Donald Trump aterrizó este miércoles en el Aeropuerto Internacional Capital de Pekín para una visita de Estado de dos días que lo reunirá con Xi Jinping el jueves y el viernes en lo que representa el primer viaje de un presidente estadounidense a China desde la propia visita de Trump en noviembre de 2017. La delegación que lo acompañó desde Washington convirtió el viaje en una señal elocuente sobre las prioridades del mandatario: junto al secretario de Estado Marco Rubio, el secretario de Defensa Pete Hegseth y los hijos Eric y Lara Trump, subieron al Air Force One el CEO de Tesla y SpaceX Elon Musk, el CEO de Apple Tim Cook y —incorporado en una escala en Alaska tras confirmarse su agenda— el CEO de Nvidia Jensen Huang. Melania Trump no realizó el viaje. El documentalista Brett Ratner sí.
«Mi primer pedido al presidente Xi Jinping será que ‘abra China’ para que estas personas brillantes puedan hacer su magia y ayudar a llevar a la República Popular a un nivel aún más alto», escribió Trump en Truth Social antes de aterrizar. La frase delimitó el tono de una visita en la que el eje del comercio bilateral y el acceso de las empresas tecnológicas estadounidenses al mercado chino comparten agenda con dos temas que ningún comunicado puede suavizar: Irán y Taiwán.
El embajador chino marca el tono desde Washington
Horas antes de que Trump aterrizara en Pekín, el embajador chino en Estados Unidos, Xie Feng, publicó en Newsweek una entrevista exclusiva en la que trazó el encuadre oficial de Beijing para la cumbre. «Es nuestra esperanza que con los esfuerzos conjuntos de ambas partes, la próxima cumbre en Beijing sea un éxito que trace el rumbo correcto para el futuro desarrollo de las relaciones China-Estados Unidos», dijo Xie. El diplomático subrayó que desde el año pasado los dos líderes hablaron por teléfono cinco veces, intercambiaron múltiples cartas y celebraron la cumbre de Busan en octubre, lo que «recalibró el curso de la relación y la orientó hacia una estabilidad general».
Sobre el comercio, Xie fue explícito: pidió que Estados Unidos elimine «completamente» los aranceles unilaterales y otras medidas restrictivas contra China, rechazó las acusaciones de «sobrecapacidad industrial china» como «insostenibles» y defendió los vehículos eléctricos, las baterías de litio y los paneles solares chinos como «bienes industriales de alta calidad muy necesarios» para la transición energética global.
La delegación empresarial que viajó con Trump
La presencia de Musk, Cook y Huang en el Air Force One tiene una lectura directa: para las tres empresas que lideran, China es simultáneamente un mercado estratégico y un campo de tensión creciente. Tesla fabrica en su Gigafactory de Shanghái una porción significativa de su producción global y exportó desde allí 50.644 vehículos solo en enero de 2026. Apple depende de China tanto por su manufactura como por ser uno de sus mayores mercados de consumo. Nvidia, en tanto, enfrenta las restricciones de exportación impuestas por Washington que le impiden vender sus chips más avanzados al mercado chino —la versión H20, diseñada específicamente para ese mercado, fue suspendida sin previo aviso en el otoño pasado— y el CEO Jensen Huang viajó «a la invitación del presidente Trump para apoyar a Estados Unidos y los objetivos de la administración», según un vocero de la compañía.
Para los tres CEOs, la cumbre es una oportunidad de influir directamente en las decisiones que afectan sus negocios. Para Trump, su presencia es una demostración de que el sector privado está alineado con su agenda y una señal a Xi de que Washington va a Pekín con poder económico tangible, no solo con demandas diplomáticas.
El comercio, primero
Antes incluso de que Trump pisara suelo chino, las delegaciones comerciales de ambos países ya estaban trabajando. El secretario del Tesoro Scott Bessent y el viceprimer ministro chino He Lifeng se reunieron en Corea del Sur en las horas previas a la llegada de Trump a Beijing, en conversaciones que la televisión estatal china CCTV describió como «sinceras, profundas y constructivas» sobre la resolución de los problemas comerciales de mutuo interés. La agenda central de esas conversaciones es la extensión del armisticio arancelario de un año acordado en la cumbre de Busan en octubre de 2025, en la que Trump redujo los aranceles sobre productos chinos del 57% al 47% y China acordó reanudar las compras de soja estadounidense y pausar sus restricciones a la exportación de tierras raras.
El CFR —Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos— publicó días antes de la cumbre un análisis que identificó un cambio relevante en el equilibrio de poder entre las dos partes desde su último encuentro. La palanca que China usó con mayor efectividad en 2025 no fueron los aranceles sino las tierras raras: cuando Xi amenazó con restringir esos flujos en abril y octubre del año pasado, Trump cedió en lugar de escalar. Esa experiencia, según el CFR, llegó a Pekín con Xi convencido de que «el tiempo y el momentum están de su lado».
Irán, el pedido urgente que China no quiere hacer propio
Trump fue directo antes de partir: «Voy a tener una larga conversación sobre Irán» con Xi. El presidente señaló que China importa alrededor del 60% de su petróleo a través del Estrecho de Ormuz y que Xi «ha sido bastante respetuoso» con el tema, aunque también dijo que «no creo que necesitemos ayuda de China con Irán». La formulación doble —quiero que China presione a Irán pero también puedo manejarlo solo— refleja la tensión interna de una posición negociadora que necesita a Beijing sin querer admitirlo públicamente.
El embajador Xie respondió con el lenguaje que Beijing viene utilizando desde el inicio del conflicto: China «ha estado firmemente del lado de la paz desde el primer día» y rechazó categóricamente los rumores de que «China se beneficia del conflicto» o que «está apoyando militarmente a Irán». «Todo esto son noticias falsas impulsadas por motivos ulteriores», dijo.
El 16 de abril, el secretario de Defensa Hegseth ya había anunciado que Beijing proporcionó «garantías de alto nivel» a la Casa Blanca de que no enviaría armas a Irán, descartando explícitamente la transferencia de misiles superficie-aire. Esa garantía, que Hegseth atribuyó a «la relación sólida y directa» entre Trump y Xi, fue el primer resultado concreto de la diplomacia previa a la cumbre.
La dificultad es que China quiere que el Estrecho de Ormuz se reabra —un tercio de su petróleo importado pasa por allí— pero no quiere quedar posicionada como el actor que presionó a Irán en nombre de Washington. Esa tensión entre interés y imagen es el nudo que ningún comunicado de la cumbre podrá desatar del todo.
Taiwán: Trump rompió con seis décadas de política declaratoria
Uno de los movimientos más inesperados de la semana previa a la cumbre fue el anuncio de Trump de que hablaría con Xi sobre las ventas de armas de Estados Unidos a Taiwán. La declaración, hecha el 11 de mayo en Truth Social, rompe con las Seis Garantías que Washington ha mantenido desde 1982 —entre ellas, no consultar con China sobre las ventas de armas a Taiwán. La señal generó alarma en Taipei y expectativa en Beijing, aunque analistas de la región advirtieron que una cosa es mencionar el tema y otra muy distinta es ofrecer concesiones concretas sobre una política que tiene décadas de consolidación bipartidaria en el Congreso estadounidense.
Las calles de Pekín y el mensaje del embajador
En las calles de Beijing, la tensión de la visita es visible: controles de policía en intersecciones principales, verificación de documentos de identidad en el metro, una presencia de seguridad que los periodistas presentes describieron como inusualmente intensa. Los residentes que CNN consultó expresaron una mezcla de cautela y escepticismo. «China siempre se ha mantenido neutral. Si ellos quieren pelear, ese es su asunto, no tiene nada que ver con nosotros», dijo Liu, empleado del sector industrial de Beijing.
Esa actitud de la calle refleja la posición oficial con mayor fidelidad de lo que parece: Beijing llega a la cumbre con la convicción de que el tiempo juega a su favor, con una economía que creció un 5% en 2025 pese a los aranceles, con exportaciones que pivotaron exitosamente hacia mercados fuera de Estados Unidos y con una cadena de semiconductores que —como demostró el lanzamiento de DeepSeek V4 sobre chips Huawei— avanza hacia la autonomía tecnológica más rápido de lo que Washington anticipaba.
La cumbre del 14 y 15 de mayo no resolverá ninguno de los conflictos estructurales entre las dos potencias. Pero ocurre en un momento en que ambas partes tienen razones concretas para evitar que esos conflictos escalen: Estados Unidos con el Estrecho de Ormuz bloqueado y la economía global bajo presión, China con sus propias vulnerabilidades energéticas y comerciales. En ese espacio de interés compartido, limitado pero real, es donde Trump y Xi construirán lo que el embajador Xie llamó «el rumbo correcto para el futuro».
Colaborador en ReporteAsia














