¿Es seguro el cannabis después de los 65 años? Lo que dicen los expertos

El consumo de cannabis entre adultos mayores de 65 años aumenta en Estados Unidos y América Latina. Expertos de Stanford Medicine advierten que los productos actuales son mucho más potentes y pueden representar riesgos para la salud cardiovascular, cognitiva y farmacológica de este segmento poblacional.

Un fenómeno en crecimiento que plantea nuevas preguntas

El aumento del uso de cannabis entre las personas mayores de 65 años está transformando el panorama de la salud pública. Según datos de la National Survey on Drug Use and Health de Estados Unidos, en 2023 el 7% de los adultos mayores declaró haber usado cannabis en el último año, frente a menos del 5% en 2021. Este crecimiento ha sido impulsado por la legalización progresiva en varios estados y por la percepción de que el cannabis podría ofrecer alivio para el dolor crónico, el insomnio o la ansiedad.

Sin embargo, médicos y científicos de instituciones como Stanford Medicine advierten que los productos actuales son mucho más potentes que los consumidos décadas atrás, y que los efectos sobre un organismo envejecido pueden ser significativamente distintos. Eloise Theisen, enfermera especializada en geriatría y terapias con cannabis en Stanford Medicine, observó que muchos pacientes oncológicos y geriátricos recurren a esta sustancia sin orientación profesional: “Nuestros pacientes iban a consumirlo de cualquier manera, lo aprobaran sus médicos o no. Pero existen riesgos específicos en la edad avanzada que deben ser evaluados”.

¿Por qué el cannabis actual plantea mayores riesgos que hace 50 años?

El cannabis de la década de 1970 contenía concentraciones de tetrahidrocannabinol (THC) que rondaban entre el 1% y el 4%. Hoy, las variedades cultivadas legalmente presentan niveles promedio del 20%, y algunas cepas llegan al 35%. Los extractos, aceites y productos en cartucho pueden alcanzar concentraciones de hasta el 90%. Esta diferencia cuantitativa implica un salto cualitativo en la respuesta biológica del consumidor.

Claudia Padula, profesora asistente de psiquiatría en Stanford, explica que el aumento de potencia ha desbordado la capacidad de la investigación científica para evaluar los efectos a largo plazo. “Todavía estamos intentando medir cómo esos niveles tan altos de THC impactan la función neuronal y cardiovascular en adultos mayores”, sostiene. Estudios en Canadá muestran un aumento de casi tres veces en las intoxicaciones por cannabis entre mayores de 65 años tras la legalización en 2018.

Además, la variedad de formatos —comestibles, vapeadores, cápsulas, aceites— aumenta el riesgo de sobredosificación involuntaria. Un brownie con 10 o 20 miligramos de THC puede tardar hasta dos horas en surtir efecto, lo que lleva a algunos usuarios a ingerir más de lo recomendado antes de que aparezcan los síntomas. En personas mayores, los efectos prolongados y la metabolización más lenta del cannabis pueden multiplicar el riesgo de caídas, confusión o desorientación.

Riesgos cardiovasculares y cognitivos: lo que dice la evidencia

El cannabis no es inocuo para el sistema cardiovascular. Joseph Wu, director del Instituto Cardiovascular de Stanford, ha demostrado que el THC puede inducir inflamación en los vasos sanguíneos. Su equipo encontró una correlación entre el consumo frecuente y un aumento del 29% en la probabilidad de infarto y del 20% en la de accidente cerebrovascular. Aunque estas cifras son menores que las asociadas al tabaco, la combinación de cannabis con alcohol o cigarrillos amplifica los riesgos.

El consumo mediante fumar o vapear agrava la exposición a sustancias que irritan las vías respiratorias. Wu señala que “no existe una dosis completamente segura de cannabis: incluso las bajas cantidades pueden provocar inflamación vascular”.

Los efectos cognitivos también preocupan. En adultos mayores, la sustancia puede agravar síndromes de deterioro cognitivo leve o demencia incipiente. Theisen advierte que muchos pacientes experimentan mareos, confusión y episodios de desorientación que incrementan las caídas y hospitalizaciones. Los cannabinoides liposolubles permanecen más tiempo en el organismo de las personas mayores, prolongando los efectos psicoactivos y las posibles interacciones con otras medicaciones.

Entre las más peligrosas se encuentran las que involucran anticoagulantes, pues el cannabidiol (CBD) puede interferir en los procesos enzimáticos que degradan estos fármacos, aumentando el riesgo de hemorragias internas incluso en dosis moderadas.

¿El cannabis puede volverse adictivo en la tercera edad?

Uno de los mitos más persistentes sostiene que el cannabis no genera adicción. Sin embargo, estudios recientes indican que aproximadamente un 30% de los consumidores regulares desarrolla el llamado trastorno por consumo de cannabis. Este diagnóstico se basa en la necesidad de dosis crecientes, la aparición de síntomas de abstinencia o el deterioro en las actividades cotidianas.

La psiquiatra Smita Das, profesora asociada en Stanford, señala que el problema suele pasar inadvertido en la atención geriátrica: “Es un grupo que tradicionalmente no asociamos con el uso de drogas, por eso los médicos no suelen preguntar activamente”.

Para quienes presenten dificultad en reducir o abandonar el consumo, los especialistas recomiendan terapia cognitivo-conductual o intervención médica especializada. Padula, autora de estudios por resonancia funcional del cerebro, observó que las recaídas suelen tener relación con la exposición a estímulos ambientales asociados al consumo, como olores o contextos sociales. Comprender estos detonantes puede ayudar a los pacientes y médicos a diseñar estrategias de prevención más eficaces.

¿Qué dice la ciencia sobre los posibles usos terapéuticos?

A pesar de las advertencias, la investigación reconoce que ciertos compuestos derivados del cannabis tienen aplicaciones médicas concretas. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) ha aprobado el cannabidiol para el tratamiento de epilepsias infantiles raras, y el dronabinol —una forma sintética del THC— para aliviar náuseas y pérdida de apetito en pacientes con cáncer o VIH/SIDA.

Fuera de estos casos, la evidencia continúa siendo limitada. Ensayos clínicos sobre cannabis y dolor crónico muestran resultados mixtos y un efecto placebo significativo. En psiquiatría, la Asociación Americana de Psiquiatría desaconseja su uso como tratamiento para la depresión o la ansiedad debido a la falta de evidencia robusta.

Sin embargo, en el contexto de cuidados paliativos, Theisen observa un rol posible: algunos pacientes con enfermedades terminales experimentan mejoría en la sensación de bienestar y alivio del dolor. “En dosis muy bajas, el THC puede tener un efecto terapéutico. En quienes enfrentan un pronóstico limitado, recuperar cierta sensación de alegría puede ser clínicamente relevante”, indicó la enfermera. Estudios complementarios sugieren que, en pacientes de dolor crónico, el uso combinado de cannabis y opioides podría permitir reducir las dosis de estos últimos.

¿Qué deben saber los médicos y las familias?

La comunicación abierta emerge como una de las herramientas más importantes en torno al uso de cannabis después de los 65 años. Theisen destaca que muchos adultos mayores no informan a sus médicos sobre su consumo, lo que incrementa los riesgos de interacciones farmacológicas o de dosificación inadecuada. “Prefiero que mis pacientes hablen del tema conmigo antes que seguir recomendaciones de dispensarios o amigos”, subraya.

El primer paso, según los especialistas, es integrar la pregunta sobre el consumo de cannabis en las consultas de rutina. Esto permitiría identificar posibles efectos adversos, ajustar tratamientos y capacitar a los profesionales de la salud en toxicología geriátrica. De hecho, algunos sistemas hospitalarios en California y Colorado están incorporando módulos de formación específicos sobre cannabis y envejecimiento.

A nivel institucional, la legalización abre nuevos desafíos en materia de salud pública y regulación. A 2026, 24 estados y el Distrito de Columbia han legalizado el uso recreativo, mientras que 40 permiten el uso médico. En América Latina, Uruguay mantiene la regulación más avanzada, y países como Argentina o México continúan ampliando sus marcos legales. Sin embargo, los marcos normativos para la tercera edad aún son difusos, y la prescripción médica suele depender de la experiencia individual del profesional.

Una agenda pendiente de investigación y educación

La brecha entre la prevalencia del uso y la evidencia científica persiste. Las limitaciones legales para investigar el cannabis en Estados Unidos complican la obtención de datos sólidos sobre seguridad, eficacia y dosificación en mayores. Los expertos insisten en la necesidad de estudios longitudinales que evalúen efectos cognitivos, cardiovasculares y psicopatológicos.

Mientras tanto, organizaciones médicas y universidades comienzan a elaborar guías de consumo responsable orientadas a adultos mayores, priorizando la discusión con médicos, la elección de productos de baja concentración y la evitación de combinar cannabis con alcohol o fármacos sedantes.

El debate sobre el cannabis después de los 65 años no es solo médico, sino cultural. Refleja el cambio de una generación que convivió con la prohibición y ahora se enfrenta a un mercado regulado y tecnológicamente sofisticado. La pregunta que permanece abierta es si la sociedad y el sistema sanitario están preparados para acompañar este nuevo escenario con información basada en evidencia y acompañamiento profesional.

Médica clínica especializada en nutrición y longevidad |  + posts

Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.