Recientes investigaciones sobre ejercicio y diferencias de género revelan que las mujeres podrían obtener mayores beneficios cardiovasculares con menor cantidad de actividad física que los hombres. Los hallazgos, difundidos entre 2024 y 2025, están obligando a revisar décadas de guías basadas en un modelo masculino generalizado.
La historia detrás de una recomendación universal
Durante casi medio siglo, las pautas internacionales sobre actividad física han partido de la idea de que el cuerpo masculino y el femenino responden del mismo modo ante el ejercicio. En 1995, la Organización Mundial de la Salud y la American Heart Association establecieron los ya clásicos 150 minutos de actividad moderada o 75 minutos de actividad vigorosa por semana como estándar para toda la población adulta. Pero aquel consenso no consideraba las diferencias fisiológicas de sexo, ni los efectos hormonales en la respuesta metabólica o cardíaca.
Un cambio de paradigma comenzó a gestarse cuando los datos, recopilados masivamente mediante estudios longitudinales y dispositivos portátiles, mostraron algo inesperado: las mujeres no solo alcanzaban beneficios cardíacos equivalentes con menor carga de entrenamiento, sino que en muchos casos superaban los resultados obtenidos por los hombres ante volúmenes similares de ejercicio.
¿Qué demuestra la nueva investigación sobre ejercicio y diferencias de género?
Dos estudios recientes han aportado el conjunto de pruebas más sólido hasta la fecha. El primero, publicado en 2024 en el Journal of the American College of Cardiology, analizó información declarada por más de 400.000 adultos estadounidenses. Tras un seguimiento que registró casi 40.000 muertes, los investigadores hallaron que quienes mantenían actividad física regular reducían su mortalidad general un 24 % si eran mujeres y solo un 15 % si eran hombres, ajustando factores como edad, tabaquismo o índice de masa corporal.
El beneficio máximo en hombres se observó con 300 minutos semanales de ejercicio moderado o intenso, mientras que las mujeres lograban una reducción similar con 140 minutos. Al alcanzar las 300 minutos, ellas ampliaban aún más su margen de protección, algo que no se replicó en los varones. El patrón se repitió tanto en ejercicios aeróbicos como en entrenamiento de resistencia.
Un segundo estudio, publicado en 2025 en Nature, utilizó datos de dispositivos portátiles de más de 85.000 participantes del Reino Unido. Allí, las mujeres que seguían las recomendaciones básicas de 150 minutos semanales redujeron el riesgo de enfermedad coronaria en un 22 %, frente a un 17 % en los hombres. Cuando la actividad aumentaba a 250 minutos por semana, la brecha se hacía más visible: el riesgo caía 30 % en ellas, pero los hombres requerían más de 500 minutos para lograr el mismo descenso.
Posibles explicaciones fisiológicas
La cardióloga Carolyn Lam, del National Heart Centre de Singapur, advierte que los resultados no deben interpretarse como una competencia entre sexos, sino como un análisis dentro de cada grupo. Según Lam, las comparaciones deben hacerse entre mujeres activas y sedentarias, y entre hombres activos y sedentarios, no directamente entre uno y otro sexo. De esa forma, las cifras reflejan de manera más precisa la magnitud del efecto fisiológico.
Científicamente, las teorías sobre el origen de estas diferencias apuntan a la interacción multiorgánica del cuerpo femenino. La hormona estrógeno cumple un rol crucial al mejorar la función endotelial, favorecer la vasodilatación y regular los niveles de colesterol HDL, conocido como colesterol “bueno”. Estudios previos han demostrado que los estrógenos, especialmente el estradiol, promueven la formación de nuevos vasos sanguíneos y reducen el estrés oxidativo, mecanismos que podrían potenciar los efectos protectores del entrenamiento físico.
Esta explicación hormonal, sin embargo, no implica que las mujeres deban recurrir a terapias sustitutivas. Los ensayos clínicos sobre reemplazo hormonal no han mostrado un beneficio claro y, en algunos casos, pueden acarrear riesgos adicionales. Para los investigadores, el papel del estrógeno actúa de forma natural como un amplificador en contextos saludables, no como un factor independiente de protección.
¿El tamaño corporal influye en la diferencia?
Otra hipótesis considera las particularidades anatómicas y metabólicas. En promedio, las mujeres poseen corazones de menor tamaño y un sistema vascular más corto, lo que se traduce en una mayor eficiencia circulatoria por cada latido bajo condiciones de ejercicio moderado. Este rendimiento podría hacer que, con menor volumen de entrenamiento, se alcancen adaptaciones cardiovasculares equivalentes a las de los hombres sometidos a intensidades más elevadas.
No obstante, esta teoría está aún bajo estudio. La variabilidad individual es considerable y la influencia de la masa muscular, el consumo máximo de oxígeno (VO₂ máx.) y las diferencias hormonales tras la menopausia introducen nuevos matices que los científicos están empezando a explorar. [Ver más análisis sobre fisiología comparada en este enlace interno].
Perspectiva histórica: de la medicina masculina a la ciencia inclusiva
A mediados del siglo XX, la investigación biomédica se centró casi exclusivamente en sujetos masculinos. La justificación era doble: se pretendía evitar los efectos confusores de los ciclos hormonales femeninos y se buscaba extrapolar resultados de manera pragmática. Así, los protocolos de entrenamiento cardiovascular, las recomendaciones de prevención y hasta los tratamientos postinfarto se diseñaron sobre parámetros masculinos.
La omisión de la variable sexo condujo a vacíos persistentes. Por ejemplo, las mujeres diagnosticadas con enfermedad coronaria tienen menos probabilidades de ser derivadas a programas de rehabilitación cardíaca. A la par, encuestas del Centers for Disease Control and Prevention muestran que solo el 20 % de las mujeres estadounidenses cumplen los niveles mínimos de actividad recomendada, frente al 28 % de los hombres.
El giro hacia una investigación más inclusiva empezó en la década de 2010, impulsado por políticas que exigían paridad de género en los ensayos clínicos y por la aparición de tecnología portátil capaz de recopilar datos en tiempo real. El acelerado desarrollo de la bioestadística ha permitido detectar patrones antes invisibles, como las ventajas diferenciales del ejercicio en la salud cardiovascular femenina.
¿Qué implicaciones tienen estos hallazgos en las guías de salud pública?
Los resultados recientes han reabierto el debate sobre si las recomendaciones generalizadas deben ajustarse de acuerdo con el sexo biológico. Varios especialistas sostienen que mantener un umbral único podría subestimar los beneficios potenciales para las mujeres y exigir un esfuerzo mayor del necesario. Sin embargo, modificar las guías también implica desafíos éticos y comunicacionales: cambiar los estándares puede generar confusión en la población y dificultades en la implementación de políticas globales.
Algunos organismos, como la American Heart Association, han optado por mantener el marco actual pero reconocer en sus documentos técnicos la posibilidad de variaciones individuales. En la práctica, significa aconsejar a los clínicos que consideren diferencias fisiológicas y sociales al momento de prescribir programas de entrenamiento.
¿Qué desafíos enfrenta la investigación futura?
Los expertos coinciden en que la fisiología del ejercicio femenino aún se conoce de manera limitada. Las lagunas se extienden a la influencia del ciclo menstrual, la transición hormonal de la menopausia y la interacción con variables como la nutrición o la composición genética. Los estudios longitudinales, que siguen a los participantes durante décadas, son costosos pero esenciales para entender cómo el beneficio relativo del ejercicio cambia a lo largo de la vida.
Otra línea de investigación gira en torno al tipo de ejercicio más efectivo según el sexo. Algunas investigaciones muestran que las mujeres podrían responder mejor a entrenamientos combinados de resistencia y fuerza moderada, mientras que los hombres obtendrían más resultados de actividades intensas y prolongadas. A pesar de las hipótesis, no existen aún suficientes datos comparativos directos.
La integración de inteligencia artificial y sensores biométricos promete acelerar esta comprensión. Los algoritmos podrán distinguir patrones de respuesta y adaptar programas personalizados, una perspectiva que cobró impulso desde la pandemia de COVID-19, cuando la telemedicina y el monitoreo remoto se expandieron globalmente.
Más allá del laboratorio: desigualdades sociales y culturales
El análisis biológico no explica por sí solo la brecha de género en ejercicio. Factores sociales, de tiempo disponible y carga de cuidados inciden directamente en la adherencia. Las encuestas globales de la OMS confirman que las mujeres reportan mayores barreras para realizar actividad física constante, especialmente en entornos urbanos donde se prioriza el trabajo formal y el transporte motorizado sobre la movilidad activa.
Estas condiciones generan un efecto paradójico: quienes más podrían beneficiarse del ejercicio, como las mujeres mayores o con enfermedades cardiovasculares, son las menos propensas a mantener la regularidad necesaria. De ahí que varios programas de salud pública estén reformulando sus estrategias incluyendo horarios flexibles, espacios seguros y campañas con perspectiva de género.
Replantear el futuro del entrenamiento
La convergencia de estudios recientes sugiere que la relación entre ejercicio y diferencias de género es más compleja de lo asumido durante décadas. Lejos de implicar que las mujeres deban ejercitar menos, los hallazgos subrayan la oportunidad de mejorar las recomendaciones con base científica actualizada. Si pequeñas dosis de actividad moderada ya generan impactos significativos, aumentar los niveles puede traducirse en descensos adicionales de mortalidad y morbilidad.
El mensaje final para la comunidad médica y científica es doble: primero, reconocer que el sexo influye en la adaptación fisiológica al ejercicio; y segundo, evitar que esta comprensión perpetúe desigualdades en la práctica. Rediseñar programas inclusivos no solo requiere evidencia, sino también cambios estructurales en la promoción de la salud.
A 60 años de las primeras advertencias que desaconsejaban a las mujeres realizar ejercicio intenso por “razones de fragilidad”, la ciencia ofrece una visión opuesta. Las nuevas pruebas indican que el movimiento no solo es seguro, sino clave para potenciar la longevidad femenina, siempre dentro de un marco individualizado que continúe explorando cómo distintos cuerpos responden al mismo estímulo físico.
Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.
