Viajar y envejecimiento: cómo el turismo podría influir en la salud

En 2026, investigadores continúan analizando el vínculo entre viajar y envejecimiento, tras un estudio que sugiere que las experiencias positivas de viaje podrían favorecer la salud física y mental y ayudar a ralentizar algunos procesos biológicos asociados al paso del tiempo.

Un campo de estudio que une biología, turismo y bienestar

La relación entre viajar y envejecimiento comenzó a recibir atención científica a partir de 2024, cuando un equipo interdisciplinario de la Edith Cowan University (ECU) en Australia aplicó principios de la teoría de la entropía para estudiar cómo los viajes impactan la salud. Su propuesta, publicada en el Journal of Travel Research, planteó que las experiencias turísticas enriquecedoras podrían contribuir al equilibrio y a la resiliencia del organismo, dos factores asociados al mantenimiento de un estado de baja entropía o menor desgaste biológico.

Lejos de afirmar que los desplazamientos puedan detener el envejecimiento, los investigadores sugirieron que determinados tipos de viaje —aquellos que fomentan la actividad física, la conexión social y la reducción del estrés— podrían complementar estrategias de envejecimiento saludable. Estas conclusiones alentaron a otros grupos académicos en Europa y Asia a seguir examinando la intersección entre fisiología y turismo, lo que ha derivado en una nueva línea de investigación conocida como terapia mediante el viaje.

¿Cómo podría influir el viaje en los procesos del cuerpo?

Los científicos de ECU emplearon el concepto de entropía para explicar la tendencia natural de los sistemas biológicos hacia el desorden. Según la investigación, determinadas experiencias pueden reducir o acelerar ese proceso. Aquellas que promueven descanso, ejercicio moderado y emociones positivas ayudarían al cuerpo a mantener su estabilidad funcional. En cambio, el estrés o la exposición prolongada a situaciones de riesgo durante un viaje podrían tener el efecto contrario.

La candidata a doctorado Fangli Hu, autora principal del trabajo, explicó que el contacto con nuevos entornos estimula diferentes sistemas fisiológicos. Caminar por lugares desconocidos, adaptarse a distintos horarios o comunicarse en otro idioma activa redes neuronales y hormonales relacionadas con la percepción, la alerta y el bienestar. Ese conjunto de respuestas, sostuvo Hu, contribuye a mantener el cuerpo y la mente en un estado adaptativo más eficiente.

La hipótesis también contempla la participación del sistema inmunológico. Los cambios de entorno desafían al organismo a reconocer y enfrentarse a microorganismos nuevos, fortaleciendo la memoria inmunitaria a través de mecanismos similares a los de la vacunación natural. Este tipo de exposición, bajo condiciones seguras, puede reforzar la capacidad defensiva del organismo, lo que se traduce en una mayor resiliencia frente a enfermedades.

Viajar y envejecimiento: el papel del bienestar emocional

Los efectos psicológicos del viaje son otro componente relevante. Diversos estudios previos sobre envejecimiento activo mostraron que las emociones positivas prolongadas pueden modular los niveles de cortisol —la hormona del estrés— y favorecer procesos de reparación celular. En este sentido, los viajes que fomentan la relajación y la conexión social actúan como reguladores emocionales, con efectos tangibles en el sistema endocrino.

La Organización Mundial del Turismo (OMT) estima que alrededor del 15 % de los viajeros internacionales mayores de 60 años eligen destinos por motivos de descanso y bienestar, lo que representa un aumento del 40 % respecto a la década anterior. Estas cifras refuerzan la idea de que el turismo no solo cumple un papel recreativo, sino también potencialmente terapéutico.

Los científicos advierten, sin embargo, que los beneficios dependen en gran medida de la planificación. Los viajes excesivamente exigentes o con altos niveles de estrés podrían favorecer procesos inflamatorios y oxidativos, dos factores vinculados al envejecimiento celular. Por ello, las investigaciones más recientes enfatizan la necesidad de encontrar un equilibrio entre estímulo y descanso.

¿Por qué los viajes pueden considerarse una forma de terapia?

La llamada “terapia mediante el viaje” combina elementos de actividad física, exposición a nuevos entornos y experiencias sociales. Según el equipo de ECU, estos factores tienen un impacto en cuatro sistemas biológicos principales: el inmunitario, el metabólico, el endocrino y el nervioso. La exposición a la novedad y al ejercicio moderado activa respuestas que favorecen la autorregulación corporal.

Por ejemplo, actividades frecuentes durante los viajes —caminar por largas distancias, subir escaleras, explorar parques o ciudades a pie— incrementan el gasto energético y estimulan el flujo sanguíneo. Esa mayor circulación mejora el transporte de nutrientes y la eliminación de desechos metabólicos, facilitando los procesos de reparación tisular. Por su parte, la exposición a la luz natural y la variación de rutinas circadianas ayudan a regular los ritmos del sueño, aspecto fundamental en la regeneración celular.

De manera complementaria, interactuar con personas de distintos contextos culturales refuerza la plasticidad cognitiva, considerada un indicador de salud cerebral. Las experiencias que estimulan la curiosidad y la empatía generan nuevos circuitos neuronales, algo que la neurociencia asocia a una mayor reserva cognitiva frente al envejecimiento cerebral.

Riesgos y limitaciones de esta hipótesis

No todos los viajes ofrecen beneficios. La exposición a enfermedades infecciosas, accidentes o estrés logístico puede tener efectos adversos. La literatura médica documenta casos de viajeros mayores que enfrentan deshidratación, alteraciones del sueño o crisis hipertensivas debido a itinerarios poco adaptados a sus condiciones físicas. De hecho, el estudio advierte que el turismo puede también aumentar la entropía corporal si produce sobrecarga fisiológica, ansiedad o experiencias negativas.

Durante la pandemia de COVID-19, la movilidad internacional se redujo drásticamente, y los impactos psicológicos de la restricción del viaje —como el aislamiento y la reducción de estímulos sensoriales— aportaron evidencia indirecta de los beneficios de moverse y explorar. Sin embargo, el retorno paulatino de los desplazamientos en 2023 y 2024 también puso de relieve la necesidad de mejorar las prácticas de seguridad y de salud preventiva para los turistas.

¿Qué aporta la evidencia reciente sobre viajar y envejecimiento?

En 2025, nuevos trabajos complementaron la investigación inicial. Un artículo publicado en Annals of Tourism Research propuso una colaboración más estrecha entre la medicina del viajero y la investigación turística para evaluar con rigor los riesgos y ventajas de los desplazamientos. Otro informe, disponible en [enlace externo de publicación científica], revisó más de 70 estudios y concluyó que las experiencias turísticas están vinculadas a mayores índices de satisfacción vital y movilidad funcional en personas mayores de 55 años.

Asimismo, el grupo de Fangli Hu publicó una nota de investigación adicional donde planteó el concepto de “ecosistema de viaje saludable”, en el que las políticas públicas de turismo podrían orientarse no solo a la economía, sino también al bienestar ciudadano. Este enfoque sugiere que la infraestructura, el transporte y la alimentación en los destinos turísticos deberían adaptarse a las necesidades de una población cada vez más longeva.

En América Latina, por ejemplo, países como Chile, Uruguay y Costa Rica han comenzado a incorporar programas de «turismo para mayores» con orientación médica preventiva. Estos programas, integrados a sistemas de promoción de salud, pretenden aprovechar el contacto con la naturaleza y la actividad moderada como recursos para reducir el impacto del envejecimiento.

La dimensión económica y social del fenómeno

El crecimiento de la población mayor de 60 años —que, según Naciones Unidas, superará los 1.4 mil millones en 2030— abre una oportunidad para repensar el turismo desde una perspectiva de salud pública. El gasto en viajes del segmento sénior representa aproximadamente el 25 % del consumo turístico global. En economías avanzadas, esta cifra supera el 30 %, impulsada por la búsqueda de bienestar y experiencias personalizadas.

Las empresas del sector han comenzado a adaptar su oferta a este cambio demográfico, integrando prácticas de accesibilidad, programas de descanso activo y asesoramiento médico previo a los desplazamientos. Sin embargo, la comunidad científica insiste en la necesidad de establecer marcos éticos y sanitarios claros para evitar la comercialización indiscriminada de la idea de “viaje curativo”.

¿Podría el turismo ser parte de las políticas de envejecimiento saludable?

Diversos expertos consideran que los hallazgos sobre viajar y envejecimiento abren un espacio de diálogo entre sectores que antes actuaban de forma separada: salud pública, investigación médica y planificación turística. Sin embargo, advierten que la evidencia aún es preliminar. Las próximas etapas de investigación requerirán ensayos longitudinales que midan de manera objetiva parámetros fisiológicos antes y después de los viajes.

En este contexto, algunos gobiernos locales han comenzado a incluir en sus estrategias de envejecimiento activo la promoción del turismo interno. Los programas de movilidad social y cultural, además de incentivar la economía local, ofrecen oportunidades de interacción y actividad física. La pregunta que guiará los próximos años de estudio es si esas políticas, bien diseñadas, pueden traducirse en indicadores de salud medibles.

Perspectivas para los próximos años

A mediados de 2026, el campo de la terapia mediante el viaje continúa construyendo evidencia empírica. Los equipos de ECU y otras universidades están utilizando tecnologías de monitoreo biométrico —como sensores portátiles y medición de ritmos circadianos— para evaluar cambios en parámetros como frecuencia cardíaca, niveles de cortisol o variabilidad del sueño durante las vacaciones.

Si los resultados confirman la hipótesis inicial, el turismo podría adquirir una nueva dimensión como herramienta de salud preventiva. Esto implicaría replantear la forma en que las ciudades, los sistemas sanitarios y las industrias de viajes planifican sus estrategias. Los investigadores insisten en que el desafío no es promover el viaje en sí, sino comprender bajo qué condiciones, duración y tipo de actividad puede considerarse una intervención beneficiosa.

La relación entre viajar y envejecimiento todavía no ofrece respuestas definitivas, pero la convergencia de datos fisiológicos, emocionales y sociales sugiere que moverse por el mundo podría ser más que un acto de ocio: una práctica con potencial impacto en la calidad y duración de la vida humana.

Médica clínica especializada en nutrición y longevidad |  + posts

Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.