Difluorometilornitina: el viejo fármaco que podría cambiar el tratamiento del síndrome Bachmann-Bupp

Difluorometilornitina, un medicamento desarrollado hace más de tres décadas, está siendo reevaluado en Estados Unidos por investigadores de Corewell Health y la Universidad Estatal de Michigan. En 2026, este antiguo fármaco podría convertirse en una alternativa terapéutica para pacientes con síndrome Bachmann-Bupp, una patología genética que afecta a menos de dos decenas de personas en todo el mundo.

La recuperación de un fármaco olvidado

El medicamento conocido como difluorometilornitina (DFMO), también llamada eflornitina, está volviendo al centro de la investigación médica. Durante años fue utilizado para tratar la tripanosomiasis africana, conocida como la enfermedad del sueño, una infección parasitaria transmitida por la mosca tsetsé. Posteriormente, obtuvo aprobación para reducir el crecimiento de vello facial no deseado en mujeres y como terapia en neuroblastoma infantil recurrente. Sin embargo, su potencial no se había explorado completamente hasta ahora.

En 2026, una colaboración entre el sistema hospitalario Corewell Health, la Universidad Estatal de Michigan y la organización sin fines de lucro Every Cure ha reabierto el debate sobre su papel terapéutico. Los primeros resultados, obtenidos en un pequeño grupo de pacientes mediante protocolos de uso compasivo aprobados por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA), muestran mejorías en algunos síntomas del síndrome Bachmann-Bupp, una enfermedad que había permanecido en la oscuridad científica hasta hace pocos años.

¿Qué es el síndrome Bachmann-Bupp y por qué es tan raro?

El síndrome Bachmann-Bupp (BABS) fue identificado por primera vez a fines de la década de 2010 por los genetistas Caleb Bupp y André Bachmann, de la Universidad Estatal de Michigan. Ambos describieron una serie de mutaciones en el gen ODC1, relacionado con la producción de una enzima conocida como ornitina descarboxilasa. Este gen participa en la síntesis de poliaminas, sustancias esenciales para el crecimiento celular y el desarrollo del sistema nervioso.

En las personas con BABS, una mutación de tipo gain-of-function provoca una sobreproducción de esta enzima, alterando rutas metabólicas que son críticas durante las etapas tempranas del desarrollo. Los síntomas suelen incluir retraso motor y cognitivo significativo, hipotonia muscular y alopecia. Según los registros más recientes, los casos documentados en el mundo no superan las veinte personas, y su diagnóstico suele demorarse años.

Esa rareza plantea enormes desafíos: la escasez de pacientes dificulta la realización de ensayos clínicos con significancia estadística, y el costo de desarrollar terapias específicas se vuelve desproporcionado. Justamente por eso, los investigadores han recurrido a un fármaco como la difluorometilornitina, ya existente, con datos de seguridad conocidos y mecanismos moleculares que encajan de manera directa con el proceso fisiopatológico del síndrome.

Cómo actúa la difluorometilornitina en el organismo

El papel biológico de la difluorometilornitina se centra en la inhibición de la ornitina descarboxilasa. Al bloquear esta enzima, el medicamento reduce la síntesis de poliaminas, lo que, en teoría, corrige parcialmente el exceso enzimático causado por la mutación ODC1. Es, en pocas palabras, un enfoque de precisión dirigido al origen bioquímico del problema.

Históricamente, DFMO se consideró un inhibidor irreversible de la ODC y demostró, ya en las décadas de 1980 y 1990, su capacidad para modificar procesos de crecimiento celular. En oncología pediátrica, se utiliza como tratamiento de mantenimiento en pacientes con neuroblastoma de alto riesgo, lo que permitió acumular evidencia sobre su tolerabilidad prolongada. Este conocimiento, según los investigadores, es clave para avanzar más rápido hacia protocolos adaptados al síndrome Bachmann-Bupp.

El profesor André Bachmann ha señalado en entrevistas científicas que la investigación de DFMO y el gen ODC1 forma parte de su trayectoria desde hace más de treinta años. La coincidencia con el pediatra Caleb Bupp, que había identificado a los primeros pacientes con la alteración genética, permitió poner en práctica un tipo de “reutilización racional” del medicamento, un concepto que cobra relevancia en el actual escenario de farmacología de precisión.

¿Por qué una alianza público-privada impulsa el proyecto?

El desarrollo de terapias para enfermedades raras enfrenta un obstáculo persistente: la financiación. Los estudios clínicos suelen ser costosos, y el retorno económico es mínimo debido a la baja cantidad de pacientes. En este contexto, Every Cure —una organización biotecnológica sin fines de lucro con sede en Estados Unidos— propone un modelo alternativo. Su objetivo es identificar usos no explorados de fármacos existentes y acelerar su disponibilidad para pacientes con patologías desatendidas.

El grupo colabora actualmente con Corewell Health y la Universidad Estatal de Michigan para fortalecer la evidencia preclínica y coordinar los esfuerzos regulatorios. Según su presidente, el médico e investigador David Fajgenbaum, la entidad busca «cerrar las brechas entre la ciencia y el acceso clínico». Entre sus tareas se incluyen la capacitación de profesionales, la creación de registros de pacientes y el análisis de datos retrospectivos que permitan justificar estudios más amplios en el futuro.

Aunque la FDA ha mostrado buena disposición, los equipos de investigación informan que el proceso se encuentra temporalmente detenido debido a dificultades logísticas y normativas. Definir los objetivos concretos de eficacia, establecer criterios uniformes de respuesta y reunir suficientes pacientes son los principales retos. Aun así, la base científica de esta colaboración señala un camino posible: transformar una molécula de los años setenta en una herramienta del siglo XXI.

¿Qué enseñan los precedentes de reutilización de medicamentos?

El caso de la difluorometilornitina no es aislado. En los últimos años, diversas estrategias de drug repurposing —reaprovechamiento de fármacos antiguos para nuevas indicaciones— han ganado apoyo en el ámbito académico y regulatorio. En 2020, la pandemia de COVID-19 puso de relieve la necesidad de explorar tratamientos preexistentes para acelerar la respuesta sanitaria. Esa experiencia permitió consolidar bases de datos globales sobre compuestos activos y sus posibles usos cruzados.

Según informes de la Organización Mundial de la Salud y de la iniciativa Drugs for Neglected Diseases (DNDi), alrededor del 30 % de los ensayos clínicos actuales incluyen fármacos ya aprobados para otras patologías. Este enfoque reduce tiempos y costos, además de aprovechar décadas de conocimiento sobre seguridad farmacocinética y toxicidad. Para enfermedades raras, donde el número de beneficiarios es bajo, esta estrategia se considera particularmente adecuada.

En el caso concreto del síndrome Bachmann-Bupp, los investigadores subrayan que DFMO no es una cura, sino una herramienta experimental destinada a estabilizar funciones metabólicas críticas y, eventualmente, mejorar ciertas condiciones de desarrollo. Aunque los resultados preliminares son limitados, los primeros pacientes tratados han mostrado progresos observables en la coordinación motora y la tonicidad muscular, según reportes clínicos aún no publicados.

¿Cuáles son los desafíos regulatorios y éticos?

La aplicación de un medicamento aprobado para una enfermedad distinta plantea dilemas jurídicos y éticos. En Estados Unidos, la vía denominada single-patient investigational protocol permite prescribir tratamientos experimentales bajo seguimiento estricto, pero cada caso requiere autorización individual. Esta modalidad, si bien agiliza el acceso, no equivale a un ensayo clínico formal y limita la extrapolación de los resultados.

Además, se deben contemplar los riesgos de exposición prolongada en niños, la necesidad de ajustar dosis según el metabolismo individual y los medios para monitorear efectos secundarios poco frecuentes. Las guías internacionales —desde la FDA hasta la Agencia Europea de Medicamentos— recomiendan combinar estos usos compasivos con estudios preclínicos adicionales que evalúen biomarcadores y parámetros de eficacia.

Las familias de los pacientes participan activamente en las discusiones bioéticas. Su papel va más allá del consentimiento informado: muchas de ellas integran asociaciones que recaudan fondos y difunden información a través de redes globales de enfermedades raras. Esta colaboración entre comunidades, científicos y entidades regulatorias constituye un modelo emergente de ciencia participativa orientada al beneficio colectivo.

La ciencia detrás del cambio: del laboratorio al paciente

El avance hacia una terapia viable para BABS depende de la combinación de genética molecular, bioquímica y medicina traslacional. Los estudios iniciales se basan en modelos celulares y animales que reproducen la mutación ODC1. Mediante el empleo de la difluorometilornitina, los investigadores han podido reducir la acumulación excesiva de poliaminas y normalizar patrones de crecimiento en tejidos experimentales.

El siguiente paso es planificar un ensayo clínico controlado, previsto para iniciarse el próximo año, según confirmaron voceros de Corewell Health. El diseño podría incluir entre seis y diez pacientes, la muestra más grande jamás registrada para esta enfermedad. Los datos obtenidos permitirán analizar, más allá de las mejoras clínicas, la respuesta metabólica y los niveles plasmáticos de ornitina y putrescina, considerados indicadores claves de la actividad del fármaco.

Los científicos apuntan a un horizonte más amplio: si se demuestra que la inhibición de ODC1 es segura y efectiva, este mecanismo podría aplicarse a otras patologías metabólicas raras, donde la regulación de poliaminas desempeña un papel determinante. Es decir, el caso Bachmann-Bupp podría convertirse en un modelo de referencia para terapias de precisión basadas en la reutilización farmacológica.

Una mirada global al futuro de los fármacos huérfanos

A escala internacional, la investigación de medicamentos huérfanos —aquellos destinados a enfermedades poco frecuentes— ha crecido un 50 % en la última década. Sin embargo, el costo promedio de desarrollar un fármaco nuevo supera los 1.000 millones de dólares, una cifra insostenible para la mayoría de las patologías minoritarias. Frente a eso, la reutilización de compuestos existentes, como la difluorometilornitina, se presenta como una vía más factible tanto económica como temporalmente.

Los expertos señalan que la cooperación interinstitucional y la infraestructura de datos abiertos son esenciales para expandir este tipo de proyectos. Plataformas de investigación colaborativa permiten identificar correlaciones entre mecanismos moleculares y efectos terapéuticos previamente pasados por alto. Cada vez más agencias sanitarias fomentan estas prácticas mediante incentivos fiscales y extensiones de patentes, buscando equilibrar innovación y accesibilidad.

Para los pacientes con síndrome Bachmann-Bupp y sus familias, los próximos años serán decisivos. Los avances científicos no solo representan una posible opción terapéutica, sino también el reconocimiento de una comunidad que ha permanecido sin alternativas durante demasiado tiempo. Si los resultados confirman las observaciones preliminares, DFMO podría sumarse al corto pero significativo catálogo de fármacos que lograron trascender su propósito inicial para convertirse en agentes de cambio médico.

Un cambio de paradigma impulsado por la colaboración

En un escenario donde la medicina personalizada domina los debates científicos, la historia de la difluorometilornitina ofrece una lección sobre el valor de revisar lo ya existente. Decenas de compuestos desechados por la industria farmacéutica podrían tener un nuevo destino si se combinan las herramientas adecuadas de biología molecular, inteligencia artificial y cooperación internacional.

Corewell Health, la Universidad Estatal de Michigan y Every Cure trabajan hoy bajo ese principio. Su investigación marca un hito en la convergencia entre descubrimiento académico y activismo sanitario, mostrando que incluso un viejo medicamento puede encontrar un nuevo propósito cuando ciencia y sociedad se alinean hacia un objetivo común.

La posibilidad de que la difluorometilornitina cambie el curso del síndrome Bachmann-Bupp ilustra un fenómeno más amplio: la reutilización farmacológica como estrategia eficiente, ética y sustentable para las enfermedades raras. En el horizonte inmediato no solo está el desarrollo de una terapia, sino también la redefinición del modo en que entendemos el potencial de las moléculas que alguna vez fueron olvidadas.

Médica clínica especializada en nutrición y longevidad |  + posts

Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.