Bajo el marco solemne de las banderas rojas y el busto dorado de Ho Chi Minh, el líder del Partido Comunista, To Lam, proclamó en Hanói el inicio de “una nueva era de desarrollo”. El anuncio no fue una simple formalidad: marcó el lanzamiento de lo que podría convertirse en la transformación económica más ambiciosa de Vietnam en décadas. El objetivo declarado es claro: alcanzar la prosperidad hacia 2045 y consolidarse como la próxima economía “tigre” de Asia, un título que en su momento ostentaron países como Corea del Sur y Taiwán.
El reto, sin embargo, es considerable. La economía vietnamita debe sostener su crecimiento mientras aborda reformas largamente postergadas, enfrenta el envejecimiento poblacional, refuerza su resiliencia climática y moderniza instituciones que ya muestran signos de desgaste. La presión externa también pesa, especialmente tras las críticas de Donald Trump por el abultado superávit comercial de Vietnam con Estados Unidos. Este contexto contrasta con la trayectoria ascendente del país: en 1990, el ingreso promedio anual apenas alcanzaba el equivalente a mil doscientos dólares, mientras que hoy supera los dieciséis mil.
El impulso exportador, motor central del desarrollo vietnamita en las últimas décadas, comienza a mostrar límites. La llegada de fábricas atraídas por las tensiones comerciales entre Washington y Pekín transformó paisajes rurales en zonas industriales conectadas a las cadenas globales. Pero el acuerdo que zanjó las amenazas arancelarias de Trump, con gravámenes del veinte por ciento para la mayoría de los productos y el doble para aquellos sospechosos de transbordo, dejó claro que la dependencia de las ventas externas es vulnerable. Economistas advierten que, sin cambios profundos, Vietnam podría quedar atrapado en el “círculo de ingreso medio”, ese estancamiento que impide dar el salto hacia la alta renta.
A diferencia de Corea, que apostó por la electrónica, o Taiwán, que se volcó a los semiconductores, Vietnam enfrenta un panorama más diverso. El país no puede depender de un único sector, por lo que busca simultáneamente expandir industrias de alto valor añadido como chips, inteligencia artificial y energías renovables, mientras desarrolla grandes obras de infraestructura como una línea ferroviaria de alta velocidad que unirá Hanói y Ciudad Ho Chi Minh en ocho horas.
El cambio más profundo quizá radique en la nueva prioridad otorgada al sector privado. Con la aprobación de la Resolución 68, el Partido Comunista lo reconoce como el motor principal de la economía, desplazando el protagonismo histórico de las empresas estatales y las multinacionales. La meta es crear “campeones nacionales” capaces de competir globalmente, con acceso preferente a créditos, contratos públicos y apoyo para internacionalizarse.
Sin embargo, el margen de maniobra se estrecha por el avance del cambio climático. Inundaciones, tifones y riesgos de aumento del nivel del mar amenazan la infraestructura productiva y podrían arrastrar a millones a la pobreza. Empresas como DEEP C Industrial Zones ya incorporan planes de resiliencia, conscientes de que la adaptación será clave para atraer y retener inversiones.
A esto se suma la transición demográfica: el periodo de mayoría de población en edad laboral finalizará en poco más de una década. Para evitar una caída en la productividad, Vietnam impulsa el envejecimiento saludable, amplía el acceso a la salud preventiva y promueve la participación femenina en el mercado laboral. El desafío es monumental, pero el país parece decidido a jugar todas sus cartas antes de que la ventana de oportunidad se cierre.











