Un estudio publicado en junio de 2026 por la Universidad Simon Fraser revela que el enmascaramiento del TDAH puede facilitar la integración social de los adultos con el trastorno, pero también genera consecuencias graves para su salud mental y emocional.
Cuando la adaptación social se convierte en una carga invisible
El enmascaramiento del TDAH —la práctica de ocultar o disimular los síntomas del trastorno— se ha vuelto un fenómeno ampliamente documentado en la literatura científica reciente. Este comportamiento, que puede incluir fingir atención, inhibir movimientos impulsivos o preparar conversaciones en exceso, permite a las personas con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad integrarse temporalmente en contextos laborales o sociales. Sin embargo, nuevas evidencias sugieren que este intento de adaptación conlleva un costo alto y sostenido sobre el bienestar psicológico.
En junio de 2026, un equipo de investigadores de la Universidad Simon Fraser, en Canadá, publicó en la revista Research in Neurodiversity los resultados de un estudio realizado con 202 adultos diagnosticados con TDAH. Más del 91% de los participantes reportó haber recurrido al enmascaramiento con frecuencia para evitar el estigma o parecer más competentes ante otras personas. Los datos revelan un patrón preocupante: a corto plazo, estas estrategias pueden mejorar la aceptación social, pero a largo plazo, se asocian a agotamiento emocional, ansiedad, depresión e incluso un deterioro de la autopercepción.
¿Por qué las personas con TDAH recurren al enmascaramiento?
Las razones detrás del enmascaramiento del TDAH son múltiples y están profundamente arraigadas en las dinámicas de exclusión social. A lo largo de la vida, quienes presentan este trastorno experimentan críticas, correcciones constantes o sanciones ante comportamientos percibidos como “fuera de norma”: interrumpir conversaciones, olvidar tareas o mostrar inquietud motora. Como explica Marisa Mylett, investigadora principal del estudio, las personas terminan sintiéndose obligadas a compensar estos comportamientos para alcanzar la “normalidad” esperada por su entorno.
La teoría del “camuflaje”, aplicable también a otros trastornos del espectro neurodiverso, describe una respuesta adaptativa al estigma. El enmascaramiento no es tanto un intento consciente de engañar, sino una estrategia de supervivencia frente a la discriminación o la incomprensión de las diferencias cognitivas. Históricamente, la educación formal y los lugares de trabajo han reforzado modelos de atención y productividad basados en la homogeneidad, lo que impulsa a quienes viven con TDAH a ocultar sus rasgos para evitar sanciones o rechazos.
Efectos del enmascaramiento sobre la salud mental y la identidad
Los resultados del estudio canadiense detallan una paradoja: quienes más se esfuerzan por enmascarar el TDAH son también quienes manifiestan mayor desgaste cognitivo y emocional. Según los investigadores, las personas que sostienen estos mecanismos describen una “fatiga social” que se acumula tras eventos o jornadas laborales extensas. Algunos reportan necesitar días completos de recuperación para reponerse del esfuerzo que implica aparentar concentración constante o serenidad.
Entre los síntomas asociados se encuentran la pérdida de autenticidad, la baja autoestima y el síndrome del impostor, fenómenos que pueden amplificar los cuadros de ansiedad o depresión existentes. Los datos confirman que el proceso de ocultar rasgos cognitivos implica utilizar recursos mentales ya comprometidos por el propio TDAH: atención, memoria de trabajo y regulación emocional. La consecuencia es un ciclo de sobrecarga que agrava los mismos déficits que el individuo intenta ocultar.
Grace Iarocci, profesora de psicología y coautora del estudio, enfatiza que el enmascaramiento debe entenderse como una respuesta adaptativa y no como una “distorsión” del pensamiento. “Las personas con TDAH están respondiendo a expectativas sociales reales”, explicó en el comunicado de prensa de la Universidad Simon Fraser. “Para ofrecerles apoyo efectivo, debemos reconocer la cantidad de energía cognitiva que invierten diariamente en intentar encajar”.
¿Qué papel juega el estigma en las conductas de camuflaje?
El estigma social hacia las condiciones neurodiversas continúa siendo un factor determinante en la adopción del enmascaramiento del TDAH. Investigaciones previas muestran que la percepción pública del trastorno suele asociarlo con falta de disciplina o carencia de esfuerzo, lo que genera prejuicios tanto en entornos educativos como laborales. En una encuesta realizada en 2024 por la organización ADD International, el 68% de los adultos diagnosticados reportó haber experimentado discriminación o incomprensión directa en su lugar de trabajo.
Estos datos coinciden con el aumento de publicaciones científicas orientadas a entender las estrategias de camuflaje no solo en el TDAH, sino también en el espectro autista y en otros perfiles neurodiversos. El uso del enmascaramiento se interpreta como una estrategia temporal para reducir la exposición a la crítica. Sin embargo, al reforzar la idea de que los comportamientos típicos del TDAH deben ocultarse, perpetúa indirectamente el estigma que intenta evitar.
El contexto histórico del diagnóstico y la integración social
El reconocimiento del TDAH como una condición neurobiológica ha evolucionado significativamente desde su inclusión formal en los manuales diagnósticos en la década de 1980. A mediados de los 2000, los estudios comenzaron a ampliar el enfoque más allá de la infancia, revelando que cerca del 60% de los niños con diagnóstico mantenían síntomas en la adultez. Este descubrimiento reconfiguró la manera en que se entendían las trayectorias personales y profesionales de los adultos con TDAH.
La incorporación del concepto “neurodiversidad”, a partir de los años 2010, introdujo una perspectiva más inclusiva que reconoce las variaciones en el funcionamiento cognitivo como parte natural de la diversidad humana. Sin embargo, la aplicación práctica de este principio sigue siendo parcial. En la mayoría de los contextos laborales todavía rigen estándares que privilegian modelos de comportamiento neurotípicos. En respuesta, muchos adultos con TDAH recurren al enmascaramiento para cumplir con expectativas institucionales, incluso a costa de su salud.
¿Cómo puede abordarse el problema desde la salud pública?
Los especialistas coinciden en que la solución no pasa únicamente por reducir el enmascaramiento del TDAH, sino por transformar las condiciones que lo hacen necesario. El acceso a tratamientos adecuados, políticas de inclusión y educación sobre neurodiversidad son componentes esenciales. Programas de sensibilización en espacios laborales y académicos pueden contribuir a que las personas se sientan seguras mostrando su forma natural de procesar información o trabajar.
El estudio de la Universidad Simon Fraser sugiere que las intervenciones deben enfocarse en el fortalecimiento de la autenticidad y la autocompasión. En lugar de promover la “adaptación” total al entorno, los programas de apoyo podrían enseñar estrategias para equilibrar la expresión personal con las exigencias externas. Esto incluye el uso de técnicas de regulación emocional, organización y comunicación asertiva, junto con un acompañamiento terapéutico orientado a reducir el miedo al juicio social.
A nivel estructural, los expertos en salud mental señalan la necesidad de incorporar políticas de diversidad cognitiva que complementen las normativas sobre discapacidad. La creación de entornos laborales flexibles, ajustes en la carga de trabajo o tiempos de descanso adaptativos pueden tener un impacto positivo en la disminución del enmascaramiento.
El rol de la investigación en la visibilización
El estudio de 2026 continúa una línea de investigación que comenzó a consolidarse en la década anterior. Entre 2015 y 2022, la producción científica sobre TDAH adulto creció más del 70% a nivel mundial, con un interés especial en aspectos psicosociales. Sin embargo, hasta hace poco el concepto de enmascaramiento había sido explorado principalmente en relación con el espectro autista. La reciente integración del TDAH en esta discusión expande el alcance del análisis sobre cómo las normas sociales afectan el bienestar de las personas neurodiversas.
Además, el avance de comunidades digitales —foros, podcasts y espacios de divulgación científica— ha permitido que experiencias individuales de adultos con TDAH lleguen al público general. Testimonios publicados en 2025 por asociaciones de neurodiversidad muestran que cada vez más personas reconocen su propio “camuflaje involuntario” como una fuente de estrés acumulado. Este tipo de visibilidad está incentivando el desarrollo de guías profesionales y políticas de salud mental más inclusivas.
Perspectivas hacia un cambio cultural
Reducir el impacto del enmascaramiento del TDAH requiere no solo un esfuerzo institucional, sino una transformación cultural más amplia. La aceptación de la neurodiversidad implica reconocer que la productividad, la concentración o la estabilidad emocional no son rasgos homogéneos. Las empresas, los sistemas educativos y las comunidades deben avanzar hacia modelos que valoren las distintas formas de atención y creatividad.
Los investigadores advierten que este cambio será gradual. Desenmascararse no es simplemente “dejar de disimular”, sino un proceso de reeducación emocional que demanda tiempo, acompañamiento terapéutico y entornos de confianza. Comprender esta dinámica puede ser clave para mitigar el agotamiento psicológico de millones de adultos que, todos los días, invierten parte de su energía en parecer distintos de lo que realmente son.
La evidencia científica muestra que el camino hacia la autenticidad no puede ser recorrido sólo por quienes viven con TDAH. Requiere una sociedad más consciente de la diversidad mental, capaz de ofrecer espacios donde no sea necesario ocultar la diferencia para pertenecer. La creciente atención sobre el enmascaramiento abre una oportunidad para revisar las normas que definen lo “aceptable” y para construir comunidades que prioricen el bienestar psicosocial por encima de la apariencia de normalidad.
Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.
