Cada año, más de 600 millones de personas contraen faringitis estreptocócica, una infección bacteriana generalmente leve tratada con antibióticos. Sin embargo, para algunos individuos, este episodio infeccioso puede convertirse en el detonante inesperado de enfermedades autoinmunes, según advierten estudios recientes en Estados Unidos y Europa. El fenómeno plantea nuevas preguntas sobre cómo ciertas infecciones comunes pueden dejar huellas duraderas en el sistema inmunitario humano.
La magnitud del problema y el nuevo foco científico
La faringitis estreptocócica, causada por la bacteria Streptococcus pyogenes, o estreptococo del grupo A, constituye una de las infecciones bacterianas más frecuentes a nivel mundial. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE. UU., cada año se registran aproximadamente 600 millones de casos globales y más de 5 millones de tratamientos antibióticos solo en territorio estadounidense.
Para la mayoría de los pacientes, el cuadro cursa con fiebre, dolor de garganta y malestar general que cede con un ciclo corto de antibióticos. Sin embargo, una minoría experimenta secuelas que van más allá de la garganta inflamada. En niños susceptibles, la infección puede propiciar alteraciones inmunológicas que desembocan en síndromes como PANDAS (trastornos neuropsiquiátricos autoinmunes pediátricos asociados a infecciones por estreptococo), o en complicaciones inflamatorias como la fiebre reumática. Lo que inquieta a la comunidad científica es determinar por qué un organismo capaz de superar millones de infecciones cotidianas puede, en raros casos, iniciar una respuesta autodestructiva.
¿Qué ocurre dentro del sistema inmunitario tras la infección?
El sistema inmunitario cumple una función esencial: distinguir lo propio de lo ajeno. En infecciones comunes, produce anticuerpos que reconocen y eliminan al patógeno invasor. Pero en algunos cuadros de faringitis estreptocócica, ese mecanismo de defensa presenta una disfunción conocida como mimetismo molecular. En términos simples, ciertas proteínas del estreptococo comparten similitudes estructurales con tejidos humanos, especialmente del corazón, las articulaciones y el sistema nervioso.
De acuerdo con especialistas como el pediatra Jason Nagata, del Hospital Infantil UCSF Benioff, este proceso puede generar una confusión inmunitaria: los anticuerpos no solo atacan a la bacteria, sino también a células del propio organismo. Cuando esto ocurre, la respuesta inflamatoria se extiende más allá del lugar de la infección inicial, afectando órganos distantes y, en casos severos, el cerebro.
La investigadora Cassandra Calabrese, de la Cleveland Clinic, explica que otra vía posible es la liberación de “superantígenos”: proteínas bacterianas que activan de forma desmedida una cantidad inusual de linfocitos T. Este exceso genera inflamación sistémica y, potencialmente, daño tisular. En modelos experimentales, se ha observado que tal sobreestimulación puede romper la barrera hematoencefálica, permitiendo la entrada de anticuerpos en estructuras cerebrales, un mecanismo que se asocia con los síntomas neurológicos de PANDAS.
¿Por qué algunos pacientes desarrollan enfermedades autoinmunes y otros no?
El interrogante principal que guía las investigaciones actuales radica en la susceptibilidad individual. No todos los infectados por el estreptococo desarrollan complicaciones autoinmunes, lo que apunta a una combinación multifactorial de genética y ambiente. Estudios en varias universidades estadounidenses y europeas sugieren que ciertas variantes genéticas pueden predisponer a una respuesta inmunitaria hiperactiva. Estas variantes afectarían la manera en que el organismo regula la respuesta inflamatoria una vez eliminada la infección.
Ilan Shapiro, especialista en salud pública de AltaMed Health Services, plantea que las variables epigenéticas —como la exposición previa a otros patógenos o el estrés fisiológico— también pueden modular el riesgo. “El sistema inmunitario aprende de cada exposición previa. A veces, esa memoria genera protección; otras veces, confusión”, afirma.
El componente genético se refuerza por datos como los del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID), que estima que cerca del 8 % de la población estadounidense vive con alguna de las hasta 150 enfermedades autoinmunes reconocidas. Su distribución desigual según sexo —mayor incidencia en mujeres— y edad sugiere que factores hormonales y ambientales también intervienen.
Impacto histórico y reconocimiento médico tardío
Aunque la relación entre infecciones estreptocócicas y complicaciones autoinmunes se conoce desde hace más de un siglo —con enfermedades como la fiebre reumática o la glomerulonefritis postestreptocócica—, el interés científico se revitalizó en los años noventa con la identificación de PANDAS. Este síndrome, caracterizado por la aparición súbita de tics motores u obsesivo-compulsivos tras una infección, fue descrito por primera vez en 1992 y se mantiene en debate dentro de la comunidad médica.
El reconocimiento clínico de estos trastornos ha evolucionado lentamente. Hasta hace unas décadas, el diagnóstico de faringitis estreptocócica se basaba únicamente en la observación de síntomas; hoy, la confirmación mediante hisopado y prueba rápida de antígeno permite un tratamiento precoz que reduce complicaciones. Sin embargo, en países con limitaciones sanitarias, donde el acceso al diagnóstico y a antibióticos adecuados no está garantizado, las secuelas autoinmunes siguen siendo un problema de salud pública.
¿Qué relación existe entre la faringitis estreptocócica y el síndrome de fatiga crónica?
Una de las nuevas líneas de investigación explora la posible conexión entre infecciones bacterianas orofaríngeas y el síndrome de fatiga crónica (SFC), o encefalomielitis miálgica. Aunque el SFC no se clasifica como una enfermedad autoinmune clásica, comparte mecanismos de disfunción inmunitaria sostenida.
Estudios publicados en revistas científicas en 2025 indican que algunos pacientes con SFC presentan una respuesta inmune innata exagerada incluso tiempo después de superada la infección inicial. Esto sugiere que el sistema defensivo podría permanecer en “alerta crónica”, manteniendo niveles elevados de citoquinas inflamatorias y alterando el metabolismo energético celular. Investigaciones del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos han documentado que un grupo de afectados relata el inicio del cuadro tras haber sufrido faringitis estreptocócica, aunque la evidencia sigue siendo correlacional y no causal.
La investigadora Zara Patel, de la Escuela de Medicina de Stanford, destaca que aún es necesario determinar si el estreptococo del grupo A actúa como factor principal o si simplemente forma parte de una cadena de desencadenantes múltiples. Hasta el momento, no existen ensayos clínicos que demuestren una relación directa entre la bacteria y el inicio del SFC, pero el hallazgo de patrones inmunológicos similares en ambos procesos impulsa nuevas líneas de estudio.
Cómo reducir el riesgo y controlar la exposición
Los especialistas coinciden en que la prevención y el tratamiento oportuno representan las herramientas más efectivas contra las complicaciones de la faringitis estreptocócica. Ante síntomas como fiebre, dolor severo al tragar y ausencia de tos —indicadores que diferencian al cuadro bacteriano del viral—, se aconseja acudir a consulta médica. Una prueba rápida de diagnóstico puede confirmar la infección en minutos y permitir el inicio inmediato de antibióticos apropiados.
Jason Nagata subraya la importancia de completar el tratamiento prescrito incluso si los síntomas desaparecen rápidamente: suspenderlo antes de tiempo incrementa el riesgo de recurrencia y resistencia bacteriana. Además, la profilaxis familiar cobra relevancia cuando existen antecedentes de enfermedades autoinmunes o infecciones repetidas.
En cuanto a medidas generales, los expertos recomiendan mantener hábitos de higiene básica: lavado frecuente de manos, evitar el intercambio de cubiertos o bebidas, y conservar reposo durante períodos infecciosos. Aunque parezcan rutinas elementales, estas prácticas reducen la transmisión del estreptococo tanto en entornos escolares como laborales.
Nuevas fronteras en el estudio de las infecciones y la autoinmunidad
Las investigaciones sobre la faringitis estreptocócica se inscriben en un panorama más amplio que busca comprender cómo los patógenos comunes pueden interferir con la autorregulación del sistema inmunitario. En los últimos años, estudios sobre infecciones virales y bacterianas posagudas han empezado a redefinir la frontera entre infecciones transitorias y condiciones inmunológicas prolongadas.
El avance de tecnologías como la secuenciación genómica de células inmunitarias individuales está permitiendo identificar qué tipos de linfocitos o anticuerpos permanecen activos mucho tiempo después de la infección. Comprender este fenómeno es clave no solo para prevenir enfermedades autoinmunes derivadas del estreptococo, sino también para otras patologías crónicas relacionadas con la disfunción inmunitaria.
Los ensayos en curso en centros como el La Jolla Institute for Immunology sugieren que la exposición repetida a bacterias estreptocócicas podría recalibrar de manera persistente la respuesta inmune, predisponiendo a reacciones de hipersensibilidad. Si bien se trata de hallazgos preliminares, abren la puerta a futuras terapias dirigidas a regular esa respuesta sin suprimir completamente las defensas naturales del organismo.
Perspectivas hacia el futuro
Para la comunidad médica, el conocimiento acumulado en torno a la faringitis estreptocócica trasciende el mero interés académico. Identificar los factores que transforman una infección común en un disparador de enfermedades autoinmunes podría cambiar estrategias de prevención e intervención temprana. La detección de marcadores biológicos —como autoanticuerpos específicos o patrones genéticos de susceptibilidad— se perfila como próxima meta.
El desafío consiste en equilibrar la necesidad de proteger al paciente del daño inmunológico sin promover el uso excesivo de antibióticos, un problema creciente en la salud global. Mientras tanto, el consenso científico mantiene que las complicaciones graves siguen siendo infrecuentes y que la mayoría de las personas con faringitis estreptocócica se recuperan completamente con tratamiento adecuado.
Sin embargo, estas investigaciones evidencian que incluso infecciones históricamente consideradas menores pueden tener implicaciones más profundas sobre la salud inmunológica a largo plazo. Comprender esta interacción entre microbios y defensas humanas redefine la noción de lo que significa “curarse” de una infección: no solo la desaparición de síntomas inmediatos, sino también la ausencia de secuelas inmunológicas silenciosas que podrían manifestarse años después.
Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.
