El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, confirmó haber invitado a su par ruso, Vladimir Putin, a integrar un nuevo organismo internacional bautizado como Consejo de Paz, una iniciativa impulsada desde la Casa Blanca que busca, según su planteo oficial, promover la estabilidad y una paz duradera en regiones atravesadas por conflictos. El anuncio, que ya genera controversia a nivel internacional, abre un nuevo capítulo en la diplomacia global marcada por la guerra en Ucrania y el creciente cuestionamiento al sistema multilateral vigente.
Trump ratificó la invitación durante un intercambio con periodistas en Florida, al ser consultado de manera directa sobre la eventual participación del líder del Kremlin. La confirmación se conoció mientras trascendía el texto fundacional del Consejo de Paz, un documento que define la estructura y los alcances de un organismo que estaría presidido por el propio mandatario estadounidense y que concentraría amplias facultades en su figura.
La Casa Blanca extendió la convocatoria a otros líderes internacionales, entre ellos el primer ministro húngaro Viktor Orbán y el primer ministro canadiense Mark Carney. También fueron invitados China y Ucrania, aunque las reacciones no tardaron en marcar las profundas divisiones que atraviesan el escenario geopolítico. El presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, expresó de inmediato que le resulta muy difícil imaginar su participación en un espacio compartido con Putin, en medio de la invasión rusa a su país. Desde Pekín, la cancillería confirmó la invitación, pero evitó pronunciarse sobre una eventual aceptación.
Según el documento que da origen al Consejo de Paz, la nueva organización se presenta como una alternativa a los mecanismos internacionales tradicionales, a los que acusa de perpetuar las crisis en lugar de resolverlas. En ese marco, el texto plantea la necesidad de una estructura más ágil y eficaz que permita restablecer una gobernanza confiable y legítima en zonas afectadas por conflictos armados o tensiones prolongadas. La referencia implícita a Naciones Unidas refuerza la lectura de que se trata de una iniciativa que busca disputar centralidad al sistema multilateral existente.
Trump será el presidente inaugural del organismo y contará con atribuciones excepcionales, desde la facultad de invitar o excluir países hasta la capacidad de interpretar de manera definitiva los estatutos del Consejo. Además, tendrá la última palabra en las decisiones y podrá crear o disolver instancias internas según su criterio, salvo en casos puntuales en los que una mayoría calificada de los miembros se oponga.
Uno de los aspectos que más llamó la atención es el esquema de membresía, que prevé mandatos temporales para los Estados participantes, con la posibilidad de extenderlos de forma indefinida a cambio de aportes económicos extraordinarios. Este punto alimentó críticas por la lógica financiera que atraviesa el diseño del organismo y por el peso desproporcionado que podría adquirir el país que lo impulsa.
El Consejo de Paz fue concebido inicialmente como una herramienta para supervisar la reconstrucción de Gaza, aunque su estatuto no limita su accionar a ese territorio y deja abierta la puerta a una intervención más amplia en distintos escenarios de conflicto. En ese contexto, la invitación a Putin se convirtió en el eje de un debate que combina diplomacia, poder y controversia, y que promete reconfigurar, al menos en el plano discursivo, la arquitectura internacional de la paz.







