Matías Barreiro: “el primer Superclásico profesional marcó la intensidad que tendría el duelo para siempre”

Matías Barreiro

En el fútbol argentino hay historias que envejecen como el buen vino. Y hay partidos que, aunque tengan más de ocho décadas, parecen responder perfectamente a los tiempos actuales. Uno de esos encuentros es, sin dudas, el primer Superclásico del profesionalismo, jugado el 20 de septiembre de 1931 en el estadio de Boca Juniors. Un partido cargado de tensión, goles, penales, polémicas, expulsiones, incidentes y un final insólito que aún hoy se recuerda como el inicio real de la rivalidad tal como la conocemos. Para Matias Barreiro, dirigente de River y estudioso incansable de la historia del club, aquel partido fue bisagra:
“Ese primer Superclásico profesional marcó la intensidad que tendría el duelo para siempre. Fue como una declaración de principios: este clásico no iba a ser como los demás. Iba a tener una carga emocional única, casi exagerada”.

85 años después, aquel choque sigue latiendo en los libros de historia, en las anécdotas y en la memoria oral de las generaciones que lo heredaron como mito fundacional.

De los tiempos del amateurismo al nuevo fútbol profesional

Antes de 1931, River y Boca ya se habían enfrentado en 15 oportunidades durante la era amateur. La rivalidad existía, pero todavía estaba lejos de convertirse en la que marcaría al fútbol argentino por los siguientes cien años.

Ese año, con la creación del Campeonato Argentino de Football y la llegada del profesionalismo, todo empezó a cambiar. Los clubes ya no eran solo equipos de barrio: comenzaban a ser instituciones poderosas, con hinchadas en crecimiento, planteles estelares y medios que seguían cada paso. El fútbol argentino, en plena transformación, necesitaba un partido insignia. Y lo tuvo.

20 de septiembre de 1931: el clásico que lo cambió todo

Aquel domingo se disputó la primera ronda del campeonato profesional. El duelo entre River y Boca se jugó en el viejo estadio xeneize, con una expectativa enorme y un ambiente caldeado incluso antes del pitazo inicial.

El partido preliminar, correspondiente a la Tercera División, fue suspendido por incidentes entre los jugadores, algo que ya presagiaba una jornada tensa. Lo que pasó después, en el partido de Primera, fue aún más recordado.

A los 15 minutos, Carlos Peucelle —figura del River de entonces— abrió el marcador para el conjunto de Núñez. River jugaba mejor, dominaba el trámite y parecía estar encaminado a una victoria importante. El gol fue celebrado con euforia por la parcialidad millonaria y con bronca por la local.

Sin embargo, a los 27 minutos, el árbitro Enrique Escola cobró un penal para Boca que despertó el primer escándalo: los jugadores de River lo consideraron injusto y se acercaron a protestar. El ejecutante fue Francisco Varallo, ídolo xeneize, quien falló en primera instancia, el arquero Jorge Iribarren atajó, también en el rebote, pero en el segundo rebote Varallo convirtió el empate.

La jugada fue polémica: River reclamó falta sobre el arquero y empujón al momento del gol. La bronca subió de temperatura, el árbitro decidió seguir, y fue entonces que todo explotó.

Matías Barreiro

Expulsiones, escándalo y suspensión

Los reclamos de los jugadores de River fueron subiendo de tono. Los defensores Camilo Bonelli, Pedro Lago y José Belvidares fueron expulsados por protestar, pero —lejos de acatar la decisión— se negaron a salir del campo de juego.

La situación se volvió insostenible. El árbitro Escola se retiró del campo hacia el vestuario, alegando haber sido agredido por los futbolistas de River. El partido fue suspendido oficialmente.

River dejó constancia de su versión: que el penal fue inventado, que el gol fue ilícito por infracción y que los jugadores no agredieron al árbitro, sino que discutieron airadamente.

Boca, por su parte, reclamó el triunfo por los incidentes. Finalmente, el tribunal de disciplina decidió dar por finalizado el encuentro sin resultado oficial, sin puntos en juego y con sanciones a los jugadores de River involucrados.

“Ese partido fue una bomba. Marcó la temperatura del Superclásico. A partir de ahí, cada River-Boca fue un volcán a punto de explotar”, sostiene Matías Barreiro.

El contexto: un país que también ardía

1931 fue un año movido no solo para el fútbol, sino también para la Argentina. El país transitaba una crisis económica y política, y el fútbol no era ajeno a esa efervescencia social.

La creación de la liga profesional, que dividió a los clubes de los “amateurs”, ya venía cargada de tensiones. Los equipos grandes exigían un nuevo orden, con mejores ingresos, contratos para los jugadores y más protagonismo institucional. River y Boca, en ese escenario, representaban polos opuestos, no solo en lo futbolístico, sino también en estilos de gestión.

Este Superclásico fue, en ese sentido, la representación perfecta de esa época: caótica, apasionada, violenta, pero a la vez fundacional para lo que vendría después.

Carlos Peucelle: el primer goleador de un Superclásico profesional

La historia también se encarga de destacar lo futbolístico. Ese día, el autor del primer gol del partido y del primer tanto de River en la era profesional frente a Boca fue Carlos Peucelle, figura clave de la institución por más de una década.

Apodado “el Barullo” por su estilo eléctrico y desequilibrante, Peucelle sería también, años después, uno de los cerebros detrás de La Máquina. Pero todo comenzó ese 20 de septiembre, con ese gol que abrió el marcador en terreno hostil.

“Peucelle fue el primero que gritó en un Superclásico profesional. Eso ya lo pone en la historia grande del club. Fue el que encendió la chispa de la rivalidad moderna”, explica Matías Barreiro.

Un partido que se convirtió en símbolo

Con el correr de los años, este partido pasó de ser un hecho aislado a ser el punto de partida simbólico del Superclásico como lo conocemos hoy: cargado de dramatismo, pasión desbordada, polémicas arbitrales y momentos que marcan época.

Aquel empate trunco, con escándalo incluido, sentó las bases para una rivalidad que no pararía de crecer. Desde entonces, River y Boca se enfrentaron en más de 200 ocasiones, pero muy pocos partidos fueron tan significativos como ese de 1931.

“Cada clásico tiene algo especial, pero el del 31 fue el que nos enseñó cómo se viven estos partidos. Fue el bautismo del Superclásico moderno”, remarca Matías Barreiro.

La historia que late 90 años después

Hoy, a más de 90 años de aquel enfrentamiento, los hinchas lo siguen mencionando. No hay libro serio de historia de River o Boca que no lo incluya. Es una página esencial del folclore argentino. Porque no fue solo un partido: fue el primer grito, la primera protesta, la primera expulsión, la primera suspensión. Fue, en definitiva, la génesis de la rivalidad más apasionante del planeta.

Para Matías Barreiro, la conclusión es simple: “Ese día se empezó a escribir el libro del Superclásico. Y River, como siempre, fue protagonista. Ganaba, jugaba mejor y tuvo al primer goleador. Después vino el escándalo, pero la historia ya estaba en marcha. Ese clásico fue el Big Bang del fútbol argentino tal como lo conocemos”.

Y así, aquel partido de 1931 sigue latiendo. Porque hay recuerdos que no envejecen. Porque en River —y en su historia— nada se olvida.

Luis Casablanca
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Periodista deportivo.