En plena modernización nacional en los 90. Argentina transformó su política exterior en una fuerza moral global. Bajo el liderazgo del Presidente Carlos Saul Menem, Argentina se unió masivamente a las misiones de paz de la ONU, participó en la liberación de Kuwait y ayudó a restaurar la democracia en Haití, dejando una huella duradera en la diplomacia internacional.
La pregunta que cambió la historia
Era septiembre de 1989. El mundo parecía resquebrajarse y recomponerse al mismo tiempo: el Muro de Berlín tambaleaba (cayó el 9 de noviembre de ese año), la Unión Soviética entraba en su ocaso y una nueva arquitectura global comenzaba a gestarse. En Nueva York, la Asamblea General de las Naciones Unidas reunía a los líderes de un planeta que se reordenaba geopolíticamente.
En ese contexto, el recién asumido presidente argentino Carlos Saúl Menem -que había debido adelantar su toma de posesión seis meses por la crisis interna- participaba por primera vez de la Asamblea. Su país atravesaba la hiperinflación, los saqueos, la desconfianza social y la insubordinación militar. Argentina, además, estaba inhabilitada para votar en los organismos multilaterales por falta de pago: un símbolo de aislamiento político y financiero.
Durante esa semana, como es tradición, el Presidente de los Estados Unidos ofreció la cena anual de honor a los jefes de Estado que participan de la Asamblea de la ONU, en la propia sede de las Naciones Unidas, en el corazón de Manhattan. Fue allí, en ese escenario solemne, donde Menem conoció al presidente George H. W. Bush.
Entre los saludos protocolares, el presidente argentino rompió el guión diplomático y, con una mezcla de espontaneidad y determinación, se dirigió a Bush con una frase inesperada:
“Presidente, ¿en qué puedo ayudarte?”
Bush pidió la traducción dos veces. Pensó que había oído mal. ¿Cómo podía un líder del Sur, de un país en crisis, ofrecer ayuda al presidente de la principal potencia mundial? Pero cuando comprendió que no había error, sonrió y respondió con serenidad:
“Por supuesto que puedes ayudarme. Estados Unidos necesita aliados que colaboren con las fuerzas de paz de las Naciones Unidas para cuidar la paz del Mundo”
Menem, sin dudar, replicó:
“Cuenta con eso. Así lo haré.”
En menos de cinco minutos, en el marco de una cena de Estado entre docenas de líderes mundiales, Argentina selló su regreso al escenario internacional. No por un tratado comercial ni un préstamo financiero, sino por una promesa ética: ayudar a cuidar la paz del mundo.

El retorno argentino a la escena global
Al día siguiente, Menem viajó a Washington y fue recibido en la Casa Blanca. Bush lo invitó a recorrer los jardines y a saludar a su esposa, Bárbara. Fue el inicio de una relación cordial y política que trascendió los protocolos: desde entonces, serían “George, Carlos y Bárbara”.
La reunión bilateral sentó las bases de una alianza que marcó una nueva etapa de la diplomacia argentina. En un planeta que transitaba del bipolarismo al liderazgo único de Estados Unidos, Menem entendió que la Argentina debía ser un actor confiable del nuevo orden mundial.
Mientras muchos países del Sur optaban por el aislamiento, Argentina eligió reintegrarse al sistema internacional con dignidad. Menem había convertido una cena en un compromiso, y un compromiso en una doctrina:
“La Argentina ayudará a mantener la paz del mundo.”
De Kuwait a la historia
Un año después, el dictador iraquí Saddam Hussein invadió Kuwait, desafiando al derecho internacional y al sistema multilateral. La comunidad internacional reaccionó. Bush pidió a la ONU formar una coalición para liberar al pequeño emirato. Treinta y cuatro países respondieron al llamado. De América Latina, sólo uno: Argentina.
El canciller Domingo Cavallo anunció en cadena nacional la decisión de Menem de integrar la coalición. Argentina envió un destructor, dos corbetas, dos helicópteros y contingentes de marinos y aviadores. Fue una decisión audaz, que dividió opiniones, pero que situó al país en el centro del tablero diplomático global.
La operación “Tormenta del Desierto” duró seis meses y medio. Al finalizar, el reconocimiento internacional fue inmediato. Kuwait expresó gratitud eterna a la Argentina y a su presidente. El Emirato incorporó al país en la lista de naciones elegibles para créditos blandos del Kuwait Fund for Arab Economic Development, un fondo que hoy sigue financiando obras claves como el acueducto Santa Fe-Córdoba, y diversos otros créditos para Córdoba, San Juan, Santa Fe, ahora tramitándose para otras provincias. Los montos anuales son de aproximadamente 50 millones de dólares y esta línea de crédito existe desde el año 2000.
Durante la guerra, el 8 de febrero de 1991 Bush llamó a Menem desde Camp David para agradecerle y mantenerlo informado sobre el avance de las operaciones. Esa conversación, conservada en los archivos desclasificados de la Casa Blanca, muestra el respeto mutuo entre ambos líderes. Bush informó:
“Tenemos supremacía aérea total. Pero quiero asegurarte que no apuntamos a civiles ni a lugares sagrados. Los ataques han sido precisos.”

Menem respondió con visión y humanidad:
“Espero que esta guerra sea lo más breve posible. Sería maravilloso si después pudiéramos trabajar juntos por la paz en todo Oriente Medio. Sabes que Argentina está dispuesta a ayudarte.”
Esa llamada simbolizó el nacimiento de una relación estratégica entre ambos países. En 1997, Estados Unidos otorgó a la Argentina el estatus de “Major Non-NATO Ally”, un reconocimiento reservado a los aliados más confiables de Washington.
Diplomacia del coraje
La decisión de Menem de enviar tropas no fue oportunismo ni sometimiento. Fue realismo con propósito. En un mundo que redefinía sus equilibrios, la Argentina eligió estar del lado de la paz y del derecho internacional.
Fue, en esencia, una política de confianza activa: colaborar con las Naciones Unidas, fortalecer la institucionalidad global y recuperar la credibilidad de un país que había sido marginado.
Años después, Menem sintetizó esa filosofía:
“Preferimos estar en el mundo y no fuera de él.”

Los soldados argentinos por la paz
Desde 1958, Argentina había participado en misiones de observación de la ONU. Pero fue durante la presidencia de Menem cuando el país se convirtió en uno de los mayores contribuyentes de tropas para el mantenimiento de la paz.
Entre 1989 y 1999, más de 10.500 soldados argentinos sirvieron bajo bandera de las Naciones Unidas en Angola, Mozambique, Ruanda, Chipre, Camboya, Haití, Croacia, Medio Oriente y Timor Oriental.
En Haití, ayudaron a reconstruir la democracia. En Mozambique, limpiaron de minas los campos agrícolas. En Timor, acompañaron el nacimiento de un Estado. En los Balcanes, interpusieron su presencia entre ejércitos enemigos.
Fueron soldados del valor silencioso, guardianes del orden en medio del caos.
Formación y legado: el CAECOPAZ
En 1994, el ministro de Defensa Oscar Camilión creó el Centro Argentino de Entrenamiento Conjunto para Operaciones de Paz (CAECOPAZ), una verdadera escuela de diplomacia militar. Su inspiración fue el legado del canciller Carlos Saavedra Lamas, Premio Nobel de la Paz en 1936 por mediar en la Guerra del Chaco.
El CAECOPAZ formó contingentes propios y de países vecinos, y se convirtió en modelo global. Enseña idiomas, derecho internacional humanitario, logística y negociación. Es la fábrica del “soft power” argentino: un poder basado en la cooperación, el respeto y la profesionalización.
El propio Kofi Annan, entonces Secretario General de la ONU, visitó el centro y expresó:
“La Argentina ha demostrado que los países en desarrollo pueden liderar con dignidad, disciplina y corazón.”

Cascos Blancos: la diplomacia humanitaria
La visión de Menem fue más allá de lo militar. En 1994 impulsó la creación de los Cascos Blancos, un cuerpo civil humanitario destinado a brindar asistencia en catástrofes y emergencias internacionales.
Su lanzamiento, respaldado por el Secretario General Boutros Boutros-Ghali, fue transmitido por videoconferencia entre la ONU y Santa Victoria Este, en la provincia de Salta, donde Menem presentó oficialmente la iniciativa junto a los presidentes de Bolivia y Paraguay.
Los Cascos Blancos fueron pioneros en el mundo: un modelo de cooperación civil entre naciones. Décadas después siguen activos, desplegados en zonas de desastre, epidemias y crisis humanitarias. Representan el rostro más humano del “poder blando” argentino.

Telecomunicaciones para la paz
Como Secretario de Comunicaciones, me correspondió coordinar un aporte técnico esencial para las misiones argentinas: la donación de teléfonos satelitales Iridium.
El sistema Iridium, de órbita baja y cobertura global, permitió que las fuerzas argentinas en misiones de paz mantuvieran contacto seguro en zonas aisladas. Se entregaron más de 180 equipos satelitales al Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea, la Prefectura, la Gendarmería y los Cascos Blancos, junto con dos centrales MXUS conectadas a la red nacional.
El entonces Jefe del Estado Mayor del Ejército, General Martín Balza, agradeció personalmente en nombre de las fuerzas, entregándome el libro “Soldados Argentinos por la Paz”, una obra que testimonia con fotos y mapas la entrega de nuestros compatriotas en el terreno.
Detrás de cada conexión satelital había una convicción: la tecnología también puede servir a la paz.
Un país del Sur que eligió ser del mundo
Mientras otros países del Sur se replegaban, Argentina eligió integrarse. Comprendió que la soberanía no se defiende con aislamiento, sino con participación.
La década de 1990 mostró que la política exterior puede ser una forma de justicia: la de estar presentes donde otros sufren.
Argentina se convirtió en el país latinoamericano que más tropas aportó a la ONU, profesionalizó sus fuerzas y consolidó su prestigio internacional.
No fue sólo política exterior: fue una política de dignidad nacional.

El eco del legado
Hoy, en un planeta nuevamente asolado por guerras, desplazamientos y tensiones ideológicas, aquella decisión de Menem resuena con fuerza.
Mientras proliferan los discursos de odio, la experiencia argentina de los años 90 recuerda que un país puede proyectar liderazgo no por su tamaño, sino por su compromiso con la paz.
Como escribió Thomas Friedman,
“En un mundo interconectado, la paz no pertenece a las grandes potencias; pertenece a quienes se atreven a defenderla.”
Cascos Azules argentinos: los guardianes de la esperanza
Cada bandera argentina desplegada bajo el emblema azul de la ONU fue un acto de fe. Cada casco azul con el escudo argentino simbolizó la entrega y la esperanza de un país que decidió cuidar la paz del mundo.
Hoy, cuando el planeta vuelve a encender sus hogueras, vale rendir homenaje a esos soldados, gendarmes y voluntarios que arriesgaron sus vidas por la humanidad.
Menem lo expresó en palabras que hoy cobran un nuevo significado:
“La paz no se decreta; se construye con hombres y mujeres que creen en ella.”
A ellos, a los argentinos que sirvieron en Angola, Haití, Chipre o Timor, a quienes dejaron su familia por un ideal, nuestra gratitud eterna.
Porque hubo un tiempo -no tan lejano- en que un país del fin del mundo decidió ayudar a cuidar la paz del planeta.
Y esa elección, aún hoy, ilumina el camino.
Ex Secretario de Comunicaciones de la Nación. Ex Intendente de la Ciudad de Córdoba, 1999-2003.











