En 2025, un ensayo clínico en el Massachusetts Eye and Ear de Harvard logró un hito: la terapia con células madre para la ceguera corneal permitió que 10 de 14 pacientes recuperaran visión parcial o total. El estudio marca un cambio de paradigma en el tratamiento de lesiones oculares graves y plantea nuevas posibilidades para otras formas de ceguera.
Un accidente y una promesa científica
Phil Durst, técnico de cocina en Alabama, perdió la vista en 2017 cuando un chorro de detergente industrial le quemó la córnea. Los médicos le aseguraron que su ceguera sería irreversible, una sentencia común para quienes sufren quemaduras o químicas o lesiones graves en el ojo. Sin embargo, siete años después, Durst forma parte de un grupo reducido de pacientes en Estados Unidos que ha recuperado parte de la visión gracias a un innovador procedimiento basado en la terapia con células madre para la ceguera corneal.
El tratamiento, desarrollado por la oftalmóloga Ula Jurkunas en el Massachusetts Eye and Ear Hospital, logró reparar los tejidos dañados del ojo utilizando células madre epiteliales obtenidas del otro ojo sano del paciente. Los resultados, publicados en 2025 en Nature Communications, mostraron que en 10 de los 14 pacientes tratados la córnea fue completamente restaurada. A los 18 meses de seguimiento, ninguno mostró efectos adversos graves.
¿Cómo funciona el mecanismo celular de reparación ocular?
La córnea, una fina capa transparente que protege el ojo, se regenera constantemente gracias a un tipo especial de células madre situadas en el limbo, una zona entre la córnea y la esclerótica. Cuando estas células se destruyen, el ojo pierde su capacidad de reparación, provocando cicatrices, sensibilidad extrema a la luz y pérdida total de visión.
En el caso de Durst, su ojo izquierdo perdió casi todas esas células. El procedimiento de Jurkunas consiste en extraer una pequeña muestra de células madre del ojo sano, cultivarlas en laboratorio durante dos semanas en un medio libre de productos animales —para cumplir las exigencias de la FDA— y luego implantarlas sobre la córnea dañada. Este “mantillo celular”, del tamaño aproximado de una moneda, actúa como base regeneradora para que los tejidos vuelvan a ser funcionales.
Durante las semanas posteriores a la cirugía, los médicos controlan la integración del injerto, un proceso que Jurkunas compara con trasplantar una planta: “La célula necesita enraizarse para sostener el tejido ocular”.
La evolución de una idea: de Japón a Estados Unidos
La base de esta técnica proviene de los trabajos del profesor Shigeru Kinoshita, de la Universidad de Medicina de Kioto, quien en 2006 logró regenerar córneas dañadas utilizando células madre limbares. Sin embargo, sus primeros medios de cultivo dependían de compuestos animales, lo que impidió su aplicación en EE. UU. por riesgos de contaminación viral. Jurkunas adaptó esa metodología, generando un medio de cultivo sintético y biocompatible, y perfeccionó una técnica quirúrgica más eficiente, capaz de multiplicar el número de injertos viables con menor material de origen.
Desde 2010, los avances han sido progresivos. En Europa y Asia se habían autorizado procedimientos similares en más de 400 pacientes, según reportes del European Society of Cornea and Ocular Surface Disease Specialists. No obstante, el ensayo de Harvard representa el primero realizado bajo estándares regulatorios completos de la FDA.
¿Por qué la ceguera corneal sigue siendo un desafío global?
La Organización Mundial de la Salud estima que más de 12 millones de personas sufren algún grado de ceguera o discapacidad visual por afecciones corneales. Las causas van desde infecciones y traumatismos hasta deficiencias nutricionales. En regiones con bajos recursos, especialmente en África y el sur de Asia, el acceso al trasplante de córnea es limitado y dependiente de donaciones. Solo uno de cada 70 pacientes en el mundo que lo necesita accede efectivamente a un injerto adecuado.
Ante ese panorama, las soluciones basadas en células madre ofrecen una alternativa prometedora: la posibilidad de usar las propias células del paciente (autólogas) o, en un futuro, cultivos de donantes que puedan almacenarse en bancos de tejidos.
En el caso de Durst, tras la cirugía, su visión pasó de nulidad total a distinguir objetos grandes y letras a corta distancia. “Puedo leer el nombre de una bebida, aunque se vea a través de un vidrio empañado”, dijo en entrevista con The Boston Globe. La diferencia más significativa fue la desaparición del dolor crónico, un cambio que le permitió retomar hábitos básicos como cocinar y manejar tareas domésticas.
Impacto clínico del ensayo y próximas etapas
El estudio de Jurkunas aún se encuentra en fase II de los procesos de aprobación estadounidenses. El siguiente paso es ampliar la muestra a varios centros hospitalarios, con seguimiento a más de 100 pacientes durante tres años. Si los resultados confirman la eficacia y seguridad, podría solicitarse autorización de comercialización a la FDA, abriendo el camino para su aplicación clínica regular hacia 2027 o 2028.
Thomas Steinemann, especialista en traumatismos oculares del MetroHealth Medical Center en Cleveland, definió los resultados como “alentadores y sin precedentes en términos de regeneración tisular ocular”. Según explicó, las alternativas actuales —trasplantes de córnea de donante— conllevan un riesgo de rechazo de hasta 30 % y requieren inmunosupresores de por vida. En cambio, el uso de células propias reduce esa posibilidad casi a cero.
¿Podría esta técnica aplicarse a otras formas de ceguera?
Los resultados obtenidos en la regeneración de la córnea han impulsado nuevas líneas de trabajo enfocadas en otras estructuras del ojo, como la retina y el nervio óptico. Investigaciones paralelas en el Instituto Stein de UCLA y en clínicas de Alemania han mostrado progresos tempranos en trasplantes de células madre neuronales que podrían recuperar la función visual en casos de glaucoma o degeneración macular.
Más de 8 millones de personas en el mundo padecen degeneración macular asociada a la edad, y otros 4 millones viven con ceguera total o parcial por glaucoma. Si los ensayos actuales confirman la integración funcional de las células trasplantadas, se abriría un campo terapéutico sin precedentes que complementaría técnicas ya utilizadas en enfermedades como la diabetes tipo 1, donde células madre modificadas genéticamente comenzaron a reemplazar a las productoras de insulina.
En el caso ocular, el desafío radica en conectar las neuronas regeneradas con las rutas cerebrales existentes, un proceso que requiere no sólo ingeniería genética, sino comprensión detallada de la neuroplasticidad visual.
Nuevos modelos de producción: del paciente al biobanco
Uno de los dilemas logísticos que enfrenta la expansión de la terapia con células madre para la ceguera corneal es el acceso a material donante. Actualmente, solo los pacientes con un ojo funcional pueden ser candidatos al trasplante autólogo. Para los casos bilaterales, el laboratorio de Jurkunas trabaja en un modelo de cultivo derivado de tejido cadavérico. El reto es evitar que el sistema inmunitario rechace esas células. Por ello, se está experimentando con edición genética CRISPR para eliminar antígenos responsables de la respuesta inmunológica.
Si estas técnicas prosperan, podrían conformarse biobancos de limbos oculares compatibles a nivel genético, listos para ser utilizados en emergencias. Este tipo de infraestructura, según proyecciones de la American Academy of Ophthalmology, podría reducir en un 60 % los tiempos de espera y costos quirúrgicos.
Perspectivas económicas y éticas
El costo estimado de un procedimiento experimental como el de Durst ronda los 40,000 a 50,000 dólares, un valor comparable al de un trasplante de córnea tradicional en Estados Unidos. Sin embargo, los especialistas prevén una disminución significativa si el proceso se estandariza. En países como Japón, donde terapias similares han sido parcialmente aprobadas desde 2020, los precios han caído hasta 60 % en menos de cuatro años gracias a la automatización del cultivo celular.
Desde el punto de vista ético, la aplicación de células madre en humanos ha enfrentado resistencia, especialmente cuando provienen de embriones. No obstante, los procedimientos corneales actuales utilizan exclusivamente células epiteliales adultas del propio paciente o de donantes fallecidos, sin implicaciones embrionarias. Las principales asociaciones de bioética consideran que los marcos regulatorios vigentes garantizan la transparencia y seguridad del proceso.
La visión como derecho: desafíos de equidad global
Los avances tecnológicos en países desarrollados contrastan con realidades más precarias. En muchas naciones de ingresos medios y bajos, la ceguera tratable continúa siendo una causa frecuente de exclusión social. La OMS calcula que el 90 % de las personas con discapacidad visual vive en regiones sin acceso regular a servicios oftalmológicos especializados. Iniciativas internacionales, como el programa Visión 2030, buscan financiar ensayos colaborativos que permitan trasladar innovaciones como la terapia con células madre para la ceguera corneal a contextos con menos recursos.
Organizaciones sin fines de lucro, entre ellas el Seva Foundation y el Fred Hollows Foundation, ya han anunciado interés en crear alianzas con universidades estadounidenses y asiáticas para capacitar cirujanos y transferir tecnología. La posibilidad de crear laboratorios regionales de cultivo celular marcaría una transición importante: de la dependencia de donantes externos a la autosuficiencia terapéutica.
Un futuro en construcción
Cinco años después de su accidente, Phil Durst sostiene un equilibrio frágil entre esperanza y adaptación. Aunque su visión aún es limitada, su autonomía volvió. Casos como el suyo reactivan un debate profundo: la línea entre la reparación biológica y la reconstrucción de la identidad humana después de la pérdida sensorial.
La revolución científica que impulsa Jurkunas no se limita a recuperar córneas; redefine los límites de lo que la medicina regenerativa puede hacer por la vista. Si la aprobación regulatoria sigue su curso, los próximos años podrían ver el paso de un tratamiento experimental a un procedimiento rutinario en hospitales. En palabras de la propia investigadora, “lo que comenzó como una prueba de laboratorio podría cambiar la forma en que entendemos la capacidad del ojo para sanar”.
Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.

