Agua con gas y metabolismo: qué dice la ciencia sobre su papel en el peso corporal

Un estudio reciente publicado en BMJ Nutrition Prevention & Health reabre el debate sobre el rol de la agua con gas en la gestión del peso corporal. Los investigadores sugieren que su impacto sobre el metabolismo y la absorción de glucosa sería marginal, aunque algunos efectos fisiológicos podrían explicar su popularidad como sustituto de bebidas azucaradas.

Un fenómeno de consumo global en ascenso

El mercado de las bebidas carbonatadas sin azúcar ha crecido de forma sostenida durante la última década. Según datos de Euromonitor, el consumo mundial de agua con gas aumentó más del 35 % entre 2016 y 2025, impulsado por una percepción general de salud y la búsqueda de alternativas al refresco tradicional. Sin embargo, el atractivo de las burbujas no se limita al sabor o la textura: varios estudios han planteado que el gas carbónico podría influir ligeramente en el metabolismo energético.

Los orígenes del agua carbonatada se remontan al siglo XVIII, cuando el químico Joseph Priestley descubrió cómo infundir dióxido de carbono (CO₂) en el agua, un proceso que luego sería industrializado por compañías como Schweppes a comienzos del XIX. En la actualidad, el producto se considera inocuo y se comercializa en varias versiones: natural, con sodio, saborizada o combinada con minerales. Pero su supuesta capacidad para ayudar al control del peso sigue siendo objeto de debate científico.

¿Cómo podría el agua con gas influir en el metabolismo?

La hipótesis central parte de que el CO₂ disuelto se transforma en bicarbonato (HCO₃⁻) al entrar en contacto con el organismo. Ese cambio altera levemente el equilibrio ácido-base de la sangre y podría activar enzimas vinculadas al uso de la glucosa. En términos fisiológicos, el cuerpo ajusta la absorción de glucosa según pequeñas variaciones del pH sanguíneo, lo que ha llevado a los investigadores a observar similitudes con procesos médicos como la hemodiálisis.

Durante una sesión estándar de diálisis, el paso de la sangre a través de un filtro incrementa su alcalinidad y genera una ligera caída en los niveles de glucosa. Según el análisis citado por BMJ Nutrition Prevention & Health, al absorberse el CO₂ del agua carbonatada en el estómago, se podría replicar en pequeña medida un entorno bioquímico semejante. El resultado sería un uso marginalmente más eficiente de la glucosa, pero el efecto real sobre el peso corporal es limitado.

Un efecto mensurable, aunque mínimo

Los autores del estudio compararon la escala metabólica de la diálisis con la posible incidencia de una bebida carbonatada sobre una persona sana. En una sesión médica de cuatro horas, cerca de 48.000 mililitros de sangre pasan por el dializador, generando un consumo de unos 9,5 gramos de glucosa. En cambio, una botella de 500 ml de agua con gas apenas suministra una fracción del CO₂ que se intercambia en ese proceso, lo que reduce el impacto a niveles casi insignificantes.

El profesor Sumantra Ray, del NNEdPro Global Institute for Food, Nutrition and Health, advirtió que las pruebas disponibles son insuficientes para sugerir beneficios terapéuticos de esta bebida. “No hay ensayos clínicos controlados en humanos que confirmen una mejora sostenida del metabolismo o una pérdida de peso significativa vinculada al consumo de agua carbonatada”, afirmó en la publicación académica.

¿Podría el agua con gas ayudar al control del apetito?

Más allá de la bioquímica, el interés de los consumidores suele centrarse en sus efectos sobre la saciedad. Algunos estudios observacionales, aunque de muestra pequeña, apuntan a que el gas genera distensión en el estómago y una sensación temporal de plenitud. Esa impresión puede inducir a comer menos durante las comidas posteriores. Sin embargo, la evidencia sigue siendo heterogénea: en investigaciones realizadas en Corea del Sur y Japón, las diferencias en la ingesta calórica diaria no superaron el 2–3 %, un margen dentro del error experimental.

En contextos clínicos de control del peso, los nutricionistas suelen recomendar estrategias más consistentes: priorizar el contenido proteico, reducir la densidad calórica y mantener una hidratación suficiente. En ese esquema, el agua con gas puede desempeñar un papel sustitutivo de bebidas azucaradas, lo que indirectamente contribuye al descenso calórico, pero no actúa como un acelerador metabólico.

Posibles repercusiones digestivas

El consumo habitual de agua carbonatada está generalmente considerado seguro, aunque no necesariamente neutro. Las burbujas pueden ocasionar distensión abdominal, gases y molestias en personas con síndrome del intestino irritable o enfermedad por reflujo gastroesofágico. La gastroenteróloga española María del Mar Gómez explica que “el gas tiende a aumentar la presión intragástrica, promoviendo la sensación de plenitud y, en algunos casos, el retorno del contenido ácido hacia el esófago”. De ahí que se recomiende moderación, especialmente tras comidas copiosas.

Las diferencias entre el agua con y sin sodio también son relevantes. Las versiones con alto contenido de este mineral pueden elevar ligeramente la presión arterial en individuos sensibles a la sal. En cambio, las variantes naturales —como las extraídas de manantiales volcánicos o fuertemente mineralizadas— presentan composiciones muy variables, lo que obliga al consumidor a revisar etiquetas. Más información sobre el impacto del sodio en la presión arterial.

Historia reciente de la moda de las bebidas carbonatadas saludables

El auge del agua con gas como alternativa “más saludable” a los refrescos se consolidó durante la pandemia de COVID‑19, cuando muchos consumidores redujeron su consumo de alcohol y azúcares. Las estadísticas de Nielsen muestran que entre 2020 y 2023 las ventas globales de este producto crecieron entre un 8 y un 12 % anual, mientras el mercado de sodas azucaradas descendió en torno al 4 %. En redes sociales y campañas publicitarias, la bebida se asoció a rutinas fitness o dietas de reducción calórica, pese a que los especialistas advierten que el respaldo científico es, de momento, incipiente.

A partir de 2024, varias marcas comenzaron a incorporar probióticos y electrolitos a su agua carbonatada, buscando reforzar su atractivo funcional. Esa tendencia, conocida como “sparkling wellness”, ha despertado interés entre jóvenes adultos que buscan alternativas al café o al alcohol, pero la evidencia sobre su eficacia metabólica es aún preliminar.

¿Por qué los efectos metabólicos son tan limitados?

Desde una perspectiva bioenergética, la termogénesis inducida por CO₂ es casi inexistente en comparación con otros factores. El metabolismo basal de un adulto promedio consume entre 1.200 y 2.000 kilocalorías diarias, mientras que el posible incremento derivado de la ingesta de agua con gas no superaría el 0,5 %. Este margen está muy por debajo de lo necesario para incidir en la pérdida de peso corporal sostenida.

Además, el cuerpo humano regula sus niveles de dióxido de carbono de forma muy eficiente a través del sistema respiratorio y renal. Cualquier ligera elevación en la absorción de CO₂ por vía digestiva es rápidamente compensada por una mayor ventilación pulmonar o excreción renal de bicarbonato. En consecuencia, el balance alcalino se restablece sin modificar de manera duradera el metabolismo de la glucosa.

Varios endocrinólogos advierten que interpretar estos cambios como una “activación metabólica” es un error conceptual. El doctor Erik Hansen, del Instituto Karolinska, lo resume así: “El metabolismo se modula principalmente por hormonas como la insulina, el glucagón o la leptina. Los cambios provocados por los gases disueltos son demasiado efímeros para generar adaptaciones energéticas medibles”.

Perspectivas y vacíos de investigación

La mayoría de los estudios sobre el vínculo entre agua carbonatada y control del peso se limita a muestras pequeñas, duraciones cortas y metodologías indirectas. Una revisión de la Universidad de Cambridge publicada en 2025 halló que solo una de cada diez investigaciones cumplía criterios de calidad metodológica para establecer causalidad. Se esperan ensayos clínicos más robustos durante los próximos años, especialmente en cohortes con obesidad o resistencia a la insulina.

Los expertos también sugieren explorar la interacción entre el gas carbónico y el microbioma intestinal. Algunos modelos animales indican que la exposición prolongada al CO₂ podría modificar el equilibrio bacteriano del colon, afectando la digestión de carbohidratos y lípidos. No obstante, todavía no hay evidencia suficiente en humanos para confirmar este mecanismo.

Un lugar acotado dentro de la estrategia alimentaria

En términos prácticos, los profesionales de la nutrición coinciden en que el agua con gas puede integrarse en una dieta equilibrada, pero no sustituye las medidas centrales de control del peso: mantener una alimentación variada, reducir ultraprocesados y realizar actividad física regular. Su principal aporte radica en reemplazar bebidas calóricas sin añadir azúcares, colorantes ni cafeína.

Entre las recomendaciones generales destaca limitar su consumo en personas con trastornos digestivos o hipertensión, preferir las versiones sin sodio añadido y observar la respuesta individual del organismo. El principio sigue siendo el mismo que en otros hábitos saludables: la moderación.

En suma, las burbujas pueden ofrecer una sensación de frescura y saciedad pasajera, pero la ciencia actual no respalda la idea de que potencien significativamente el metabolismo o faciliten la reducción de peso. La evidencia disponible describe un efecto fisiológico mínimo, relevante solo como parte de un patrón dietético más amplio y sostenible.

Médica clínica especializada en nutrición y longevidad |  + posts

Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.