Duelo prolongado: cómo la ciencia explica por qué algunas pérdidas no sanan

El duelo prolongado, oficialmente reconocido por primera vez en 2022 por el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), describe una condición en la que el dolor por la pérdida persiste de forma intensa y limitante. Investigadores en varios países analizan por qué, para algunas personas, el proceso de adaptación nunca llega a completarse, revelando mecanismos neurológicos, emocionales y sociales detrás de este fenómeno.

Un diagnóstico reciente con profundas implicancias

El duelo prolongado fue incorporado al DSM-5 en 2022, tras décadas de debate entre psiquiatras y psicólogos sobre cómo distinguir el duelo “normal” del patológico. La decisión respondió a una creciente evidencia científica: alrededor del 4 % de la población mundial mantiene síntomas de pérdida que no ceden con el tiempo. En términos clínicos, se trata de una reacción de dolor emocional intenso que interfiere con la capacidad de una persona para funcionar en la vida cotidiana, aún más allá de los 12 meses posteriores a una pérdida significativa.

Holly Prigerson, directora del Centro de Investigación sobre el Cuidado al Final de la Vida de Cornell, ha descrito esta condición como una “reacción de aflicción crónica y angustiante” que difiere claramente de la depresión y la ansiedad habituales asociadas con el duelo. Las personas afectadas suelen sentirse atrapadas en un ciclo de añoranza, negación o desconexión emocional, sin poder aceptar la realidad de la pérdida ni reconstruir su identidad en torno a ella.

¿Qué sucede en el cerebro durante el duelo prolongado?

La reciente revisión publicada en Trends in Neurosciences (2026) ofrece un mapa preliminar de cómo el duelo prolongado afecta al cerebro. A diferencia de quienes experimentan un proceso de duelo convencional, estas personas muestran una activación persistente de regiones asociadas al sistema de recompensa, como el núcleo accumbens y el estriado ventral. En otras palabras, el cerebro continúa actuando como si la persona fallecida aún fuera alcanzable.

Richard Bryant, profesor de psicología en la Universidad de Nueva Gales del Sur y coautor del estudio, explica que este “bucle neurológico” genera una disonancia entre la memoria y la realidad: la mente mantiene una expectativa inconsciente de reencuentro. Este patrón contrasta con la flexibilidad neuronal observada en duelos típicos, donde el cerebro actualiza gradualmente sus representaciones sociales y afectivas.

La investigación también señala alteraciones en la corteza orbitofrontal y la amígdala, áreas implicadas en la regulación emocional. En comparación con cuadros de depresión o trastorno de estrés postraumático, el duelo prolongado presenta una huella distinta: la persistencia del deseo de conexión y una deficiente regulación de la pérdida.

¿Por qué algunos sufren más que otros?

Los estudios epidemiológicos disponibles indican que el riesgo de desarrollar duelo prolongado es mayor cuando la muerte ocurre en circunstancias traumáticas o inesperadas, como accidentes o violencia. Según la Asociación Psiquiátrica Americana, las personas que pierden a un hijo o a una pareja tienen entre dos y tres veces más probabilidades de presentar síntomas persistentes. También influyen variables psicológicas y sociales: antecedentes de depresión, carencia de apoyo emocional, o una alta dependencia afectiva del fallecido.

Factores culturales podrían desempeñar un papel adicional. En sociedades donde la expresión emocional es restringida o el duelo se acorta por normas laborales, los síntomas pueden intensificarse. El confinamiento global durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, amplificó muchos casos de pérdida no resuelta debido a la imposibilidad de rituales presenciales de despedida. Algunos estudios publicados en 2025 estiman que los duelos complicados aumentaron un 35 % respecto de la década anterior.

Impacto del duelo prolongado en la salud integral

Los efectos del duelo prolongado van más allá de la esfera psicológica. Investigaciones recientes sugieren que puede afectar significativamente la salud física. Un metaanálisis de 2025 en la revista Frontiers in Public Health vinculó esta condición con un mayor riesgo de hipertensión sostenida, alteraciones inmunológicas y mortalidad prematura. La explicación más aceptada es biológica: el estrés crónico prolonga la activación del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal, manteniendo niveles elevados de cortisol.

Cuando esta respuesta fisiológica se perpetúa, el organismo no logra restablecer su equilibrio, lo que deriva en insomnio, falta de energía e inflamación persistente. Este tipo de inflamación de bajo grado está implicada en la aparición de enfermedades cardiovasculares, metabólicas y autoinmunes. Además, estudios con imágenes cerebrales muestran que las personas afectadas presentan una conectividad alterada en redes responsables de la autopercepción y la toma de decisiones, lo que puede agravar comportamientos de aislamiento o abuso de sustancias.

¿Cómo se diagnostica y trata el duelo prolongado?

El diagnóstico de duelo prolongado requiere un seguimiento clínico cuidadoso. Los criterios del DSM-5 establecen la presencia de síntomas emocionales y cognitivos durante al menos 12 meses tras la pérdida. Entre ellos: anhelo persistente, incredulidad, evitación de recordatorios, dificultad para imaginar el futuro sin la persona fallecida, alteraciones en la identidad y un sufrimiento funcionalmente incapacitante.

A diferencia de la depresión mayor, el tratamiento con antidepresivos o terapias convencionales de conversación ha mostrado resultados limitados. En cambio, la Terapia de Duelo Prolongado, desarrollada por Katherine Shear en la Universidad de Columbia, ha mostrado una eficacia cercana al 70 %. Este enfoque estructurado combina exposición narrativa, ejercicios de aceptación y reconstrucción vital a lo largo de 16 sesiones. El objetivo no es borrar el dolor, sino ayudar a integrar la pérdida dentro de la biografía emocional del individuo, permitiendo la recuperación de vínculos y actividades significativas.

Un aspecto central de esta terapia es la reintroducción de “recordatorios vivos”: rutinas, lugares o personas que conectan con la memoria del fallecido desde una perspectiva positiva. De esta manera, se busca reemplazar la imagen del trauma por una presencia simbólica y serena que facilite el tránsito hacia la adaptación.

Un campo aún en desarrollo

Los especialistas coinciden en que el duelo prolongado es “el nuevo integrante” entre los diagnósticos psiquiátricos contemporáneos, y su estudio recién empieza. Hasta ahora, la mayoría de los ensayos clínicos provienen de Estados Unidos, Australia y Europa. Las investigaciones futuras apuntan a explorar diferencias culturales y neurobiológicas que podrían explicar por qué algunas personas muestran una resiliencia mayor frente a la pérdida.

Según Mary-Frances O’Connor, autora de The Grieving Brain, la plasticidad neuronal juega un papel determinante en cómo el cerebro aprende a vivir sin un ser querido. La capacidad de aceptar cognitivamente la muerte, dice, depende en parte de la comunicación entre regiones que gestionan la memoria autobiográfica y el reconocimiento emocional. En las personas con duelo prolongado, estas redes parecen no sincronizarse adecuadamente.

Implicaciones sociales y políticas

El reconocimiento oficial del duelo prolongado también tiene consecuencias en los sistemas de salud. Desde 2023, varios países han comenzado a incluirlo en sus protocolos clínicos y coberturas de seguros médicos. Esto ha permitido mejorar la detección temprana y ofrecer atención especializada. Sin embargo, los recursos siguen siendo limitados. Se estima que menos del 25 % de las personas con diagnóstico acceden a un tratamiento formal.

En América Latina, la falta de profesionales capacitados es un desafío. Los expertos advierten sobre la necesidad de campañas de alfabetización en salud mental y de formación en duelo para médicos de atención primaria. De acuerdo con un informe de la Organización Panamericana de la Salud publicado en 2025, el 60 % de los médicos generales no se sienten preparados para abordar la dimensión emocional del duelo.

¿Qué pueden hacer las comunidades para acompañar el duelo prolongado?

El abordaje no debe limitarse al ámbito clínico. Las redes de apoyo y los espacios culturales son esenciales para la recuperación. Tradicionalmente, los rituales funerarios cumplían una función social: ayudar a asimilar la pérdida y promover la pertenencia. Hoy, los entornos digitales también se han convertido en canales de memoria, donde millones de personas conmemoran a sus seres queridos mediante fotografías, mensajes o aniversarios virtuales.

Los psicólogos advierten que, si bien estas plataformas pueden ofrecer consuelo, también prolongan la exposición emocional constante. Algunos estudios observan que la consulta frecuente de perfiles digitales de personas fallecidas puede reforzar la sensación de presencia y dificultar la aceptación de la pérdida. Comprender este equilibrio será clave para la salud mental colectiva en la próxima década.

Perspectivas a futuro

A medida que la neurociencia avanza, el duelo prolongado se consolida como un modelo interdisciplinario de estudio del apego humano. Representa un puente entre la biología, la psicología y la cultura. Los avances en imágenes cerebrales y biomarcadores emocionales abren nuevas vías para entender la relación entre el dolor psicológico y la salud física. Identificar los mecanismos neuroquímicos implicados —incluido el papel de la oxitocina y la dopamina— podría permitir tratamientos más personalizados.

Katherine Shear resume el desafío: “Aceptar la pérdida no significa olvidar, sino reintegrar el amor dentro de una nueva narrativa de vida”. En ese movimiento entre la memoria y la adaptación se encuentra la clave del proceso humano más universal y, a la vez, más complejo: aprender a convivir con la ausencia.

La investigación internacional continúa creciendo, impulsada por la búsqueda de respuestas a una pregunta esencial: ¿por qué el dolor de algunas pérdidas parece no tener fin? Mientras la ciencia explora el funcionamiento del cerebro, las sociedades enfrentan el reto de garantizar espacios para el duelo genuino. El reconocimiento del duelo prolongado como entidad clínica es solo el primer paso hacia una comprensión más profunda de la forma en que las personas se relacionan con la pérdida y la resiliencia.

Médica clínica especializada en nutrición y longevidad |  + posts

Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.