Tratamientos de fertilidad y cáncer: un nuevo estudio disipa temores

Un estudio publicado en JAMA Network Open concluyó que los tratamientos de fertilidad no están asociados con un aumento del riesgo general de cáncer en mujeres. El trabajo, basado en registros médicos de más de 418.000 pacientes en Australia, ofrece evidencia robusta sobre un tema que ha generado debate durante décadas.

La evidencia detrás del estudio

El estudio, desarrollado por investigadores de la Universidad de Nueva Gales del Sur y publicado en la revista JAMA Network Open, analizó los historiales clínicos de aproximadamente 418.000 mujeres australianas sometidas a distintos tratamientos de fertilidad entre 1991 y 2018. A lo largo de una media de 10 años de seguimiento, los científicos encontraron que las tasas totales de cáncer en este grupo eran comparables con las de la población femenina general.

Según el coinvestigador principal, Adrian Walker, del Centro de Investigación de Big Data en Salud de la misma universidad, «los resultados deben interpretarse como una señal de tranquilidad». Aunque se identificaron ligeras diferencias en la incidencia de ciertos tipos de cáncer —como el de útero, ovario y melanoma—, el riesgo global no mostró un aumento significativo.

Las técnicas de fertilidad incluidas en el estudio fueron la fertilización in vitro (FIV), la inseminación intrauterina y los tratamientos farmacológicos para estimular la ovulación. Estos procedimientos involucran variaciones hormonales que, durante décadas, generaron preocupación sobre su posible relación con el desarrollo de tumores dependientes de estrógenos.

¿Por qué se sospechó una relación entre fertilidad y cáncer?

La sospecha no era infundada desde el punto de vista biológico. Los tratamientos de fertilidad incrementan temporalmente los niveles de hormonas como el estrógeno y la progesterona, elementos que participan en el crecimiento de tejidos en el sistema reproductivo. Estudios previos de menor tamaño, realizados en Europa y Estados Unidos durante las décadas de 1990 y 2000, habían encontrado señales contradictorias: algunos sugerían un leve aumento del riesgo de cáncer de ovario, mientras otros descartaban una relación estadísticamente significativa.

En 2013, por ejemplo, una revisión sistemática publicada en Human Reproduction Update analizó más de 20 estudios observacionales. Aunque no encontró evidencia de mayor riesgo de cáncer de mama, sí reportó un incremento modesto en los casos de cáncer de ovario entre mujeres que se sometieron repetidamente a FIV. Sin embargo, la falta de control por factores previos —como la edad materna o el diagnóstico de infertilidad— limitó las conclusiones.

El nuevo estudio australiano aborda precisamente esas limitaciones. A través del cruce de bases de datos hospitalarias y registros de cáncer nacionales, los investigadores ajustaron los resultados por edad, nivel socioeconómico, hábitos de salud y condiciones preexistentes. El tamaño de la muestra permitió detectar incluso pequeñas variaciones con alta precisión estadística.

Tipos de cáncer con incidencias variables

Los resultados específicos muestran que el cáncer de útero fue entre un 23% y un 83% más frecuente, y el de ovario entre un 18% y un 23% más común entre las mujeres que recibieron FIV. No obstante, en términos absolutos, esos aumentos equivalen a apenas entre tres y siete casos adicionales por cada 100.000 mujeres al año. Como contrapartida, los cánceres de cuello uterino y de pulmón resultaron menos frecuentes (40% y 30% inferiores, respectivamente).

Walker explica que estas diferencias no implican causalidad directa: “Un grupo de mujeres sometidas a fertilidad asistida puede presentar características biológicas y de estilo de vida que las distinguen del promedio de la población. Eso conforma un perfil de riesgo diferente, pero no necesariamente mayor”.

Claire Vajdic, autora principal y profesora en el Kirby Institute, añade que algunos diagnósticos asociados a la infertilidad —como la endometriosis y el síndrome de ovario poliquístico— ya se consideran factores de riesgo para cánceres ginecológicos. “La infertilidad y sus causas subyacentes pueden ser la pieza clave del patrón observado, más que los tratamientos en sí”, señaló la investigadora.

Cómo se llevó a cabo el análisis

El estudio australiano es uno de los más extensos en su tipo a nivel mundial. Los investigadores accedieron a registros de salud poblacionales que cubren casi tres décadas de actividad médica. Usaron modelos estadísticos de riesgo proporcional para comparar tasas de cáncer entre mujeres que recibieron tratamientos de fertilidad y un grupo control con características demográficas semejantes.

A lo largo del seguimiento, se detectaron aproximadamente 20.000 casos de cáncer invasivo en el conjunto de participantes. Los investigadores ajustaron los resultados por múltiples factores confusores, como el nivel educativo, la residencia urbana y hábitos de consumo. En promedio, las pacientes de fertilidad tendían a residir en áreas metropolitanas, tener mayor acceso a atención médica preventiva y menores tasas de tabaquismo. Estos elementos pueden explicar parcialmente la menor frecuencia observada en cánceres respiratorios y de cuello uterino.

La investigación también evaluó la exposición acumulada a fármacos gonadotrópicos, el número de ciclos de FIV y la edad en el primer tratamiento. Ninguna de estas variables se correlacionó con un incremento de riesgo significativo en el total de diagnósticos oncológicos.

¿Qué implicaciones tiene para la salud pública?

El hallazgo tiene consecuencias directas sobre las políticas de salud reproductiva. En países como Australia, España o Chile, donde la demanda de fertilización asistida va en aumento, los resultados refuerzan la seguridad de estos procedimientos. En 2024, por ejemplo, más de 1,5 millones de ciclos de FIV se llevaron a cabo en todo el mundo, según datos de la Sociedad Internacional de Tecnología Reproductiva.

“Desde una perspectiva poblacional, estos tratamientos son seguros y no justifican alarmas sanitarias”, comenta la epidemióloga Sarah Dodd, no involucrada en el estudio. “Lo que sí se mantiene como prioridad es la vigilancia médica continua, especialmente en mujeres con antecedentes familiares de cáncer o patologías ginecológicas previas”.

Las guías clínicas actuales, como las publicadas por la Sociedad Americana de Medicina Reproductiva en 2024, coinciden en recomendar chequeos periódicos y cribado de cáncer de manera rutinaria, independientemente de haber recibido o no tratamientos de fertilidad. [Enlace interno: programas de detección de cáncer] y [enlace externo: ASRM sobre fármacos de fertilidad y cáncer].

¿Cómo responden los especialistas a las dudas persistentes?

Aunque los resultados son alentadores, algunos especialistas subrayan que la investigación no puede descartar completamente asociaciones a largo plazo. El seguimiento promedio de 10 años podría ser insuficiente para detectar efectos que se manifiesten varias décadas después del tratamiento, especialmente en pacientes jóvenes.

“Necesitamos continuar observando a estas cohortes a medida que envejecen”, señaló Vajdic. “La conciencia sobre el cáncer debe mantenerse presente, porque la exposición temprana a hormonas exógenas podría tener efectos acumulativos en ciertos tejidos”.

Los investigadores planean un nuevo seguimiento hasta 2040, lo que permitirá comparar las tendencias de incidencia en las mujeres que entonces habrán superado los 60 años. Este enfoque longitudinal ofrecerá una visión más completa sobre la interacción entre tratamientos hormonales, envejecimiento y predisposición genética.

Contexto histórico de la fertilización asistida

Desde el nacimiento de la primera “bebé probeta” en 1978, los avances en reproducción asistida transformaron la salud reproductiva mundial. En sus primeras décadas, la FIV enfrentó escepticismo médico y resistencia ética, pero también una vigilancia sanitaria intensa. Diversos estudios en los años noventa alertaron sobre la posible estimulación excesiva de los ovarios y sus consecuencias hormonales.

A medida que las técnicas se perfeccionaron —con protocolos más cortos y dosis hormonales más controladas—, la preocupación por el cáncer persistió como un interrogante científico más que como un riesgo empírico comprobado. El trabajo de Walker y Vajdic representa la culminación de tres décadas de investigación epidemiológica destinada a responder esa duda central.

Factores socioeconómicos y perfil de las pacientes

Un aspecto interesante del estudio es el patrón sociodemográfico de las participantes. La mayoría residía en zonas urbanas con mayor poder adquisitivo y acceso a programas públicos o privados de fertilización asistida. Estos factores se asocian, en general, a mejores hábitos de salud y mayor frecuencia de revisiones ginecológicas.

En términos de estilos de vida, las pacientes sometidas a tratamientos de fertilidad suelen tener menor prevalencia de tabaco y consumo moderado de alcohol, además de un índice de masa corporal en rango saludable. Estos elementos pueden tener un efecto protector indirecto frente a varios tipos de cáncer, lo que complica el análisis del papel específico de las terapias hormonales.

¿Qué se puede esperar del futuro de la investigación?

El equipo australiano planea ampliar el análisis a otras cohortes internacionales y explorar si ciertos subtipos de tumores muestran patrones distintos según la técnica de fertilización. También proponen examinar el papel de los fármacos más nuevos, como los moduladores selectivos de receptores de estrógeno, que se han incorporado a los tratamientos desde 2020.

La colaboración entre registros de salud nacionales, como los de Escandinavia o el Reino Unido, podría aportar datos complementarios. Los investigadores consideran prioritario armonizar las metodologías y construir una base de datos internacional para estudios de seguimiento a largo plazo.

Perspectiva ética y médica

El debate sobre los tratamientos de fertilidad y cáncer trasciende lo estadístico. En muchas sociedades, el acceso a la maternidad asistida se vincula a consideraciones éticas, culturales y económicas. En este contexto, estudios epidemiológicos de gran escala ofrecen una herramienta de transparencia científica y confianza pública.

Los expertos coinciden en que la información debe comunicarse con prudencia. Generalizar los resultados a todos los contextos puede ser engañoso, dado que las condiciones de infertilidad, los protocolos de medicación y el perfil genético varían ampliamente entre regiones.

El seguimiento continuo como clave

Aunque los tratamientos de fertilidad no se asocian con un mayor riesgo global de cáncer, los especialistas insisten en la importancia del control periódico. Las mujeres que han recibido estas terapias deben continuar participando en programas de cribado, como mamografías o citologías, de acuerdo con su edad y antecedentes familiares.

El valor de esta investigación reside en ofrecer una imagen matizada: ni alarmismo ni complacencia. El mensaje central apunta a una gestión informada de la salud reproductiva y oncológica, apoyada en evidencia de largo plazo. En palabras de Walker, “pocos tratamientos médicos están totalmente exentos de riesgo, pero el aumento observado aquí es bajo y no debería disuadir a quienes necesitan asistencia para concebir”.

El estudio australiano se suma así a un cuerpo de evidencia cada vez más sólido que sugiere que los tratamientos de fertilidad, cuando se aplican con protocolos seguros y bajo supervisión médica, no implican una amenaza sustancial para la salud oncológica femenina.

Médica clínica especializada en nutrición y longevidad |  + posts

Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.