Alvaro Castro Burgueño: infraestructura deportiva para el desarrollo inmobiliario

Alvaro CAstro Burgueño

Hay decisiones de desarrollo que se entienden mejor con el tiempo que en el momento en que se toman. Construir un club de polo en Manzanares cuando la zona era todavía un mercado emergente sin masa crítica de compradores ni precios de referencia consolidados no era la decisión más conservadora que un desarrollador podía tomar en el corredor norte del Gran Buenos Aires. Era, sin embargo, exactamente el tipo de decisión que define el perfil de un submercado durante décadas.

Alvaro Castro Burgueño tomó esa decisión. Y el mercado de Manzanares, quince años después, es en buena medida el resultado de lo que esa apuesta produjo.

El polo como activo territorial, no como amenity

La distinción que Alvaro Castro Burgueño hizo desde el principio —y que el mercado tardó en terminar de procesar— es que el polo no es un amenity. No es la cancha de pádel dentro del barrio cerrado ni el salón de usos múltiples que aparece en el listado de servicios compartidos. Es un activo territorial: existe en el entorno, es independiente de cualquier proyecto específico y genera valor sobre toda la zona de influencia sin que ningún desarrollador individual pueda apropiarlo exclusivamente.

Esa distinción tiene consecuencias directas sobre cómo se piensa el desarrollo inmobiliario en la zona. Un amenity genera costos que se trasladan a las expensas. Un activo territorial genera valor que se acumula en el precio del suelo de toda el área de influencia. El amenity beneficia a los propietarios del barrio donde está instalado. El activo territorial beneficia a todos los que eligieron vivir en su radio de influencia, independientemente de en qué barrio específico compraron.

Las Marías, el club de polo que BdT Banco de Tierras desarrolló en Manzanares, opera con esa lógica. No es un servicio exclusivo de ningún barrio cerrado de la zona. Es parte del ecosistema de Manzanares, un elemento que contribuye a definir el carácter del submercado y que atrae un perfil de comprador y de inquilino que sin esa infraestructura no elegiría la zona con la misma intensidad.

La demanda que el polo genera y el real estate captura

La temporada de polo en el corredor norte concentra entre octubre y diciembre —y en una segunda instancia entre marzo y mayo— jugadores, entrenadores y familias de equipos provenientes de Europa, Estados Unidos y América Latina. Ese flujo de visitantes de alto perfil genera una demanda de alquiler temporal que en Manzanares tiene un impacto visible sobre los precios y la tasa de ocupación de las propiedades disponibles. Las casas con caballerizas, picaderos o acceso directo a canchas de polo alcanzan valores de alquiler que no tienen equivalente en ningún otro segmento del mercado local.

Polo y real estate en Manzanares: el deporte como generador de valor

Pero el impacto del polo no se limita a la demanda estacional. Tiene un efecto halo sobre todo el entorno que opera de manera más sutil pero igualmente real. Una zona identificada con el polo de nivel tiene una imagen aspiracional que atrae compradores que no juegan al deporte pero que valoran la asociación: el entorno verde, el perfil de residentes, la presencia de infraestructura ecuestre que implica predios de gran tamaño y baja densidad. Ese efecto es reconocible en el mercado de Manzanares. Las propiedades en el radio de influencia de Las Marías tienen un diferencial de precio respecto de propiedades equivalentes en zonas sin esa impronta. No porque el comprador vaya a jugar al polo. Sino porque el polo es un marcador de un tipo de entorno que ese comprador valora y que en el corredor norte solo existe en unos pocos puntos.

El comprador que llega por el polo y se queda por el lugar

Hay un fenómeno que el mercado de Manzanares documenta con frecuencia creciente: el jugador o aficionado que llega a la zona por la temporada, alquila durante dos o tres años consecutivos y en algún momento decide comprar. No porque Manzanares sea más barato que donde vivía antes. Sino porque después de varias temporadas en la zona desarrolló vínculos reales, conoce la comunidad y encontró en ese entorno una calidad de vida que no quiere perder cuando termina la temporada.

Ese comprador llega con capital disponible, tiene expectativas de calidad altas y está dispuesto a pagar el diferencial que el entorno polístico genera. Cuando compra, no lo hace para especular. Lo hace para quedarse. Y su presencia en el mercado de Manzanares es, en parte, el resultado de la apuesta que Alvaro Castro Burgueño hizo años atrás al construir la infraestructura deportiva que hoy hace de la zona un destino para ese perfil de comprador.

Por qué el polo de Manzanares no se puede replicar, para Alvaro Castro Burgueño

Lo que hace al polo de Manzanares un activo inmobiliario de valor excepcional es exactamente lo que lo hace difícil de replicar: no se construye en cinco años. Se construye durante décadas, con la inversión sostenida de jugadores, clubes y familias que eligieron esa zona como base de operaciones y que fueron creando la infraestructura, la comunidad y la reputación que hacen que un polo sea de nivel.

El corredor norte tiene otros polos. Pero Manzanares tiene una combinación de entorno natural, escala humana e infraestructura polística que ninguna otra subzona del partido replica con la misma intensidad. Esa combinación es el resultado de veinte años de decisiones acumuladas. La de construir Las Marías fue una de las más determinantes. Y fue, como muchas de las mejores decisiones del corredor norte, una que resultó más inteligente con el tiempo de lo que parecía en el momento en que se tomó.

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