El respaldo al ejército de Tailandia a raíz del reciente conflicto fronterizo con Camboya se convirtió en uno de los ejes centrales de la campaña de cara a las elecciones generales previstas para febrero. El fenómeno marca un giro significativo en la opinión pública de un país donde las Fuerzas Armadas han sido, durante décadas, objeto de fuertes cuestionamientos y protestas por su intervención recurrente en la vida política.
La tensión militar en la frontera reavivó un sentimiento nacionalista que encontró expresión, sobre todo, en redes sociales, donde numerosos ciudadanos elogiaron el desempeño de los soldados. Ese clima favoreció al conservador partido Bhumjaithai, liderado por el primer ministro Anutin Charnvirakul, quien adoptó una postura dura frente a Camboya y otorgó amplio margen de acción a los altos mandos militares. Analistas coinciden en que esa cercanía con el estamento castrense le permitió capitalizar el nuevo humor social.
En contraste, el Partido Popular, de perfil liberal y tradicionalmente crítico del rol político del ejército, se vio obligado a moderar su discurso. Su antecesor, Move Forward, había ganado las elecciones anteriores con un mensaje abiertamente antimilitar, aunque luego fue bloqueado por el Senado designado por las Fuerzas Armadas e impedido de formar gobierno. Hoy, el escenario es distinto y la estrategia también.
Las encuestas muestran un panorama ajustado. Si bien el Partido Popular aparece encabezando la intención de voto, distintos observadores anticipan una definición reñida y no descartan una victoria estrecha de Bhumjaithai. Antes de la disolución de la Cámara baja, el Partido Popular contaba con la mayor cantidad de bancas, seguido a distancia por el oficialismo, una relación de fuerzas que explica la intensidad de la disputa.
El cambio de percepción sobre el ejército se refleja también en testimonios ciudadanos. Jarupoom Suwandecha, entrenador deportivo radicado en Bangkok, señaló que su visión de las Fuerzas Armadas mejoró tras el conflicto. Recordó que en el pasado los soldados evitaban incluso usar uniforme en público luego de episodios represivos como los ocurridos a comienzos de la década del noventa. A su juicio, la recuperación de zonas disputadas en la frontera convirtió a los militares en figuras heroicas para parte de la sociedad.
Desde el propio ejército, el portavoz Winthai Suvaree sostuvo que la confrontación permitió que la población comprenda mejor su función en la defensa del país. El conflicto, de larga data, se reactivó tras un enfrentamiento inicial que derivó en meses de violencia y decenas de muertos de ambos lados de la frontera. Aunque se alcanzaron sucesivos acuerdos de alto el fuego con mediación internacional, los incidentes continuaron hasta la firma de una tregua más sólida hacia fin de año.
La lectura dominante en Tailandia fue la de una victoria militar, pese al elevado costo humano, lo que obligó al Partido Popular a recalibrar su mensaje. Su líder, Natthaphong Ruengpanyawut, afirmó públicamente que su espacio nunca despreció a las Fuerzas Armadas y expresó apoyo a la compra de equipamiento militar necesario. Sus declaraciones buscaron cerrar heridas abiertas por antiguos cuestionamientos de referentes del movimiento reformista.
Anutin, por su parte, prometió mantener el control militar en la frontera y avanzar con obras defensivas para evitar nuevas agresiones. Para el politólogo Stithorn Thananithichot, la cercanía entre Bhumjaithai y el ejército, sumada a su rol como gobierno interino, le otorga una ventaja clave. Sin embargo, advirtió que ese respaldo podría diluirse una vez resuelto el conflicto.
A este escenario se suma una economía debilitada, afectada por la caída del turismo y la inestabilidad política. Mientras el oficialismo apuesta a planes de estímulo para sostener su apoyo, el recuerdo de los golpes de Estado y la influencia histórica de los militares siguen presentes. La elección se perfila así como un test decisivo sobre el lugar que las Fuerzas Armadas ocuparán en la Tailandia del futuro inmediato.







