Nacido en 1963 en una aldea montañosa de Andong, en el seno de una familia humilde y numerosa, Lee Jae-myung vivió desde niño las privaciones extremas de la Corea del Sur de posguerra. Fue obrero infantil desde los 13 años en fábricas de guantes y herramientas, donde sufrió accidentes laborales que le dejaron secuelas físicas permanentes, incluyendo una lesión en su brazo izquierdo. Esta etapa de su vida marcaría profundamente su visión política: “Pobreza no es pecado, pero la injusticia que trae sí lo es”, declaró años más tarde.
A pesar de abandonar la escuela, estudió por su cuenta y logró ingresar a la prestigiosa Universidad Chung-Ang, donde se licenció en Derecho. En 1986, aprobó el examen de abogacía y se convirtió en un defensor incansable de trabajadores accidentados y vecinos desplazados por proyectos de urbanización. Así comenzó su recorrido en la vida pública, impulsado por un fuerte compromiso con los sectores más vulnerables.
La carrera política de Lee despegó formalmente en 2010, cuando fue elegido alcalde de Seongnam, ciudad satélite de Seúl. Su estilo directo y sin concesiones, su voluntad de implementar políticas de bienestar —como uniformes escolares gratuitos, subsidios para jóvenes y atención posnatal universal— lo posicionaron como un político populista y, al mismo tiempo, transformador.
En 2018 asumió como gobernador de la provincia de Gyeonggi, la más poblada del país. Durante la pandemia de COVID-19, su respuesta fue contundente: aplicó ayudas universales sin esperar la aprobación del gobierno central, desafiando la lógica de austeridad imperante y ganándose una reputación nacional.
Pero Lee no tardó en convertirse en una figura divisiva. Su tono combativo y su historial de escándalos —desde acusaciones de abuso de poder hasta un juicio por declaraciones falsas en campaña— lo mantuvieron en el ojo del huracán. En 2022, perdió por apenas 0,73% la presidencia frente al conservador Yoon Suk Yeol.
Todo cambió el 3 de diciembre de 2024, cuando el entonces presidente Yoon intentó declarar la ley marcial alegando una supuesta amenaza interna. En un acto que rememoró los oscuros años de dictaduras militares, las tropas irrumpieron en la Asamblea Nacional. Lee, líder del Partido Democrático (DP), reaccionó de inmediato: transmitió en vivo su ingreso al edificio legislativo, trepando una verja junto a otros legisladores, y lideró la sesión extraordinaria que anuló el decreto.
El acto fue un punto de inflexión. La sociedad reaccionó con indignación y movilizaciones masivas. El Congreso aprobó la destitución de Yoon y el Tribunal Constitucional ratificó el juicio político. Se convocaron elecciones anticipadas, y Lee, que renunció a la jefatura del partido para presentarse como candidato, se impuso con un amplio margen frente a Kim Moon-soo, del Partido del Poder Popular.
El 4 de junio de 2025, sin período de transición, Lee asumió formalmente como presidente. Lo hizo en una ceremonia sobria, en la que llamó a «reemplazar el odio y la confrontación por reconciliación y solidaridad». También prometió reconstruir la economía y restablecer la confianza en las instituciones democráticas.
Desde el primer día, conformó un gabinete con aliados cercanos: su mano derecha Kim Min-seok fue nominado como primer ministro; Lee Jong-seok, exministro de Unificación, quedó al frente del Servicio Nacional de Inteligencia; y figuras clave como Wi Sung-lac y Kang Hoon-sik asumieron en seguridad nacional y jefatura de gabinete, respectivamente.
Si bien sus orígenes están ligados a un discurso progresista radical, en esta campaña Lee adoptó un tono más moderado. Prometió políticas orientadas al mercado, inversiones en inteligencia artificial, una jornada laboral reducida a cuatro días y medio, y deducciones fiscales progresivas para familias con hijos. Su intención, dijo, es convertir la crisis actual en una oportunidad de crecimiento con justicia social.
En política exterior, busca mantener el eje estratégico con Estados Unidos, reforzar la cooperación con Japón y no romper vínculos con China, el principal socio comercial del país. Además, abrió la posibilidad de reanudar el diálogo con Corea del Norte, con una postura de firmeza frente a su programa nuclear pero sin cerrar la puerta a la diplomacia.
Pese a su victoria, Lee no ha logrado dejar atrás del todo su pasado judicial. Aún enfrenta procesos por presunta corrupción y violaciones a la ley electoral. En noviembre de 2024, fue condenado en primera instancia por declaraciones falsas, aunque el caso fue apelado y sigue sin resolución definitiva. Según la constitución surcoreana, el presidente goza de inmunidad salvo por delitos de traición, aunque no está claro si eso incluye causas iniciadas previamente.
Para evitar ambigüedades, el Parlamento aprobó una enmienda que suspende automáticamente los procesos contra presidentes electos hasta el fin de su mandato. Aun así, la posibilidad de que Lee enfrente juicio durante su presidencia no está completamente descartada.
El ascenso de Lee ha sido recibido con entusiasmo entre sectores jóvenes y clases trabajadoras, que ven en él un símbolo de resiliencia y representación. Pero también genera desconfianza en las élites políticas y empresariales, que lo consideran impredecible o manipulador. Su estilo directo, aunque efectivo en la calle, podría dificultar los consensos necesarios para gobernar una sociedad dividida.
Según Lee Myung-hee, politóloga de la Universidad Estatal de Michigan, “es un político astuto para leer las tendencias sociales, pero su franqueza puede enemistarlo con aliados necesarios”.
Con el control del Parlamento y el respaldo ciudadano, Lee tiene una oportunidad histórica para aplicar cambios estructurales. Sin embargo, la polarización social, los desafíos judiciales y el complejo entorno internacional le exigen una gestión equilibrada.
Tendrá que enfrentar el legado de una economía afectada por las tarifas impuestas por la administración Trump, la tensión con Pyongyang, y la necesidad de posicionar a Corea del Sur entre Estados Unidos y China sin sacrificar su soberanía ni sus intereses comerciales.
Lee Jae-myung representa una anomalía dentro del sistema político surcoreano: un outsider que llegó al poder con el voto popular, tras haber escalado desde los márgenes más duros de la sociedad. Su historia personal lo conecta con los olvidados, pero su presente exige liderar con madurez, cautela y visión de Estado.
Su mandato recién comienza, pero su figura ya está inscrita en la historia política moderna de Corea del Sur. Lo que resta por ver es si podrá cumplir su promesa de reconciliación nacional, modernización económica y justicia social, sin repetir los errores de sus predecesores ni ser arrastrado por los fantasmas de su pasado.
Colaboradora en ReporteAsia.














