Un extenso estudio realizado en Suecia y publicado por The BMJ revela que el autismo podría afectar a mujeres y hombres en proporciones más equitativas de lo que se ha creído durante décadas. La investigación, basada en datos de más de 2,7 millones de individuos nacidos entre 1985 y 2022, evidencia un cierre progresivo de la brecha de diagnósticos entre ambos sexos, especialmente en la adolescencia. Esta constatación pone sobre la mesa la necesidad de revisar los criterios clínicos utilizados y de entender por qué las mujeres son, en promedio, diagnosticadas más tarde.
Cambio de paradigma en la comprensión del autismo
Durante buena parte del siglo XX, la comunidad científica consideró que el autismo era una condición que afectaba principalmente a los niños. Los primeros estudios clínicos, basados en cohortes reducidas y sesgadas hacia la población masculina, establecieron una relación de diagnóstico de cuatro varones por cada niña. Esta perspectiva influyó en los manuales de clasificación médica, en la educación especial y en las políticas de salud durante décadas.
Sin embargo, el trabajo reciente publicado por The BMJ –basado en registros nacionales suecos que abarcan casi cuatro décadas– pone en cuestión esta diferencia. El estudio observó a 2,7 millones de personas y documentó que 78.522 recibieron un diagnóstico de trastorno del espectro autista (TEA), equivalente al 2,8% de la población examinada. Los datos muestran que, aunque en la infancia los varones siguen siendo diagnosticados con mayor frecuencia, las tasas en mujeres aumentan notablemente durante la adolescencia y tienden a equipararse en la adultez temprana.
¿Por qué se pensaba que el autismo era más común en varones?
Históricamente, los modelos diagnósticos de autismo se definieron a partir de observaciones conductuales en niños. Desde los trabajos de Leo Kanner en 1943 y Hans Asperger en 1944, las muestras clínicas masculinas predominaron. Algunos expertos argumentan que esta concentración inicial creó un modelo masculino de autismo, invisibilizando rasgos distintos que suelen presentarse en mujeres.
Las niñas con TEA tienden a desarrollar estrategias de enmascaramiento social más elaboradas, imitando las conductas de sus pares neurotípicos o adaptando su lenguaje corporal. Ese fenómeno complica el reconocimiento clínico, especialmente en contextos educativos donde las conductas disruptivas suelen ser el primer motivo de derivación. Así, mientras los niños suelen ser identificados en edad escolar temprana, muchas niñas no reciben diagnóstico hasta la adolescencia o incluso la adultez.
El estudio sueco introduce una visión más amplia. Los investigadores encontraron que entre los 10 y 14 años las tasas más altas de diagnóstico correspondían a varones, con 645,5 casos por cada 100.000 personas-año. En el grupo de 15 a 19 años, las cifras en mujeres alcanzaban 602,6 por cada 100.000, reduciendo significativamente la diferencia previa. Para los 20 años, la proporción masculina-femenina prácticamente se igualaba.
¿Qué factores podrían explicar el aumento de diagnósticos de autismo en mujeres?
Diversos factores podrían estar contribuyendo a esta tendencia. En primer lugar, los criterios diagnósticos del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) han evolucionado con el tiempo. A partir de la quinta edición, se adoptó una visión más dimensional del espectro autista, facilitando la detección de presentaciones menos evidentes.
Además, la mayor conciencia social y el acceso a información especializada permiten que muchas mujeres adultas busquen evaluaciones clínicas por sí mismas, a menudo después de años de diagnósticos erróneos relacionados con ansiedad, depresión o trastornos de la personalidad. Esta autodefensa diagnóstica también se observa en comunidades digitales donde se comparte experiencia vivida y herramientas de identificación.
El envejecimiento de las cohortes también desempeña un papel relevante. A medida que la generación nacida a partir de los años ochenta envejece, los registros nacionales pueden reflejar mejor una población más sensibilizada ante la neurodiversidad y menos restringida por los paradigmas de género tradicionales.
El contexto histórico global: del estigma a la visibilidad
Durante los años setenta y ochenta, la tasa global estimada de autismo era de uno por cada 2.000 nacimientos. Hoy, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE. UU., se aproxima a uno por cada 36. Parte de esa variación responde a definiciones más amplias del espectro, mejoras en la detección temprana y un mayor acceso a recursos de diagnóstico.
Sin embargo, las diferencias por género no evolucionaron de forma proporcional. En numerosos países, los varones continuaron siendo diagnosticados con una frecuencia cuatro veces superior a las mujeres. Las evidencias más recientes, incluyendo el registro longitudinal sueco, sugieren que esta brecha es artificial y refleja una limitación metodológica más que una diferencia biológica.
Una revisión sistemática de 2022 publicada en Autism Research estimó un cociente global masculino-femenino de 3:1, pero señaló que en estudios basados en cribado poblacional sin sesgo de derivación, la proporción bajaba a 2:1 o incluso 1,5:1. Estos resultados apuntan a un subdiagnóstico persistente en mujeres y niñas.
¿Qué implicaciones tiene este hallazgo para la práctica médica?
El hallazgo principal del estudio sueco —la posible equiparación del diagnóstico de autismo entre hombres y mujeres en la adultez— plantea desafíos concretos para los sistemas de salud y para la formación de profesionales clínicos. Los investigadores destacan que las herramientas de evaluación deben adaptarse a perfiles más variados y contemplar diferencias en la expresión del comportamiento social.
La profesora Anne Cary, defensora y paciente con diagnóstico de TEA en la edad adulta, subrayó en un editorial vinculado al estudio que muchas mujeres “son diagnosticadas erróneamente con trastornos del ánimo o de personalidad mientras intentan explicar sus dificultades sociales”. Esta situación prolonga el malestar psicológico y retrasa intervenciones adecuadas.
En la práctica clínica, integrar perspectivas diferenciadas por género podría mejorar la identificación temprana. Por ejemplo, algunos protocolos de observación conductual se están rediseñando para incluir formas menos visibles de restricción de intereses, patrones de comunicación matizados y sensibilidad sensorial variable. Estas adaptaciones resultan críticas para evitar que el diagnóstico dependa exclusivamente de manifestaciones externas más típicas en varones.
¿Cómo se realizó el estudio y cuáles son sus límites?
El análisis sueco se basa en una muestra poblacional excepcionalmente amplia: aproximadamente el 100% de la población nacida entre 1985 y 2022 en el país. Los registros médicos nacionales, cruzados con bases escolares y de salud mental, permitieron seguir a cada persona hasta por 37 años. En total, 78.522 individuos recibieron diagnóstico de autismo, con una edad promedio de diagnóstico de 14,3 años.
A pesar de su envergadura, la investigación tiene limitaciones. Los autores señalan que se trata de un estudio observacional, lo cual impide establecer causalidad. Tampoco se ajustaron completamente variables como la influencia genética familiar o la salud mental de los padres. Otros factores, como la coexistencia de trastornos por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) o discapacidad intelectual, podrían alterar la estadística de diagnósticos.
Los investigadores sugieren que futuras investigaciones incluyan estudios genéticos y longitudinales más específicos para desentrañar si existen diferencias biológicas sustantivas entre sexos o si las disparidades observadas son exclusivamente socioculturales.
Tendencias internacionales y políticas públicas emergentes
Otros países europeos han empezado a observar fenómenos similares. En Reino Unido, el National Health Service reportó en 2023 un aumento del 150% en solicitudes de evaluación de autismo en mujeres adultas respecto a 2017. En Canadá, datos de la provincia de Ontario muestran una reducción gradual del ratio masculino-femenino gracias a nuevas estrategias de detección en escuelas secundarias.
Estas transformaciones están promoviendo cambios institucionales. Algunas jurisdicciones están revisando los protocolos de evaluación pediátrica para incluir herramientas de cribado específicas para niñas. También se incrementa la demanda de formación para docentes y orientadores escolares, con el fin de reconocer patrones de comportamiento menos prototípicos.
En América Latina, el debate comienza a abrirse. Aunque los registros oficiales son todavía limitados, organizaciones como la Red Latinoamericana de Autismo impulsan investigaciones comunitarias y programas de capacitación sobre neurodiversidad y género, señalando que la subrepresentación femenina podría estar distorsionando las estadísticas regionales.
Más allá de la cifra: las consecuencias del diagnóstico tardío
El impacto de no recibir un diagnóstico oportuno va más allá de las estadísticas. Numerosas mujeres autistas relatan trayectorias vitales marcadas por la incomprensión y el esfuerzo constante por encajar en contextos sociales exigentes. La falta de reconocimiento temprano se asocia a mayores tasas de ansiedad, depresión y agotamiento psicológico crónico.
Además, cuando el diagnóstico llega en edad adulta, el acceso a apoyos educativos o laborales suele ser limitado. Diversos estudios indican que las mujeres autistas enfrentan mayores obstáculos para integrarse al mercado laboral formal y que las intervenciones tempranas podrían mitigar esta brecha.
La visibilidad creciente del autismo en mujeres también está impulsando transformaciones culturales. Desde universidades hasta medios de comunicación, se amplía la representación de experiencias femeninas autistas, lo que contribuye a desafiar estigmas históricos y a diversificar la comprensión de la neurodiversidad.
Una nueva mirada hacia el futuro del diagnóstico del autismo
El caso sueco actúa como un espejo global: demuestra que las diferencias de género en el diagnóstico de autismo podrían ser, en gran parte, una construcción social más que una realidad biológica determinante. Al mostrar que las tasas se igualan hacia la adultez, el estudio invita a revisar protocolos y a replantear los supuestos sobre cómo se manifiesta el espectro autista en distintas etapas de la vida.
La evidencia sugiere que las políticas públicas deben ir más allá del diagnóstico clínico e incorporar perspectivas de inclusión social y apoyo a lo largo del ciclo vital. Comprender que el autismo puede presentarse de manera diversa, sin estereotipos de género, constituye un paso esencial para construir sistemas de salud y educación más equitativos y basados en la evidencia.
Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.

