Café y demencia: un estudio de 43 años revela vínculos con la salud cerebral

Un amplio estudio de cohorte realizado por investigadores de Harvard y el Mass General Brigham descubrió que el consumo moderado de café se asocia con un menor riesgo de demencia y un deterioro cognitivo más lento. Publicado en 2026 en JAMA, el análisis abarca más de cuatro décadas de seguimiento a más de 130 mil participantes, y ofrece nueva evidencia sobre la relación entre las bebidas cafeinadas y la salud cerebral.

Contexto histórico: la búsqueda de vínculos entre café y cerebro

Durante décadas, la comunidad científica ha intentado entender cómo los hábitos de consumo de café influyen en la salud neurológica. Los primeros estudios en los años 70 y 80 eran observacionales y con muestras pequeñas, lo que dificultaba establecer conclusiones firmes. Sin embargo, la evidencia acumulada en los últimos 20 años sugiere que ciertos componentes del café podrían ejercer efectos protectores sobre el sistema nervioso central. La reciente investigación publicada por el equipo de Harvard T.H. Chan School of Public Health y el Mass General Brigham representa el análisis longitudinal más extenso jamás realizado sobre el vínculo entre esta bebida y la demencia.

El trabajo combinó los datos de los estudios Nurses’ Health Study (NHS) y Health Professionals Follow-Up Study (HPFS), dos bases que durante más de cuatro décadas han permitido observar la evolución de la salud y los hábitos de más de 131.000 participantes. Los científicos, liderados por Daniel Wang y Yu Zhang, evaluaron tanto los patrones de consumo de café con cafeína como de té, así como sus posibles efectos en la preservación cognitiva a largo plazo.

¿Qué reveló el nuevo estudio sobre el café y la demencia?

Los resultados mostraron que quienes consumían entre dos y tres tazas de café con cafeína al día presentaban un 18 % menos de riesgo de desarrollar demencia en comparación con aquellos que rara vez lo bebían. La investigación también reportó una menor tasa de quejas de declive cognitivo subjetivo (7,8 % frente al 9,5 %) y un mejor rendimiento en pruebas cognitivas objetivas. Estas diferencias se mantuvieron incluso al ajustar por edad, nivel educativo, antecedentes familiares y otros factores de estilo de vida.

En el caso del té, los beneficios también fueron evidentes: una a dos tazas diarias estaban asociadas con un menor deterioro de la función mental con la edad. Por el contrario, el café descafeinado no mostró los mismos efectos, lo que apunta al papel potencialmente crucial de la cafeína como elemento neuroprotector.

Los autores subrayan que la magnitud del efecto es modesta, pero consistente. En palabras de Wang, “el café con cafeína o el té pueden ser una pieza más en el rompecabezas de la prevención del deterioro cognitivo”. La investigación refuerza la hipótesis de que las bebidas cafeinadas participan en mecanismos biológicos vinculados con la salud del cerebro, aunque no sustituyen otros factores clave como la actividad física o la dieta equilibrada.

¿Cómo protege la cafeína las funciones cognitivas?

Aun cuando los mecanismos biológicos no están completamente esclarecidos, la literatura científica ofrece algunas pistas. La cafeína actúa como antagonista de la adenosina, un neurotransmisor que promueve la somnolencia y modula la vasodilatación cerebral. Al bloquear sus receptores, la cafeína podría contribuir a un aumento temporal del flujo sanguíneo cerebral, mejorando la oxigenación neuronal. Además, influye en la liberación de dopamina y noradrenalina, neurotransmisores esenciales para la concentración y la memoria de trabajo.

Los polifenoles presentes en el café también tienen propiedades antioxidantes y antiinflamatorias. Diversos estudios han asociado la inflamación crónica con un mayor riesgo de enfermedades neurodegenerativas, entre ellas el Alzheimer. Un análisis publicado en Frontiers in Aging Neuroscience en 2024 indicó que los consumidores regulares de bebidas ricas en polifenoles registraban niveles más bajos de biomarcadores de daño oxidativo.

El estudio de Harvard aporta una dimensión crucial: la observación a 43 años permite aislar el efecto del hábito sostenido, superando el sesgo de estudios de corta duración. Según Yu Zhang, coautor del trabajo, el hallazgo se mantuvo incluso entre participantes con alta predisposición genética a desarrollar demencia. Esto implica que la relación entre café y deterioro cognitivo podría tener un componente universal, más allá del genotipo individual.

La importancia de la prevención en la era del envejecimiento

El envejecimiento poblacional es uno de los mayores desafíos de salud del siglo XXI. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, se estima que en 2050 más de 150 millones de personas vivirán con algún tipo de demencia, un aumento del 150 % respecto a las cifras globales de 2020. Hoy no existen tratamientos curativos y los fármacos disponibles ofrecen beneficios limitados. Por esta razón, los científicos han desplazado el foco hacia la prevención y los factores de estilo de vida.

El vínculo entre dieta y cognición se ha consolidado en la última década. Modelos alimentarios como la dieta mediterránea o el esquema MIND —que prioriza frutas, verduras de hoja verde, legumbres y cereales integrales— se asocian con menor incidencia de deterioro cognitivo. En este contexto, el hallazgo sobre el café y la demencia refuerza la idea de que pequeñas elecciones diarias pueden tener impactos mensurables a largo plazo.

¿Qué diferencia este estudio de otras investigaciones similares?

A diferencia de metaanálisis previos, este trabajo utilizó cohortes con revisiones periódicas cada dos o cuatro años, lo que permitió registrar cambios en los hábitos alimentarios y ajustar por múltiples variables confusoras. Además, los investigadores contaron con registros de diagnóstico médico confirmados de demencia, así como con evaluaciones estandarizadas de memoria, atención y velocidad de procesamiento.

La amplitud temporal —43 años de seguimiento— permitió identificar tendencias consistentes más allá de los ciclos de vida media de los participantes. También se consideraron variables genéticas y de estilo de vida: nivel de ejercicio, tabaquismo, consumo de alcohol, índice de masa corporal y presencia de enfermedades crónicas. Esto dio mayor robustez a los resultados y redujo la posibilidad de correlaciones espurias.

Otro aspecto relevante fue la distinción entre café descafeinado y con cafeína. Los consumidores exclusivos de café sin cafeína no mostraron reducción significativa del riesgo, lo que refuerza la hipótesis de que la sustancia activa desempeña un papel central. Sin embargo, los investigadores advierten que la cafeína no actúa de forma aislada: otros compuestos del café podrían ejercer efectos sinérgicos aún no completamente comprendidos.

El café y la demencia en cifras y tendencias globales

El consumo de café ha crecido sostenidamente en las últimas décadas. Según datos de la Organización Internacional del Café, el promedio global en 2025 alcanzó las 170 millones de sacas anuales, impulsado por el aumento en los países asiáticos y latinoamericanos. En paralelo, los estudios epidemiológicos sobre su impacto en la salud han pasado de menos de 10 publicaciones anuales en los años 90 a más de 500 en 2025, según la base de datos PubMed.

El interés por la relación entre café y demencia se correlaciona con un fenómeno social más amplio: la preocupación por el envejecimiento cerebral. Mientras la esperanza de vida se alarga, los sistemas de salud enfrentan una carga creciente de enfermedades neurodegenerativas. En ese marco, identificar conductas de bajo costo y alto impacto potencial adquiere una relevancia estratégica.

El hallazgo actual complementa tendencias observadas en países nórdicos, donde el consumo histórico de café es elevado y las tasas de demencia han sido ligeramente inferiores al promedio europeo, aún controlando por factores educativos y sanitarios. Aunque esta correlación no implica causalidad, sugiere una línea de investigación interesante.

¿Qué otras variables deben investigarse a futuro?

Los autores del estudio reconocen limitaciones. No se midieron de forma directa los niveles séricos de cafeína ni los metabolitos del café, lo cual podría ofrecer un marco más preciso sobre dosis y respuesta. Tampoco se diferenciaron los distintos métodos de preparación —espresso, filtrado o instantáneo—, pese a que la concentración de compuestos bioactivos varía considerablemente entre ellos.

Otro aspecto pendiente es entender cómo el consumo de café interactúa con otros factores de estilo de vida. Por ejemplo, estudios previos han sugerido que la combinación de café y ejercicio físico moderado potencia los efectos neuroprotectores. Asimismo, se analiza el impacto del momento del consumo: ingerir cafeína en exceso durante la tarde podría afectar el sueño, lo que a su vez tiene consecuencias sobre la consolidación de la memoria.

Future investigaciones con biomarcadores de neuroimagen y metabolómica permitirán perfilar mejor la relación causal entre café y salud cerebral. De confirmarse los resultados, el café podría integrarse como una recomendación dietaria flexible dentro de guías preventivas para adultos mayores.

Un hábito cotidiano con implicancias de salud pública

Más allá del aspecto individual, los resultados abren una conversación sobre políticas de promoción de hábitos saludables que no requieren inversión médica sofisticada. A diferencia de suplementos costosos o medicamentos de utilidad limitada, el café tiene una accesibilidad global y una tradición cultural extendida. No obstante, los especialistas subrayan que la recomendación debe ser prudente: los beneficios detectados se vinculan a consumos moderados, y el exceso de cafeína puede generar efectos secundarios como ansiedad o insomnio.

Diversas organizaciones de salud, como la Asociación Americana del Corazón, coinciden en que un consumo de hasta 400 mg de cafeína diarios —equivalente a tres tazas de café promedio— es seguro para la mayoría de los adultos. Integrar esta evidencia con estrategias más amplias de nutrición, sueño y salud mental podría contribuir a reducir la incidencia de demencia a nivel poblacional.

El estudio de Harvard y Mass General Brigham ofrece una pieza relevante para ese propósito. Muestra que incluso una costumbre tan cotidiana como tomar café puede tener implicancias de largo alcance en la salud cerebral. Si bien no se trata de una solución aislada, sus hallazgos sirven como recordatorio de cómo los patrones diarios pueden reflejarse en tendencias de salud pública a lo largo de generaciones.

Médica clínica especializada en nutrición y longevidad |  + posts

Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.