Cuando Corea del Sur exige a Japón disculpas y reparaciones por las «mujeres de consuelo» —aquellas miles de mujeres forzadas a la esclavitud sexual durante la Segunda Guerra Mundial— el reclamo resuena con justicia histórica. Estatuas conmemorativas se erigen en Seúl, sobrevivientes testifican ante cámaras internacionales, y la diplomacia coreana presiona incansablemente por reconocimiento. Sin embargo, hay un capítulo, una tragedia social, que permanece deliberadamente en penumbras: el sistema de prostitución forzada que el propio regimen surcoreano operó durante la Guerra de Corea.
Entre 1950 y 1953, mientras el conflicto devastaba la península, el ejército surcoreano estableció «estaciones de consuelo» oficiales para sus propias tropas. No fue un fenómeno marginal ni accidental: documentos desclasificados confirman que el gobierno reclutó activamente a miles de mujeres coreanas mediante engaños, promesas de trabajos legítimos o, en casos extremos, como castigo para quienes eran acusadas de simpatías comunistas. El sistema estaba institucionalizado, regulado por autoridades militares y justificado como medida necesaria para «elevar la moral» de las tropas y prevenir violaciones.
La paradoja es brutal. Las mismas víctimas del imperialismo japonés construyeron, apenas cinco años después de su liberación, un sistema que replicaba los mecanismos de opresión que habían sufrido. Aunque menor en escala que el aparato japonés —que esclavizó a más de 200.000 mujeres de múltiples países ocupados— el modelo surcoreano compartía elementos fundamentales: institucionalización estatal, coerción sistemática y la deshumanización de mujeres convertidas en herramientas para objetivos militares.
La historia se complica aún más con la presencia de tropas estadounidenses. Corea del Sur estableció «áreas de recreación» cerca de bases extranjeras, conocidas como camptowns o «kijichon». Aunque técnicamente no constituían prostitución forzada en el sentido literal, el gobierno regulaba estas zonas con exámenes médicos obligatorios y consideraba a las mujeres que trabajaban allí como necesarias para la «seguridad nacional». Documentos revelan que en los años sesenta, bajo la dictadura de Park Chung-hee, estas áreas fueron promovidas activamente como fuente de divisas extranjeras. El sistema persistió durante décadas, mucho después de que terminaran los combates.

El contraste con el tratamiento de la memoria histórica japonesa es notable. Mientras el sistema nipón ha sido objeto de investigación internacional, juicios, museos y campañas de concientización global, el sistema surcoreano permaneció enterrado hasta principios del siglo XXI. Recién en 2002, académicos comenzaron a examinar documentos desclasificados. En 2014, un grupo de sobrevivientes demandó al gobierno, rompiendo décadas de silencio impuesto por la vergüenza social y la conveniencia política.
Esta amnesia selectiva no es casual. Reconocer la existencia de víctimas propias complica la narrativa nacional de Corea del Sur como víctima pura del imperialismo y el comunismo. Desafía la posición moral desde la cual Seúl presiona a Tokio y erosiona la imagen cuidadosamente construida de una nación que superó la opresión para convertirse en democracia próspera. Las sobrevivientes surcoreanas enfrentaron no solo el trauma original, sino también estigmatización severa que dificultó su reintegración social, empujando a muchas a permanecer en la prostitución por supervivencia.
Esto no le quita responsabilidad a Japón por sus crímenes
La comparación entre ambos sistemas —el japonés y el surcoreano— no busca relativizar la brutalidad nipona ni establecer falsas equivalencias. El aparato japonés fue más extenso, duradero e internacional en alcance. Pero la existencia del sistema surcoreano plantea preguntas incómodas sobre la naturaleza del trauma histórico y cómo las sociedades eligen recordar u olvidar.
¿Puede una nación exigir justicia por crímenes sufridos mientras niega los perpetrados? ¿Es posible la reconciliación histórica sin enfrentar las sombras propias? El caso surcoreano sugiere que la memoria histórica es selectiva, influenciada tanto por la justicia como por la conveniencia nacional. Las estatuas de «mujeres de consuelo» en Seúl honran el sufrimiento bajo ocupación japonesa, pero no existe monumento equivalente para las mujeres coreanas victimizadas por su propio país.
Este silencio no es único de Corea del Sur. La historia está llena de naciones que recuerdan vívidamente las heridas recibidas mientras olvidan estratégicamente las infligidas.
Pero en una era donde el reconocimiento histórico se considera fundamental para la reconciliación internacional, la selectividad de la memoria se vuelve cada vez más insostenible. Las sobrevivientes surcoreanas, ahora ancianas, merecen el mismo reconocimiento que sus compatriotas victimizadas por Japón finalmente lograron. Y todavía esperan.
Periodista con sede en Brasil, experto en Relaciones Internacionales.














