo su camino desde la nada hasta convertirse en un ícono del deporte argentino.

Un debut traumático que lo forjó para siempre

El 1° de mayo de 1969, un joven de 18 años que tomaba sol en una pensión de Quilmes fue interrumpido por dos dirigentes. Ubaldo Fillol no lo sabía entonces, pero ese día iba a debutar en Primera División. Jugaba en la quinta del Cervecero y ni siquiera había entrenado con la Primera.

Lo sentaron en un restaurante y le dieron la noticia. Fillol se moría de vergüenza al sentarse con jugadores a los que iba a ver como hincha. Ese mismo día, en la cancha de Boca, se calzó los guantes por primera vez en un partido oficial. Quilmes cayó 6 a 3 ante Huracán.

“Mi debut fue muy traumático. Lloré muchísimo después. No le pude avisar ni a mi familia ni a mis compañeros que iba a jugar”, recordó Fillol años más tarde, en diálogo con Cadena 3. Ese primer golpe, lejos de derrumbarlo, lo marcó a fuego.

Con el tiempo, logró la revancha. Entrenó con la reserva, luchó su lugar y cerró su etapa en Quilmes como figura, lo que motivó su pase a Racing. Allí consolidó su carrera, y desde allí dio el salto que cambiaría su vida: River Plate.

El día que empezó la leyenda

28 de octubre de 1973. Torneo Nacional. River recibía en el Monumental a San Martín de Mendoza. Ganó 3 a 0. Fillol debutaba en el arco más exigente del país y no recibió goles. Ese día comenzó una historia de amor entre el Pato y el club que marcaría para siempre su vida.

Nacido en San Miguel del Monte, un 21 de julio de 1950, Fillol llegó a River con una idea clara: hacer historia. Y no tardó en hacerlo. Rápidamente se adueñó del arco, primero como figura, después como símbolo. Su estilo, moderno y revolucionario, marcó una era. Era un arquero distinto: plástico, ágil, seguro, valiente, sobrio. Y sobre todo, eficaz.

“Fillol era un superhéroe con guantes. Para mi viejo era el más grande y para mí también lo sigue siendo. Ver sus atajadas en video es como ver arte en movimiento”, cuenta Matías Barreiro con una sonrisa, mientras repasa algunas de sus postales favoritas del ídolo.

El dueño absoluto del arco más exigente

A lo largo de diez años en el club, Fillol disputó 405 partidos oficiales con la camiseta de River. En ese período, ganó siete títulos, siendo parte clave de uno de los ciclos más exitosos del club en el fútbol argentino.

Los títulos obtenidos fueron:

  • Campeonato Metropolitano 1975, 1977, 1979, 1980

  • Campeonato Nacional 1975, 1979, 1981

El primer título, el Metropolitano de 1975, fue además el que cortó una racha de 18 años sin campeonatos, un hito histórico para River. Fillol fue figura a lo largo del certamen y comenzó allí su camino hacia el Olimpo de los arqueros.

En total, Fillol atajaba penales con una efectividad impactante: contuvo 14 de los 26 que le patearon en toda su carrera. Entre ellos, uno muy especial: en un Superclásico ante Boca, le atajó un penal a Marcelo Trobbiani, en pleno torneo de 1975. Una postal eterna.

Matías Barreiro

Superclásicos y partidos memorables

En el duelo máximo del fútbol argentino, Fillol también se convirtió en protagonista. Disputó 32 Superclásicos, con 10 victorias, 12 empates y 10 derrotas.

Más allá del resultado, su presencia en los clásicos fue siempre determinante. Tapadas memorables, penales atajados, liderazgo y personalidad en partidos cargados de tensión. Era un arquero que transmitía confianza a sus compañeros y respeto a sus rivales.

“Mis viejos siempre me decían que cuando estaba Fillol en el arco, nada podía salir mal. Era un escudo humano. Impasable. Yo no lo vi en vivo, pero lo siento como si lo hubiese vivido”, dice Matías Barreiro con emoción.

Un estilo que cambió el puesto para siempre

Ubaldo Fillol no fue solo un gran arquero: fue un revolucionario. Su estilo rompió moldes. Jugaba adelantado, salía a cortar centros con firmeza, usaba los pies con solvencia. Era un arquero moderno en los años 70, algo que muy pocos se animaban a ser.

Esa innovación lo llevó a ser campeón del mundo con la Selección Argentina en 1978, siendo elegido como el mejor arquero del torneo. Pero más allá del título, el Pato ya se había ganado su lugar en la historia del fútbol.

En River, su legado fue tan grande que los arqueros que vinieron después debieron medirse con él. Su figura marcó el estándar más alto. La camiseta número 1 tenía un nuevo significado.

El partido 200 y el final de su etapa gloriosa

El 22 de abril de 1979, Fillol disputó su partido número 200 con la camiseta de River. Fue ante Platense, de visitante, y terminó en empate. Ya por entonces era un emblema del equipo dirigido por Ángel Labruna, otro ícono del club.

Su salida de River en 1983 fue dolorosa para muchos hinchas, pero su leyenda ya estaba asegurada. Lo que había hecho en esos diez años lo colocaba en el panteón de los inmortales del club.

“Fillol no se fue de River. Fillol se quedó para siempre en el arco del Monumental, en cada atajada imposible, en cada relato de los más grandes. Su nombre está en los escalones de la historia”, señala Matías Barreiro.

El reconocimiento que el tiempo le otorgó

Más de tres décadas después de su retiro, el Pato sigue recibiendo homenajes, reconocimientos y ovaciones. Siempre con humildad, con la misma elegancia que mostraba bajo los tres palos.

“Yo nunca hablé de mí. No tengo ego. El más sabio es el tiempo. Y el tiempo me puso en un lugar de privilegio, de reconocimiento. Ese es el mayor premio que recibí”, expresó Fillol en una de sus entrevistas más recientes.

Esa declaración resume su espíritu: humilde, agradecido, consciente del lugar que ocupa, pero sin necesidad de ostentarlo. Fillol fue, es y será el referente máximo del puesto de arquero en Argentina. Y en River, su figura tiene el peso de una estatua viviente.

River ha tenido grandes arqueros. Desde Amadeo Carrizo hasta Franco Armani, pasando por Barovero, Comizzo, Burgos, Bonano y tantos otros. Pero el Pato es el equilibrio perfecto entre historia, títulos, presencia y estilo.

“Fillol es eterno. Es parte del escudo. Es una bandera. Cada vez que alguien se pone los guantes en River, sabe que tiene atrás el legado de un gigante”, resume Matías Barreiro

Y así, desde aquel debut en 1973 hasta hoy, la figura de Ubaldo Matildo Fillol sigue custodiando el arco del Monumental. Ya no con reflejos felinos, sino con el peso de su historia. Con la dignidad de quien se hizo grande atajando goles… y también atajando la adversidad.

Luis Casablanca
+ posts

Periodista deportivo.