Sustancias químicas no reguladas en aguas embotelladas fueron detectadas por investigadores estadounidenses en un estudio publicado en 2026. El hallazgo plantea interrogantes sobre la pureza y el control sanitario de una de las industrias de consumo más extendidas en el mundo, justo cuando el mercado del agua embotellada supera los 300.000 millones de dólares anuales.
El estudio que encendió las alertas
El informe, programado para publicarse en la revista Water Research en marzo de 2026, analizó diez marcas populares de agua embotellada en busca de 64 compuestos químicos conocidos como subproductos de desinfección (DBPs, por sus siglas en inglés). Estas sustancias se forman cuando el agua se trata con desinfectantes para eliminar microorganismos, un proceso vital para la prevención de enfermedades como el cólera o la fiebre tifoidea.
El resultado fue inequívoco: todas las muestras contenían algún nivel de DBPs, aunque en concentraciones inferiores a las presentes en el agua del grifo. Sin embargo, el hallazgo de sustancias químicas no reguladas en aguas embotelladas sugiere que la pureza percibida de estos productos podría necesitar una revisión más crítica. Entre los compuestos detectados se encontraba el dibromoacetonitrilo, un posible agente cancerígeno que no está contemplado en las normas federales actuales de Estados Unidos.
La palabra de los expertos
Susan Richardson, profesora de química en la Universidad de Carolina del Sur y coautora del estudio, explicó que hasta ahora la mayoría de los DBPs identificados no contaban con estudios toxicológicos suficientes. “Estos datos llenan un vacío importante en el conocimiento sobre contaminantes que la mayoría del público desconoce”, señaló en una entrevista. Su equipo descubrió que las aguas embotelladas etiquetadas como “de manantial” tendían a presentar valores más bajos, mientras que aquellas producidas a partir de agua purificada del grifo reportaron concentraciones más elevadas de contaminantes.
Dos marcas de supermercados resultaron especialmente preocupantes, con niveles de toxicidad entre 43 y 83 veces superiores al resto. Aunque los valores se mantienen por debajo de los límites regulatorios vigentes, la diferencia plantea preguntas sobre consistencia y controles de calidad en las plantas de embotellado.
¿Qué son exactamente los subproductos de desinfección (DBPs)?
Los DBPs son compuestos químicos generados cuando los desinfectantes —como el cloro, el bromo o el ozono— reaccionan con materia orgánica natural presente en el agua. Su existencia es, en cierta medida, el costo de asegurar que el líquido sea microbiológicamente seguro. Sin embargo, diversos estudios epidemiológicos han relacionado la exposición prolongada a algunos de estos compuestos con un mayor riesgo de cáncer de vejiga y de colon, así como con posibles efectos reproductivos adversos.
La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) regula ciertos DBPs como los trihalometanos o los ácidos haloacéticos, pero deja fuera decenas de otros químicos emergentes cuya toxicidad aún se investiga. El problema, sostiene Natalie Exum, especialista en salud ambiental de la Universidad Johns Hopkins, es que el marco regulatorio no evoluciona al mismo ritmo que la ciencia. “Podemos estar ingiriendo sustancias de las que no entendemos completamente sus efectos biológicos”, afirmó en su revisión del estudio.
¿Por qué el agua embotellada puede contener químicos no regulados?
La cadena de producción del agua embotellada atraviesa múltiples etapas, desde la captación hasta el embotellamiento y distribución. Aunque algunas empresas utilizan fuentes subterráneas o naturales, otras se abastecen del mismo sistema de agua potable municipal, sometido luego a filtrado y reembotellado. En este segundo grupo, los procesos de purificación pueden reintroducir DBPs si implican tratamientos con ozono o cloración final.
Además, los envases plásticos representan otro punto de exposición química. Investigaciones paralelas del Proyecto NEPTWNE de la Universidad Gannon han identificado trazas de microplásticos y compuestos orgánicos volátiles, como el benceno, en botellas de polietileno tereftalato (PET), especialmente cuando se almacenan bajo altas temperaturas. La combinación de ambos factores —tratamiento químico y empaque plástico— podría explicar la presencia de sustancias no reguladas en aguas embotelladas.
La regulación: entre la FDA y la EPA
En Estados Unidos, la responsabilidad sobre la calidad del agua potable se divide. La EPA controla los estándares del agua del grifo, mientras que la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) supervisa el agua embotellada. En teoría, ambas agencias mantienen marcos comparables; en la práctica, la supervisión difiere en frecuencia e intensidad. El agua del grifo se analiza varias veces al día en plantas municipales, mientras que el agua embotellada solo debe cumplir controles periódicos definidos por el fabricante.
Esta diferencia ha llevado a algunos expertos a considerar que el agua del grifo, a pesar de su reputación, podría ser más segura. “La percepción pública asocia el agua embotellada con una mayor pureza, pero esa noción no siempre se sustenta en los datos”, afirmó Sherri Mason, directora del Proyecto NEPTWNE. Los hallazgos de 2026 parecen reforzar esta observación: aunque los niveles de DBPs fueron menores que en el agua del grifo, la falta de regulación para muchos compuestos detectados abre un vacío normativo.
¿Qué impacto tiene esto en la salud pública?
La exposición a DBPs suele medirse en microgramos por litro, y la mayoría de los estudios indican que los niveles hallados en el agua embotellada no representan un riesgo inmediato. Sin embargo, la evidencia acumulada sobre efectos a largo plazo es limitada. El propio estudio de Water Research advierte que los riesgos podrían ser significativos si el consumo prolongado incluye distintas fuentes de exposición, como alimentos y bebidas procesadas.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud, cerca del 25 % de los cánceres de vejiga en regiones con altos niveles de cloración del agua podrían estar asociados a DBPs. Aunque estos porcentajes no son extrapolables directamente a los consumidores de agua embotellada, indican un posible vínculo que merece atención.
De acuerdo con la investigadora Richardson, el mensaje no es de alarma, sino de transparencia: “El objetivo no es desalentar el consumo de agua embotellada, sino comprender mejor qué sustancias contiene y exigir regulaciones basadas en evidencia”. Por su parte, Exum considera que la industria necesita protocolos armonizados que integren los aprendizajes recientes sobre DBPs emergentes, microplásticos y tóxicos relacionados con el envase.
Un mercado en expansión pese a las dudas
El mercado global del agua embotellada ha crecido a tasas superiores al 6 % anual desde 2018, impulsado por la percepción de pureza y conveniencia. América Latina es una de las regiones con mayor crecimiento, con un consumo promedio estimado en 80 litros por persona al año, según datos de la consultora Zenith Global.
Este crecimiento, sin embargo, contrasta con la crisis ambiental derivada del plástico de un solo uso. La ONU estima que cada minuto se compran un millón de botellas de plástico y que menos del 30 % se recicla efectivamente. Ante esta presión, las empresas comienzan a publicitar formatos reutilizables o envases de vidrio retornable, aunque la adopción es todavía marginal.
Desde el punto de vista sanitario, el aumento del consumo también amplifica la exposición potencial a sustancias no reguladas. Una revisión publicada en Environmental Science: Water Research & Technology en 2024 ya anticipaba que la expansión del mercado podría superar la capacidad de vigilancia de calidad en numerosos países.
¿Qué pueden hacer los consumidores?
Los expertos consultados coinciden en que la información es clave. Revisar los informes de calidad del agua locales permite conocer el origen y tratamiento del suministro público, lo que facilita decisiones más informadas. En zonas donde el agua del grifo es segura, optar por filtros domésticos y reducir el consumo de agua embotellada puede ser una alternativa más sostenible y económica.
Las autoridades sanitarias, por su parte, insisten en que los consumidores deben distinguir entre riesgos microbiológicos y químicos. Los primeros se controlan con desinfección —sin la cual el agua sería peligrosa—, pero los segundos requieren monitoreo constante para minimizar efectos acumulativos. La aparición de compuestos no regulados en aguas embotelladas no implica necesariamente un riesgo inmediato, pero sí sugiere que el control actual podría ser insuficiente frente a la complejidad química emergente.
Hacia una nueva generación de estándares de calidad
A corto plazo, los especialistas proponen actualizar los marcos regulatorios de la FDA y la EPA para incluir los DBPs identificados recientemente. Esto implicaría ampliar los análisis obligatorios y exigir reportes públicos estandarizados similares a los que se aplican al agua municipal. De esa forma, los consumidores podrían comparar datos de manera transparente.
La OCDE y la Unión Europea ya trabajan en directrices que aborden contaminantes emergentes, incluyendo DBPs no regulados y microplásticos. La actualización de 2020 de la Directiva Europea de Agua Potable amplió la lista de monitoreo, incorporando más de 20 sustancias adicionales, un precedente que podría replicarse en América.
Finalmente, los científicos señalan la necesidad de equilibrar desinfección y sostenibilidad: desinfectar es necesario, pero debe hacerse reduciendo los residuos químicos secundarios. Nuevas tecnologías, como la filtración mediante carbón activado y la luz ultravioleta, se perfilan como alternativas que podrían minimizar la formación de DBPs sin comprometer la seguridad microbiológica.
Reflexiones finales sobre el agua embotellada y la confianza pública
El hallazgo de sustancias químicas no reguladas en aguas embotelladas no invalida su función como fuente segura en contextos donde el agua del grifo no es confiable. Sin embargo, expone una paradoja: el producto percibido como más puro podría estar sujeto a controles menos estrictos. A medida que la evidencia científica avanza, la transparencia y la actualización de normas serán esenciales para mantener la confianza en una industria que mueve millones de litros diarios y donde, más que marketing, lo que está en juego es la salud pública y la integridad ambiental.
Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.
