Un nuevo estudio internacional revela que el Índice de Masa Corporal (IMC), utilizado durante décadas para evaluar el peso y la salud, puede estar clasificando erróneamente a millones de personas. Presentado en el Congreso Europeo sobre Obesidad en Estambul en mayo de 2026, el informe cuestiona la fiabilidad de esta herramienta médica y plantea cambios en las políticas de salud pública.
La historia detrás del Índice de Masa Corporal
El Índice de Masa Corporal, conocido como IMC, fue concebido a mediados del siglo XIX por el estadístico belga Adolphe Quetelet como parte de un intento por establecer una relación matemática entre altura y peso. Desde entonces se convirtió en una métrica estándar adoptada por los sistemas de salud de todo el mundo. No obstante, su aplicación masiva no ha estado libre de críticas. A partir de la década de 1980, con el aumento de la obesidad como problema de salud pública, el IMC fue incorporado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como criterio diagnóstico básico. La fórmula —peso en kilogramos dividido por el cuadrado de la altura en metros— ofrecía una medida simple y rápida. Pero esa simplicidad, según sostienen numerosos expertos, puede ser también su mayor debilidad.
¿Qué encontró el nuevo estudio sobre el IMC y su precisión?
La investigación que reavivó el debate, liderada por el doctor Marwan El Ghoch de la Universidad de Módena y Reggio Emilia, analizó a 1.351 adultos utilizando absorciometría de rayos X de doble energía (DXA), una tecnología que permite diferenciar masa ósea, tejido muscular y tejido graso. Los resultados fueron contundentes: más de un tercio de los participantes estaba incorrectamente categorizado según el IMC. Entre los clasificados como ‘obesos’, el 34% en realidad tenía un porcentaje de grasa corporal propio del sobrepeso. En la categoría de ‘sobrepeso’, el 53% tenía grasa dentro del rango normal y un 68% de los calificados como ‘bajo peso’ no correspondía a esa categoría.
Los hallazgos, publicados previamente en la revista Nutrients, apuntan a un problema estructural: el IMC no distingue entre masa muscular y tejido graso. Esto puede llevar a errores diagnósticos notables en poblaciones con alta masa muscular o cambios en la composición corporal no reflejados en el peso. Según El Ghoch, «una gran proporción de adultos puede estar siendo etiquetada de forma inexacta», lo que afecta tanto la percepción individual de salud como las decisiones médicas y administrativas.
Cómo el IMC se convirtió en referencia global a pesar de sus limitaciones
A pesar de las críticas, el IMC continúa siendo una herramienta central por su sencillez. Basta con dos datos fáciles de obtener: peso y altura. Su bajo costo y aplicabilidad inmediata han convertido al índice en la métrica preferida de médicos de atención primaria, aseguradoras y responsables de políticas públicas. En Estados Unidos, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) lo utilizan como indicador de seguimiento poblacional. Lo mismo ocurre en Europa y América Latina, donde se lo aplica masivamente en programas de nutrición y salud escolar.
Sin embargo, esa popularidad puede estar generando consecuencias no previstas. Un diagnóstico impreciso puede traducirse en intervenciones erróneas, ya sea mediante prescripciones dietéticas innecesarias o, en el ámbito asegurador, primas más altas basadas en una clasificación que no representa con exactitud el estado metabólico del individuo. De acuerdo con el estudio, la sobrestimación o subestimación del riesgo asociado al peso puede estar afectando la evaluación de salud de millones de personas.
¿Por qué el IMC clasifica mal a tantas personas?
El problema radica en la naturaleza unidimensional del índice. Al reducir la complejidad corporal a una relación de peso y altura, se pierde información sobre la distribución y composición del tejido corporal. Por ejemplo, dos individuos con el mismo IMC pueden tener perfiles fisiológicos radicalmente distintos: uno puede ser atleta con baja grasa corporal y alta masa magra, mientras que el otro puede presentar un alto porcentaje de grasa visceral, más relacionada con el riesgo cardiometabólico.
Los investigadores señalan que las discrepancias se acentúan con la edad, el sexo y el origen étnico. Las mujeres, debido a diferencias hormonales y de distribución grasa, tienden a registrar mayores errores de clasificación según el IMC. También las personas mayores muestran un sesgo sistemático, ya que la pérdida de masa muscular (sarcopenia) puede mantener un IMC dentro de rangos normales mientras se eleva la grasa corporal.
El equipo sugiere combinar el IMC con medidas complementarias como la relación cintura-altura o la circunferencia abdominal, indicadores más sensibles a la acumulación de grasa central, la cual tiene mayor impacto sobre el riesgo de diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares.
El debate sobre su reemplazo: ¿qué alternativas surgen?
Desde la comunidad científica se han propuesto diversas métricas para reemplazar o complementar al IMC. Entre las más estudiadas se encuentran el índice de adiposidad corporal (BAI), que utiliza medidas de cadera en lugar de peso; la relación cintura-altura, recomendada por organizaciones británicas de salud; y los análisis por bioimpedancia eléctrica, con capacidad para estimar la masa grasa y la magra. Cada método presenta ventajas, aunque también limitaciones económicas o técnicas que impiden su generalización.
El doctor Francesco Rubino, experto en obesidad metabólica del King’s College de Londres, comentó en un análisis reciente que el debate no consiste en abandonar el IMC, sino en comprenderlo dentro de su contexto histórico y metodológico. “El IMC sigue siendo útil a nivel poblacional”, explicó, “pero su interpretación clínica debe matizarse con herramientas más específicas cuando se trata del individuo”.
Impacto en las políticas y estadísticas de salud global
El cuestionamiento del IMC no solo tiene implicancias clínicas, sino también políticas. Las tasas de obesidad y sobrepeso informadas por los países se basan casi exclusivamente en esta métrica. Si una proporción significativa de las personas ha sido mal clasificada, las estimaciones globales podrían estar infladas o distorsionadas. Según datos de la OMS, más de 1.000 millones de adultos son considerados obesos, una cifra que podría variar si se aplicaran métricas de composición corporal.
En Italia, el estudio de El Ghoch sugirió revisar las guías nacionales de salud pública. Pero la inquietud se extiende a Europa y América del Norte, donde las aseguradoras y organismos gubernamentales dependen de las categorías del IMC para distribuir recursos o planificar políticas de prevención. Un margen de error cercano al 30% puede alterar proyecciones epidemiológicas y decisiones presupuestarias.
¿Qué implican estos hallazgos para el futuro de la evaluación médica?
Aunque el estudio se concentró en población caucásica para evitar sesgos étnicos, los investigadores han propuesto extender la muestra a grupos africanos, latinoamericanos y asiáticos, donde la distribución de grasa corporal difiere sustancialmente. En países como Japón o Corea del Sur, se ha observado que personas con IMC considerados normales presentan altos porcentajes de grasa visceral, un fenómeno descrito como “obesidad metabólica con peso normal”. Esto sugiere que el debate sobre el IMC podría ser apenas el inicio de una revisión más profunda sobre cómo se mide y diagnostica la obesidad a escala global.
En paralelo, la tecnología de imagen corporal se ha democratizado. Equipos de escaneo DXA, antes limitados a investigación o a hospitales especializados, comienzan a integrarse en clínicas privadas y centros deportivos. Su mayor precisión permite no solo evaluar riesgo metabólico, sino también personalizar planes de nutrición y entrenamiento. No obstante, los costos y la radiación mínima asociada siguen siendo barreras para su uso masivo.
Un cambio de paradigma en camino
A la luz de los nuevos datos, la comunidad médica enfrenta el reto de equilibrar precisión y accesibilidad. Mientras el IMC garantiza comparabilidad internacional, los métodos más sofisticados aún carecen de escalabilidad en sistemas de salud públicos. Los expertos coinciden en que el futuro de la evaluación del peso pasará por modelos híbridos que integren variables de composición corporal, genética y estilo de vida.
El estudio italiano ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta esencial: ¿cómo medir la salud en una era donde los cuerpos son más diversos y las tecnologías más avanzadas? La respuesta podría requerir abandonar la comodidad de fórmulas universales y avanzar hacia diagnósticos más individualizados. El IMC, tan arraigado en la práctica médica y estadística, podría pronto pasar de ser una herramienta central a un simple punto de partida en la evaluación integral del bienestar físico.
Los especialistas convocados para el Congreso Europeo sobre Obesidad coinciden en que la prioridad debe ser desarrollar pautas que integren análisis más amplios. En palabras del equipo italiano, “las directrices deben considerar la proporción de grasa corporal o sus sustitutos, no solo la relación peso-altura”. Mientras tanto, algunas agencias de salud, incluidas las norteamericanas, ya revisan la posibilidad de incorporar métricas adicionales en sus protocolos.
La salud individual más allá del número
El valor simbólico del IMC va más allá de la medicina: ha influido en la percepción cultural del peso y en la política de bienestar durante más de un siglo. Una reevaluación, como propone la nueva investigación, no significa descartar el concepto, sino reconocer sus límites y evitar decisiones basadas exclusivamente en él. A medida que la noción de salud se vincula cada vez más con la composición corporal, la actividad física y el metabolismo, la cifra del IMC podría perder protagonismo como indicador único, abriendo espacio a un enfoque más preciso y personalizado.
Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.

