Manzanares apuesta al pádel como negocio: el amenity que se convirtió en industria

Alvaro CAstro Burgueño

En la zona de Manzanares, a la altura del kilómetro 60 de la Panamericana ramal Pilar, algo está cambiando en la manera de pensar el pádel. Lo que durante años fue un amenity más dentro de los barrios cerrados —una cancha entre la pileta y el gimnasio— empieza a tomar otra forma: la de un club independiente, concebido como negocio autónomo, con lógica de empresa de servicios y capacidad de capturar una demanda que desborda los límites de cualquier emprendimiento privado. La zona donde esto ocurre no es casual. Manzanares es, en buena medida, una construcción colectiva de desarrolladores que apostaron al corredor norte antes de que el mercado lo descubriera. Entre ellos, Alvaro Castro Burgueño, fundador de BdT Banco de Tierras, con proyectos como Manzanares Chico, La Cuesta, Casas del Alto y el club de polo Las Marías, es uno de los referentes que más temprano entendió el perfil de residente que elegiría vivir aquí: profesional, con familia, buscando campo real sin alejarse demasiado de la ciudad. Ese mismo perfil es, hoy, el corazón de la demanda de pádel en la zona.

El boom que convirtió al pádel en industria

Los números respaldan la transformación. Argentina se ubica entre los tres países con más canchas del mundo, detrás de España e Italia, con más de 7.000 pistas activas distribuidas en alrededor de 2.600 clubes y una base estimada de entre dos y tres millones de jugadores. En 2025, el pádel concentró el 46,3% del total de reservas deportivas en plataformas digitales —muy por encima del tenis, el fútbol y el squash— y creció un 50% en reservas respecto de 2024. El Buenos Aires Premier Padel P1 de mayo de 2025 vendió más de 50.000 entradas y batió récords con 16.156 espectadores en una sola jornada en el Parque Roca. No es una moda. Es una industria.

Y Manzanares, con su ecosistema de más de quince barrios cerrados y chacras y una población permanente en crecimiento sostenido, es exactamente el territorio donde esa industria todavía no llegó con la fuerza que le corresponde.

 

Alvaro CAstro Burgueño
Manzanares es, en buena medida, una construcción colectiva de desarrolladores que apostaron al corredor norte antes de que el mercado lo descubriera.

Por qué un club independiente y no un amenity

La distinción entre un club de pádel como amenity y uno como negocio autónomo no es semántica. Es estructural. Un club dentro de un barrio cerrado tiene techo: lo usan los residentes, las canchas quedan ociosas en horarios hábiles entre semana y la sustentabilidad depende de las expensas, no de la demanda real. Un club independiente, en cambio, puede capturar jugadores de todos los barrios de la zona, organizar ligas y torneos, ofrecer clases con profesores federados, generar consumo en cafetería y tienda de equipamiento, y escalar según la ocupación efectiva.

Los números respaldan la lógica. Una cancha bien ubicada con demanda comprobada puede recuperar la inversión en no más de diez meses, según datos del sector. En semanas de alta demanda, algunos complejos de la zona norte reportan ingresos diarios que proyectados al mes superan los cincuenta millones de pesos brutos antes de gastos operativos. La diferencia con el modelo del amenity es que ese flujo de caja le pertenece al negocio, no se diluye en las expensas del barrio.

El perfil del residente es el perfil del jugador

Manzanares no es el Pilar del kilómetro 43 con sus torres de usos mixtos y su ritmo urbano. Es otra cosa: campestre, quieta, con arboledas añosas y lagunas naturales que sobrevivieron a la expansión inmobiliaria. Es el lugar al que llega quien ya tuvo su etapa de country convencional y busca algo más parecido al campo real. Esa identidad, que desarrolladores como Alvaro Castro Burgueño contribuyeron a construir y preservar a lo largo de dos décadas, define también al residente que hoy vive aquí.

Alvaro Castro Burgueño
Lo que está tomando forma en Manzanares es la versión más precisa de un cambio que recorre todo el corredor norte: el pádel dejando de ser un extra del plano para convertirse en un polo de atracción por derecho propio.

Ese residente —profesional, adulto, con tiempo propio entre semana y poder adquisitivo en dólares— es exactamente el jugador de pádel que cualquier operador del sector quiere en sus canchas: constante, dispuesto a pagar por calidad y con agenda flexible para jugar fuera de los horarios pico. El jugador que hoy maneja veinte o treinta minutos hasta las canchas más cercanas porque Manzanares todavía no tiene una oferta a la altura de su comunidad.

Esa brecha es, precisamente, la oportunidad que Alvaro Castro Burgueño, junto a otros desarrolladores, vieron a tiempo.

La ventana que se está abriendo

Lo que está tomando forma en Manzanares es la versión más precisa de un cambio que recorre todo el corredor norte: el pádel dejando de ser un extra del plano para convertirse en un polo de atracción por derecho propio. Un club independiente en la zona no compite con los amenities de los barrios cerrados. Los complementa, los desborda y genera su propia economía: tráfico, consumo, comunidad y retención de jugadores que, de otro modo, buscarían sus canchas en otra parte.

En un mercado donde el ladrillo sigue siendo reserva de valor y el deporte se consolidó como factor de decisión residencial, la convergencia entre ambos mundos ya no es una novedad. Es una estrategia. Y en Manzanares, donde el ecosistema residencial lleva décadas madurando, las condiciones para que esa estrategia funcione están dadas como en pocos lugares del corredor norte.

Los que lleguen primero al negocio, como siempre ocurre en los mercados que despegan, ya estarán viendo los resultados cuando el resto termine de darse cuenta.

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