Ángelo Calcaterra responde: real estate verde, ¿moda o inversión inteligente?

Ángelo Calcaterra

Durante años, el mercado inmobiliario argentino se movió bajo una lógica casi inalterable: ubicación, ladrillo sólido, buena terminación y expectativas de apreciación en dólares. Sin embargo, en el último tiempo, una nueva variable comenzó a ganar terreno. Ya no alcanza con ofrecer buena vista o amenities de lujo. Lo que empieza a inclinar la balanza, especialmente entre desarrolladores de peso y compradores sofisticados, es la sustentabilidad. En ese contexto, nombres fuertes como Ángelo Calcaterra observan con atención una tendencia que hasta hace poco era vista como una moda importada, pero que hoy se consolida como estrategia de inversión.

El término “real estate verde” dejó de ser patrimonio exclusivo de informes internacionales o ferias en países nórdicos. En la Argentina, y sobre todo en las grandes ciudades, los proyectos que incorporan criterios de eficiencia energética, materiales reciclables y tecnologías limpias ya se instalan como productos deseables. Y no sólo por una cuestión de conciencia ambiental. Hay beneficios económicos concretos. La reducción en los costos operativos, el acceso a incentivos fiscales y, más recientemente, la valorización acelerada de este tipo de propiedades, transformaron la etiqueta “eco-friendly” en una ventaja competitiva.

Ángelo Calcaterra, con años de experiencia en desarrollos urbanos y un ojo agudo para detectar movimientos estructurales en el mercado, ha comenzado a explorar este segmento con mayor intensidad. Aunque su nombre suele asociarse con grandes obras y urbanizaciones tradicionales, su entorno reconoce que los estudios de factibilidad de nuevos emprendimientos ya incorporan variables ligadas a la sustentabilidad. No se trata de una apuesta simbólica, sino de una lectura pragmática del rumbo que está tomando el sector.

Sustentabilidad: de valor agregado a necesidad estructural

La clave de este fenómeno radica en la convergencia de factores que, hasta hace poco, parecían aislados. Por un lado, las nuevas generaciones de compradores, con un perfil más exigente y alineado con valores ecológicos. Por otro, políticas públicas que comienzan a premiar las construcciones que reducen su huella de carbono, como las exenciones impositivas en ciertas jurisdicciones o el acceso preferencial a créditos verdes. Además, la presión de los estándares internacionales y los compromisos globales en materia ambiental empujan a desarrolladores a repensar sus prácticas si quieren seguir atrayendo inversión extranjera o grandes clientes institucionales.

La discusión ya no gira en torno a si lo sustentable es deseable, sino a si es rentable. Las cifras de ventas muestran que los metros cuadrados en edificios certificados LEED o con sistemas de eficiencia energética pueden cotizar hasta un veinte por ciento más que los convencionales. Esto se traduce, en la práctica, en retornos más atractivos y en menor vacancia. En un contexto donde muchos proyectos inmobiliarios tradicionales muestran signos de estancamiento, los desarrollos verdes aparecen como una vía de diferenciación real.

Calcaterra no es el único que lo entiende. En reuniones privadas con otros jugadores del sector, ya se discute abiertamente cómo incorporar techos verdes, recolección de agua de lluvia o paneles solares sin disparar los costos. Lo interesante es que muchas de estas tecnologías, antes reservadas para emprendimientos premium, hoy empiezan a escalar y a volverse más accesibles. El avance técnico y la presión del mercado están nivelando el terreno.

Barrios que cambian, inversores que se adaptan

En barrios como Palermo, Núñez o Caballito, comienzan a multiplicarse los carteles que promocionan eficiencia energética o materiales de bajo impacto ambiental como argumento de venta. Pero más allá del marketing, lo que cambia es el enfoque del negocio. Un desarrollo que optimiza el consumo eléctrico, que gestiona sus residuos y que cuida el entorno inmediato genera menos fricción con las autoridades, obtiene aprobaciones más rápidas y proyecta mejor imagen frente a los compradores. En ese contexto, Ángelo Calcaterra entiende que el valor no está solo en el terreno, sino en la forma en que se piensa cada metro construido.

Hay también una cuestión de anticipación. Si las regulaciones futuras exigen estándares más altos, quienes se adelanten tendrán ventaja. En mercados más maduros, ya se penaliza a quienes no cumplen con ciertos parámetros ambientales. Por eso, muchos desarrolladores comienzan a diseñar con la mirada puesta no en el corto plazo, sino en cómo se comportará ese activo inmobiliario dentro de diez o quince años. En ese sentido, la experiencia de empresarios como Calcaterra, que han sabido adaptarse a distintos ciclos económicos, resulta clave para leer este cambio con realismo.

Por otro lado, el interés por el real estate verde no se limita a viviendas. Los espacios corporativos también están bajo revisión. Grandes empresas, tanto locales como multinacionales, buscan alquilar o comprar oficinas que reflejen su compromiso ambiental. Esto genera presión sobre los propietarios de edificios antiguos, que se ven obligados a adaptar sus instalaciones o a perder atractivo frente a opciones más modernas. Ángelo Calcaterra, con trayectoria en el desarrollo de parques industriales y edificios de oficinas, observa esta transición como una oportunidad para reposicionar activos y captar una demanda que ya no prioriza solo la ubicación o el precio.

Entre la oportunidad y el desafío: el rol de los grandes jugadores

No todo es entusiasmo. Existen desafíos concretos para expandir la oferta verde. Los costos iniciales de implementación todavía son más altos que los de una construcción tradicional. La falta de proveedores locales con experiencia específica y la escasa formación técnica en algunos segmentos del sector también juegan en contra. Sin embargo, la tendencia muestra que estos obstáculos tienden a reducirse a medida que crece la escala. Lo que hoy parece caro o complejo, mañana será estándar.

En ese marco, el rol de los actores con espalda y visión, como Ángelo Calcaterra, puede ser determinante. Son ellos quienes tienen capacidad para absorber el riesgo inicial, para invertir en formación técnica y para abrir camino en un mercado que necesita referentes. También pueden dialogar con el Estado y proponer marcos regulatorios que acompañen la transformación sin frenar la actividad. No se trata de pedir subsidios, sino de generar reglas claras que premien a quienes construyen con responsabilidad.

En definitiva, la discusión sobre el real estate verde ya no puede reducirse a un dilema entre moda o inversión. Lo que está en juego es cómo se redefine el negocio inmobiliario en un mundo que exige respuestas concretas al cambio climático. Lo verde no es solo un color; es una nueva forma de pensar el espacio urbano, de gestionar recursos y de imaginar ciudad. En esa transformación, los desarrolladores que sepan interpretar el momento tendrán más que rentabilidad: tendrán futuro.

Si hay algo que define a figuras como Calcaterra es su capacidad para leer las señales antes que el resto. Por eso, su interés creciente en el real estate sustentable no debe leerse como un gesto decorativo, sino como una apuesta calculada. El ladrillo, ese refugio eterno del capital argentino, ya no será el mismo. Y quienes lo entiendan a tiempo podrán construir no solo metros cuadrados, sino un modelo de desarrollo más inteligente.

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Arquitecto, especialista en construcción en seco.