En abril de 1891, un cruiser ruso llamado Pamiat Azov fondeaba en la bahía de Nagasaki con un pasajero de 22 años cuyo nombre resonaría después en toda la historia del siglo XX: Nicolás Alexándrovich, zarévich heredero del trono de Rusia y futuro Nicolás II, el último de los Romanov. Su viaje formaba parte de una gran gira asiática de casi diez meses —Egipto, India, Ceilán, Singapore, China— rumbo a Vladivostok, donde debía presidir la ceremonia de inicio de obras del Ferrocarril Transiberiano. Japón no era una escala más: el heredero llegaba con la cabeza cargada de imágenes literarias, alimentadas en parte por la novela de Pierre Loti «Madame Chrysanthème», y con una curiosidad genuina por una cultura que Occidente apenas empezaba a mirar con otros ojos tras la apertura Meiji.
El tatuaje «Dragón ascendente»
En Nagasaki, Nicolás decidió llevarse un souvenir fuera de lo común. Acompañado por su primo, el príncipe Jorge de Grecia y Dinamarca —quien ya lucía tatuajes propios—, hizo subir a bordo del Pamiat Azov a dos maestros tatuadores japoneses, considerados entre los más prestigiosos de su oficio. Durante siete horas de trabajo, uno de ellos completó en su antebrazo derecho un dragón de cuerpo negro, cuernos amarillos, vientre rojo y patas verdes.

El propio Nicolás dejó registro de la experiencia en su diario personal, y las fotografías que se conservan de los años posteriores confirman que llevó esa marca de por vida, oculta bajo la manga en las ceremonias oficiales, mostrada con orgullo en la intimidad de Livadia.
La marca del sable: cicatriz y sangre
La estadía japonesa, sin embargo, dio un giro dramático apenas un par de semanas después. El 11 de mayo de 1891, mientras la comitiva regresaba de una excursión al lago Biwa hacia Kioto, Nicolás viajaba en un rickshaw dentro de una procesión de unos cincuenta vehículos, custodiada por una hilera de policías japoneses en las estrechas calles de la localidad de Ōtsu. Uno de esos agentes, Tsuda Sanzō, se abalanzó sobre el heredero y le asestó un sablazo que le abrió una herida de nueve centímetros en el lado derecho de la frente.
El zarévich alcanzó a saltar del rickshaw y huir, mientras Tsuda intentaba perseguirlo para descargar un segundo golpe. Fue el príncipe Jorge de Grecia quien, con un bastón de bambú que había comprado esa misma mañana, logró frenar al atacante hasta que los conductores de los rickshaws de la comitiva lo redujeron en el suelo.
El llamado «Incidente de Ōtsu» desató una crisis diplomática mayúscula entre Rusia y un Japón que aún estaba lejos de poder competir militarmente con las grandes potencias. El emperador Meiji viajó personalmente para interesarse por el estado de salud del heredero ruso, y el país entero se volcó a un gesto colectivo de disculpa: se enviaron miles de telegramas, una joven se quitó la vida por vergüenza y en la prefectura de Yamagata se llegó a prohibir el uso del apellido «Tsuda» y el nombre «Sanzō».

Tsuda fue juzgado —no bajo la ley que preveía pena de muerte para atentados contra la familia imperial japonesa, sino como si hubiera atacado a un ciudadano extranjero común, en un fallo que consolidó la independencia judicial del Japón moderno— y condenado a trabajos forzados de por vida. Murió en prisión pocos meses después, en circunstancias que algunas fuentes atribuyen a una huelga de hambre autoinfligida.
Un imperio que miraba a Oriente sin saber leerlo del todo
El episodio de Ōtsu suele leerse como una simple anécdota de aventura real, pero encierra una lectura geopolítica de fondo que sigue siendo relevante para entender la relación asimétrica entre Rusia y Japón en las décadas siguientes.
El Japón de 1891 vivía un proceso acelerado de modernización institucional y quería, ante todo, demostrarle a las potencias occidentales que podía garantizar seguridad y trato de igual a igual a un heredero imperial extranjero; el ataque de un policía convertido en fanático nacionalista amenazaba con hacer trizas esa narrativa justo cuando Tokio necesitaba credibilidad internacional para renegociar los tratados desiguales que las potencias occidentales le habían impuesto décadas atrás.
Rusia, por su parte, salió del incidente con una impresión ambigua de Japón —mezcla de fascinación cultural y desconfianza estratégica— que Nicolás II, ya como zar, arrastraría hasta la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905, el conflicto que terminaría por hundir buena parte del prestigio militar del imperio ruso en Asia y que aceleró, puertas adentro, el descrédito de la autocracia zarista que desembocaría en la revolución de 1917.
El dragón tatuado en Nagasaki y la cicatriz de Ōtsu terminaron siendo, sin que nadie lo supiera entonces, los dos símbolos de un vínculo entre Rusia y Japón que oscilaría siempre entre la fascinación y el enfrentamiento abierto.
Co-fundador de ReporteAsia.










