Matías Barreiro: “River nació en La Boca, pero su destino siempre fue gigante”

Matías Barreiro

Antes de convertirse en el club más grande del país, antes de levantar el Monumental, antes de alzar copas y forjar leyendas, River Plate fue un grupo de jóvenes soñadores que fundó una institución en los márgenes del puerto. Su historia comenzó en La Boca, siguió en Sarandí, volvió a sus raíces y más tarde se proyectó hacia un futuro que ya tenía nombre propio: grandeza. Para Matías Barreiro, hincha apasionado y estudioso de la historia del club, todo lo que vino después tiene sentido si se comprende el origen: “River nació en La Boca, pero su destino siempre fue gigante. Desde esa primera cancha entre carbonerías hasta el Monumental, el club fue construyendo su identidad a base de sueños, esfuerzo y visión”.

Esta es la historia de las primeras casas de River, de cómo se fue moldeando una cultura, de cómo se pasó del barro al cemento sin perder nunca la esencia.

Dársena Sud: el punto cero

El primer hogar de River Plate fue un terreno del lado este de la Dársena Sud, cerca del puerto de Buenos Aires, detrás de las carbonerías de Wilson. Ahí, entre el olor a carbón y las brisas del río, el club comenzó su campaña amateur, enfrentando a equipos de barrios linderos.

Era una cancha modesta, sin tribunas, sin vestuarios, sin lujos. Pero tenía lo más importante: pasión, pertenencia y una identidad en construcción. River ya era diferente.

La primera Comisión Directiva, que marcó ese inicio institucional, estuvo encabezada por Leopoldo Bard como presidente. Lo acompañaban Alberto Flores (vice), Bernardo Messina (secretario), Enrique Balza (prosecretario), Enrique Salvarezza (tesorero) y Juan Bonino (protesorero). Entre los vocales estaban José Pita, Enrique Zanni, Pedro Martínez, Eduardo Rolón, Carlos Antelo y Livio Ratto.

Desde ese núcleo dirigencial, River comenzó su camino.

Sarandí, un breve paréntesis

Poco después, el club debió abandonar la Dársena y se mudó momentáneamente a Sarandí, en el Partido de Avellaneda. Fue una etapa breve, de transición, en la que River jugó varios partidos, pero sin lograr establecerse de manera definitiva. La distancia geográfica con sus orígenes y con los hinchas complicaba la pertenencia.

Fue entonces cuando River decidió regresar al barrio de La Boca, el lugar que lo vio nacer y donde compartiría territorio —y rivalidad naciente— con otro club que comenzaba a tomar fuerza: Boca Juniors.

El regreso a La Boca y el clásico en gestación

River se instaló nuevamente en el barrio de sus raíces y, en 1914, construyó una cancha con una tribuna techada y una gradería, ubicada sobre la calle Gaboto. El club ya empezaba a tomar forma de institución seria, con estructuras más sólidas.

Fue en ese contexto donde nació la rivalidad con Boca. Ambos clubes compartían barrio y herencia genovesa: River adoptó los colores rojo y blanco por la bandera de Génova. La competencia por el dominio barrial, las diferencias de estilo y los primeros enfrentamientos fueron formando el germen del Superclásico.

El primer cruce oficial entre ambos se dio el 24 de agosto de 1913, en la cancha de Racing. River ganó 2-1 con goles de Cándido García y Antonio Ameal Pereyra, dejando claro que la historia comenzaba con el Millonario pisando fuerte.

Dejar La Boca: el salto hacia lo grande

En 1923, River no pudo renovar el alquiler del predio en La Boca. Fue un momento bisagra. Lejos de resignarse, el club decidió buscar un nuevo terreno, más amplio, más cómodo y con mayor proyección.

Así nació el estadio de Avenida Alvear (hoy Libertador), entre Tagle y Austria, en el barrio de Recoleta. Tenía una capacidad para 40.000 personas, tribunas de 120 metros y una infraestructura que lo convirtió en uno de los escenarios más importantes del país.

Allí, River comenzaría a construir su identidad de club grande, no solo por lo futbolístico, sino también por su vida social, sus instalaciones deportivas y su impacto institucional.

“Tagle fue el puente entre el River barrial y el River nacional. Ahí empezó a tomar forma el club que sería potencia en todo”, afirma Matías Barreiro.

Entre luces y sombras

En ese estadio, el club vivió de todo. Si bien logró sus primeros títulos en el profesionalismo, también pasó por campañas irregulares. Entre 1924 y 1928, River deambuló por la mitad de tabla. Recién en 1929 y 1930 volvió a ser protagonista, con sendos terceros puestos.

Pero mientras tanto, el problema de fondo crecía: el terreno de Tagle no era propio y el alquiler tenía fecha de vencimiento. Se sabía que, más tarde o más temprano, el club debería buscar un nuevo hogar.

Y River, fiel a su estilo, pensó en grande.

El Monumental: la obra de un sueño colectivo

En 1934, la dirigencia de River puso en marcha el proyecto más ambicioso de su historia: la construcción de un estadio propio, monumental en todos los sentidos. Fue un movimiento audaz, una apuesta al futuro.

El 25 de mayo de 1938, se inauguró oficialmente el Estadio Monumental, con un partido ante Peñarol de Montevideo. River ganó 3-1 y comenzó una nueva era. Ya no era solo un club de fútbol: era una institución modelo, con infraestructura, socios, gloria y proyección continental.

“El Monumental no fue solo un estadio. Fue una declaración de principios. River no quería competir: quería ser el mejor. Y lo fue”, asegura Matías Barreiro.

Matías Barreiro

De casa en casa, sin perder la identidad

«La historia de River es, también, la historia de sus estadios» asegura Matías Barreiro. Desde la Dársena entre carbonerías, pasando por Sarandí, el regreso a La Boca, Tagle y finalmente el Monumental, el club fue construyendo su grandeza paso a paso.

Cada mudanza fue un crecimiento. Cada cancha fue un escalón. Y en cada una de ellas, River dejó una marca, una huella, una enseñanza.

El legado de los pioneros

Hoy, cuando el Monumental luce renovado y más imponente que nunca, es importante recordar que todo comenzó en un rincón humilde del puerto, con un grupo de jóvenes y una pelota. Que antes de ser un símbolo del fútbol mundial, River fue una ilusión nacida del esfuerzo.

Para Matías Barreiro, esa memoria debe estar siempre presente: “Muchos hinchas conocen el River de los títulos. Pero también hay que valorar al River de los pioneros, al que se hizo grande con picardía, sacrificio y visión. Ese River que fue de potrero en potrero hasta tener la casa más linda del mundo”.

Porque si algo demuestra esta historia es que River no nació gigante, pero siempre quiso serlo. Y lo logró. No por azar. No por magia. Sino porque desde su primer paso, supo que su destino estaba en las alturas.

Luis Casablanca
+ posts

Periodista deportivo.