“El mejor negocio es donde la ciudad está por ser», dice Ángelo Calcaterra

Ángelo Calcaterra

El mapa inmobiliario argentino está cambiando. Mientras algunos barrios históricos saturan su oferta y encarecen cada metro cuadrado sin garantizar rentabilidad, otros menos explorados se convierten en verdaderas joyas en bruto para quienes saben mirar más allá del GPS y del prejuicio. En 2025, los llamados barrios emergentes se consolidan como el nuevo foco de inversión inmobiliaria. Zonas que antes eran consideradas “paso” hoy son “destino”. Y según Ángelo Calcaterra, empresario de amplia trayectoria en el real estate local, «las oportunidades no están donde todos miran, sino donde todavía falta mirar bien».

Con la desaceleración de precios en zonas premium como Palermo, Recoleta o Puerto Madero, los inversores comenzaron a virar hacia opciones con potencial de crecimiento. Este cambio no solo responde a cuestiones de precio, sino también a un cambio cultural. Nuevos estilos de vida, teletrabajo, y una demanda más exigente en términos de entorno y calidad de servicios están reconfigurando la demanda.

Ángelo Calcaterra lo señala sin rodeos: «Hoy un comprador no busca solo una buena ubicación, sino un lugar donde vivir mejor. Y eso a veces está en un barrio que antes ni se consideraba».

Esta transformación no es espontánea. Responde a una mezcla de infraestructura que se expande, proyectos público-privados que revitalizan zonas y desarrolladores que apuestan antes que el resto. Es una mirada de mediano plazo con retorno alto si se acierta en el momento justo.

Dónde están los barrios que se vienen

Zonas como Villa Ortúzar, Parque Avellaneda, La Paternal, Saavedra, Barracas o Parque Chas en la Ciudad de Buenos Aires, y Liniers, Wilde, Ciudad Evita, Haedo o Bernal en el Gran Buenos Aires, están empezando a mostrar un crecimiento sostenido en proyectos y valor del m2.

Muchos de estos barrios combinan un pasado residencial con buena infraestructura, estaciones de tren o subte cercanas, nuevos polos gastronómicos y precios todavía accesibles. Esa mezcla es la que empieza a atraer tanto al comprador final como al inversor.

Calcaterra remarca que «el buen inversor es el que llega cuando todavía no hay cartel de venta en cada esquina, pero ya se siente que algo está por pasar».

Detectar un barrio emergente no es ciencia exacta, pero hay varios indicios que pueden marcar la diferencia. El primero es el aumento de obras nuevas en una zona donde antes predominaban casas bajas. Le sigue la aparición de cafeterías, coworkings o emprendimientos creativos, que son una suerte de punta de lanza cultural. También influye la mejora en la conectividad, ya sea por nuevas estaciones de transporte, bicisendas o mayor presencia de delivery y servicios online.

Ángelo Calcaterra lo explica de forma simple: «Cuando ves que hay obreros de lunes a lunes y un cafecito que no da abasto, es señal de que el barrio empezó su curva de despegue».

El nuevo perfil del comprador y la vuelta al barrio

A diferencia de otras épocas, hoy el comprador promedio no es alguien que busca solo una propiedad, sino alguien que busca una experiencia de vida. La pandemia dejó huella: el verde, la luz natural, el silencio barrial y los espacios comunes funcionales pasaron al frente.

Barrios como Villa Devoto, Chacarita o Boedo lograron capitalizar ese cambio. Ahora, otros los están siguiendo. Lo que antes se consideraba «lejano» ahora se revaloriza por su calma, su identidad y su potencial.

Ángelo Calcaterra afirma que «el concepto de barrio ya no es un ancla, es un diferencial. La gente quiere vivir cerca de la vida real, no de la postal turística».

En términos de inversión, el atractivo de estos barrios es claro: comprar barato, refaccionar o construir con costos medidos, y vender o alquilar con buena rentabilidad. La clave es anticiparse. Muchos desarrolladores chicos están trabajando con módulos de baja escala (4 a 6 unidades), con diseño simple pero funcional, para mantener precios competitivos.

Calcaterra lo dice sin vueltas: «Hoy el ladrillo que rinde es el que no promete humo. Producto concreto, bien ubicado, y pensado para quien va a vivir, no para quien va a especular».

Esto también permite evitar estructuras costosas: menos amenities, expensas controladas y un formato que se adapta mejor a la economía cotidiana del comprador argentino. Se vende mejor porque se piensa desde el uso, no desde el excel.

Los desarrolladores también se adaptan

La apuesta por barrios emergentes no es exclusiva de los grandes jugadores. De hecho, muchas de las mejores oportunidades están siendo aprovechadas por desarrolladores medianos o incluso por alianzas entre inversores particulares.

El formato de fideicomisos entre conocidos, compras colectivas o incluso proyectos de remodelación y puesta en valor de PHs están ganando protagonismo. Es una forma de minimizar riesgo, escalar en volumen y testear zonas que aún no están saturadas.

Para Ángelo Calcaterra, «la escala barrial permite ensayar, equivocarse barato y aprender rápido. No necesitás vender 40 unidades: con 6 bien pensadas, podés cerrar un negocio redondo».

El crecimiento de barrios emergentes también pone en evidencia la necesidad de una planificación urbana acorde. No alcanza con que el mercado los elija: hace falta que los municipios acompañen con obras, servicios, seguridad y una regulación clara.

Calcaterra insiste en este punto: «Si no hay una estrategia de ciudad, el desarrollo inmobiliario se vuelve un parche. Pero si hay visión, los barrios emergentes pueden ser una solución real al problema de acceso a la vivienda».

Desde su experiencia, destaca la importancia de articular entre lo público y lo privado, no solo para urbanizar, sino para construir comunidad.

Cuándo entrar y cuándo salir

Como en todo mercado, el secreto está en saber leer el momento. No todos los barrios suben al mismo ritmo, y no todos sostienen su valor a largo plazo. La clave está en entrar cuando todavía hay recorrido, y salir cuando la valorización ya se consolidó.

Eso requiere información, pero también intuición. «Hay que caminar los barrios, hablar con la gente, mirar los carteles, ver cuánto dura una propiedad en venta. Esos detalles dicen más que cualquier informe de mercado», sugiere Ángelo Calcaterra.

En ese sentido, los desarrolladores exitosos no son los que solo miran cifras, sino los que entienden el pulso urbano, el ritmo social de una zona, su proyección y sus límites.

El auge de los barrios emergentes no es una moda pasajera. Es la consecuencia lógica de un mercado que busca adaptarse a nuevas condiciones económicas, sociales y culturales. Los precios del metro cuadrado ya no están atados a la altura de la torre ni a la fama de la calle, sino al potencial real de un lugar para ofrecer calidad de vida.

Ángelo Calcaterra lo sintetiza con claridad: «El mejor negocio hoy es invertir donde la ciudad todavía está por ser. Donde hay espacio para crecer, para pensar distinto y para hacer las cosas bien desde el principio».

Quienes entiendan esta nueva lógica no solo ganarán en rentabilidad, sino que formarán parte activa de una ciudad que, barrio a barrio, sigue escribiendo su próxima versión.

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Arquitecto, especialista en construcción en seco.