Los cancilleres de Corea del Sur, el Reino Unido, Francia, Canadá y más de cuarenta países celebraron una videoconferencia de emergencia para coordinar respuestas ante el bloqueo prolongado del estrecho de Ormuz. Las consecuencias ya superan el plano energético: además del petróleo crudo y el GNL, el corte de esta ruta amenaza el suministro de nafta, helio y, en un horizonte cada vez más cercano, la seguridad alimentaria global.
Por el estrecho de Ormuz transita un tercio del comercio mundial de urea, insumo esencial para los fertilizantes nitrogenados. Si esa vía se cierra de forma sostenida, la producción agrícola a escala planetaria entra en zona de riesgo.
El conflicto en Medio Oriente escala hacia un escenario que ningún actor puede anticipar con certeza. El presidente Donald Trump amenazó con atacar infraestructura civil iraní —incluyendo plantas nucleares y puentes— con la advertencia de estar «a 48 horas de las puertas del infierno». Irán respondió con una estrategia de desgaste: bloqueo prolongado y paso selectivo de embarcaciones, una táctica de división que busca fragmentar la respuesta occidental. Israel atacó instalaciones energéticas iraníes y la planta nuclear de Bushehr. Europa y Japón buscan salidas individuales, sin una respuesta multilateral coordinada a la vista.
Aun cuando el conflicto cese, el riesgo estructural no desaparecerá. Irán ha demostrado una capacidad asimétrica de bajo costo y alta eficiencia: drones, minas y embarcaciones rápidas que neutralizan la superioridad naval estadounidense y occidental. La incorporación de los hutíes y otros actores no estatales convirtió al estrecho de Ormuz en un punto de presión capaz de desestabilizar la economía global con recursos mínimos. Los ataques a centros de datos regionales y plantas desalinizadoras amplían el daño más allá de lo energético.
Corea del Sur, cuya dependencia del estrecho supera el 70% en importaciones de petróleo crudo y nafta, no puede permanecer expuesta a esta vulnerabilidad estructural. La diversificación de corto plazo es limitada, pero la construcción de resiliencia es urgente. El caso del GNL ofrece un precedente alentador: hace una década, Qatar concentraba el 35% de las importaciones surcoreanas; hoy, gracias a la diversificación hacia Australia, Estados Unidos y el Sudeste Asiático, esa participación cayó al 15%.
El desafío inmediato es técnico y financiero a la vez: las refinerías surcoreanas están optimizadas para el crudo pesado de Medio Oriente, por lo que adaptar esa infraestructura para procesar crudo estadounidense o ruso requiere inversión acelerada. Ampliar las reservas estratégicas de helio —insumo crítico para la industria de semiconductores— es otra prioridad que no admite demora.
En una era de riesgo geopolítico permanente, la competitividad nacional ya no se mide por el acceso a las fuentes más baratas, sino por la capacidad de garantizar las más seguras. Restructurar cadenas de suministro diseñadas exclusivamente sobre criterios de costo es hoy una cuestión de seguridad nacional, no de optimización económica.
Co-fundador de ReporteAsia.














