Un reciente acuerdo de paz entre Tailandia y Camboya, firmado el 26 de octubre en Malasia con la mediación del presidente estadounidense Donald Trump, busca reducir las tensiones tras un conflicto fronterizo que dejó decenas de muertos. Sin embargo, crecen las dudas sobre si el pacto logrará avances reales o si quedará como un gesto simbólico en medio de rivalidades regionales y presiones internas.
El primer ministro tailandés, Anutin Charnvirakul, enfrenta críticas tanto del público como de altos mandos militares que desconfían de la disposición de Camboya a cumplir los compromisos asumidos. El acuerdo prevé el retiro de armamento pesado de la frontera, operaciones de desminado y la liberación de 18 soldados camboyanos una vez que se restablezca la calma.
Según el portavoz del ejército tailandés, Winthai Suvaree, el retiro de tanques y artillería ya comenzó. Sin embargo, una fuente militar aseguró que la implementación debe cumplirse de manera integral y no selectiva. La misma fuente, que pidió no ser identificada, reconoció que el ejército prepara un “plan alternativo” ante una eventual violación del acuerdo por parte de Phnom Penh.
Las tensiones entre ambos países se intensificaron este año, luego de un tiroteo en mayo en el que murió un soldado camboyano y posteriores enfrentamientos en julio que causaron varias víctimas. En aquel momento, Trump amenazó con imponer aranceles para forzar un alto el fuego, lo que permitió alcanzar una tregua preliminar a fines de julio.
El gobierno de Anutin cuenta con un respaldo militar más sólido que su antecesor, lo que podría facilitar el cumplimiento del pacto. No obstante, el auge del nacionalismo y el creciente apoyo a las fuerzas armadas plantean un desafío para mantener la estabilidad. La destitución de la ex primera ministra Paetongtarn Shinawatra, tras la filtración de una conversación en la que adoptaba un tono conciliador hacia Camboya, refleja la sensibilidad del tema en la política interna tailandesa.
Analistas advierten que el gobierno debe mantener informada a la población para evitar que el sentimiento nacionalista reavive el conflicto. Entre los problemas urgentes figura el aumento de las redes delictivas transnacionales con base en Camboya, un asunto que, según los expertos, exige coordinación con China para poder ser contenido.
Aunque Pekín no participó en la firma del acuerdo, ha expresado su intención de seguir mediando entre ambos países. La iniciativa busca, además, fortalecer el intercambio de información y la lucha conjunta contra el crimen transfronterizo.
Hun Sen, actual presidente del Senado camboyano y figura dominante en la política del país, celebró el acuerdo como un paso hacia la reconciliación, pero lanzó duras críticas a Bangkok. A través de redes sociales, negó haber solicitado la reapertura de los pasos fronterizos cerrados por Tailandia durante los enfrentamientos, y advirtió que esa medida “podría mantenerse incluso durante quinientos años” si Bangkok así lo desea.
Expertos regionales, como el periodista Kavi Chongkittavorn, sostienen que la reconstrucción de la confianza bilateral requerirá tiempo, compromiso y participación de las comunidades locales. Consideran que el restablecimiento del comercio y los intercambios fronterizos podría convertirse en la vía más efectiva para asegurar una paz duradera entre los dos países del Sudeste Asiático.













