A Lee Soo Man nunca le convenció el título de “Rey del K-pop”. Le parecía excesivo, más propio de un cartel luminoso en Itaewon que de un reconocimiento a su trayectoria. Prefería “Padre del K-pop”, pero los productores del documental de Amazon Prime sobre su vida insistieron: el nombre más audaz funcionaría mejor entre los espectadores estadounidenses. Al final cedió, como tantas veces ha hecho a lo largo de su carrera, adaptándose sin renunciar a su visión. Esa flexibilidad es la que le permitió transformar una industria local en un fenómeno global.
El fundador de SM Entertainment fue incorporado este sábado al Salón de la Fama Asiático, junto a figuras como el basquetbolista Yao Ming, la patinadora Michelle Kwan y el músico Yoshiki. El reconocimiento llega en un momento clave, tras su salida de la empresa que creó en 1995 y que definió la estructura moderna del pop surcoreano. A los setenta y tres años, Lee sigue activo, promoviendo nuevas bandas en China y Estados Unidos y explorando innovaciones tecnológicas aplicadas a la música y la producción audiovisual.
Su historia está marcada por una visión que combinó ingeniería, arte y estrategia. Formado en computación en Estados Unidos, aplicó ese conocimiento a la creación de sistemas de producción minuciosos, desde el entrenamiento de artistas hasta la integración de efectos visuales y narrativas digitales. Fue pionero en el desarrollo de “universos” musicales, tramas que conectan videoclips y álbumes, una idea inspirada en el cine y en la estructura de sagas como las de Marvel. Gracias a eso, grupos como EXO o aespa lograron mantener el interés del público más allá de cada lanzamiento.
El camino hacia el reconocimiento internacional no fue fácil. En 2009, Lee invirtió millones en el debut estadounidense de BoA, una de sus artistas más exitosas, con el tema “Eat You Up”. El proyecto fracasó ante un mercado que aún no estaba preparado para el pop asiático. Aquella experiencia lo llevó a entender que la clave era adaptar las canciones a distintas audiencias sin perder el control creativo. A partir de entonces, comenzó a buscar compositores en Europa, Asia y América, construyendo una red global de talento que se convirtió en el sello distintivo del K-pop.
Su modelo, sin embargo, también ha generado controversia. Las exigentes rutinas de entrenamiento y los contratos de larga duración firmados por artistas de SM Entertainment abrieron debates sobre los derechos de los intérpretes y las condiciones de trabajo en la industria. Lee reconoce los desafíos, pero insiste en mirar hacia adelante. Para él, el K-pop no es solo un negocio, sino un lenguaje que trasciende fronteras y conecta culturas.
En la actualidad, apuesta por convertir a Corea del Sur en un centro de producción creativa para el mundo, convencido de que el futuro del entretenimiento se juega en Asia. Mientras tanto, el documental que repasa su carrera muestra tanto sus aciertos como los problemas más oscuros del sector, entre ellos el acoso en línea y las tragedias personales de algunos artistas. Lee reclama estándares internacionales para proteger a los creadores, pero rechaza el pesimismo. Prefiere que el debate se oriente hacia lo que viene. “K-pop es una nueva forma de comunicación”, afirma. “Y la cultura, cuando se mueve, no hay quien la detenga.”













